La comparación empieza temprano. Antes del desayuno, incluso. Agarro el celular medio dormida, con un ojo abierto nomás, y ya estoy viendo que alguien viajó, alguien bajó de peso, alguien consiguió trabajo, alguien se casó, alguien tiene una cocina más linda que la mía, alguien corre diez kilómetros un domingo a las siete de la mañana como si nada. Yo, mientras tanto, estoy buscando una media limpia y pensando si todavía alcanza el pan de ayer.
No es que quiera tener la vida de todos. Ese es el detalle raro. No quiero ser esa persona que viajó, ni esa que se casó, ni esa que sube fotos perfectas del gimnasio. Pero igual me comparo. Igual algo dentro de mí hace cuentas. Como si la vida fuera una planilla invisible donde todos estamos anotando puntos.
Y claro, casi siempre salgo perdiendo.
Primer síntoma: mirar sin querer mirar
Me digo que solo voy a revisar un ratito. Cinco minutos. Ver qué hay. Pero esos cinco minutos se vuelven una revisión completa de vidas ajenas. Y ahí empieza la enfermedad diaria.
No duele fuerte, como una herida. Duele bajito. Como una molestia que se queda detrás de la cabeza.
Miro a una antigua compañera de colegio que ahora tiene su emprendimiento, su pareja, su bebé, sus fotos bonitas con luz natural. Miro a un primo que se fue del país y parece que todo le va mejor. Miro a gente que ni conozco mostrando mañanas ordenadas, cuerpos cuidados, casas limpias, frases de seguridad personal.
Y yo sé que eso no es toda la vida de nadie.
Lo sé.
Pero saberlo no siempre ayuda.
Porque una cosa es entender con la cabeza y otra aguantar con el pecho.
Segundo síntoma: olvidar lo propio
Lo peor de compararme no es sentir envidia. La envidia pasa, si una la mira de frente. Lo peor es que empiezo a despreciar lo mío.
Mi cuarto me parece más chico. Mi trabajo más aburrido. Mi ropa más vieja. Mis logros más pobres. Mi cara más cansada. Mi forma de hablar menos interesante. Hasta mi descanso empieza a parecer flojera cuando veo a alguien produciendo, creando, vendiendo, entrenando, brillando.
Y ahí me da rabia, porque antes de mirar todo eso yo estaba bien.
No feliz de película, pero bien.
Había tomado café. Había regado mis plantas. Había respondido un mensaje pendiente. Había sentido que el día podía avanzar tranquilo. Pero bastó ver tres vidas mejor presentadas que la mía para que todo se me achicara.
Esa es la trampa.
La comparación no siempre te quita cosas reales. Te quita la capacidad de valorar las que ya tenías.
Tercer síntoma: competir con fantasmas
A veces estoy compitiendo con personas que ni saben que existo. Eso es lo más absurdo.
Ellas siguen su vida. Suben una foto, cuentan una noticia, muestran algo bonito. Y yo, desde mi casa, entro en una competencia silenciosa que nadie me pidió.
Me apuro. Me exijo. Me siento tarde.
Tarde para ahorrar. Tarde para estudiar otra cosa. Tarde para verme mejor. Tarde para enamorarme. Tarde para tener una casa. Tarde para ser una versión más decente de mí misma.
Pero tarde según quién, pues.
Esa pregunta me la hago poco.
¿Según quién estoy atrasada?
¿Quién puso el horario?
¿Quién decidió que a tal edad ya debería tener esto, haber logrado aquello, saber perfectamente hacia dónde voy?
Nadie viene con un papel firmado. Nadie me dice “usted ha fallado oficialmente”. Soy yo misma, copiando calendarios ajenos y usándolos para castigarme.
Cuarto síntoma: alegrarse a medias
Esto me da un poco de vergüenza decirlo, pero también quiero ser honesta. Hay veces en que alguien cercano me cuenta algo bueno y una parte de mí se alegra, pero otra se hunde.
Una amiga consigue un mejor trabajo y yo la abrazo, le digo que qué maravilla, que se lo merece. Y es verdad. Se lo merece. La quiero. Me alegra.
Pero después vuelvo a casa y me pregunto qué estoy haciendo yo.
Y entonces su alegría se convierte en espejo.
No debería ser así, pero pasa.
Creo que a mucha gente le pasa y no lo dice porque suena feo. Como si una fuera mala persona por sentir algo mezclado. Pero no siempre es maldad. A veces es cansancio, inseguridad, miedo de quedarse atrás.
Estoy aprendiendo a no culparme por sentirlo, pero tampoco a alimentarlo.
Puedo alegrarme por otra persona y, al mismo tiempo, revisar qué herida mía se movió ahí.
Quinto síntoma: convertir la vida en vitrina
La comparación también me ha hecho actuar raro. Me he descubierto haciendo cosas pensando en cómo se verían desde afuera. No porque me nazcan tanto, sino porque quiero demostrar que yo también tengo algo.
Una salida. Una foto. Una frase. Un plan.
Como si mi vida necesitara pruebas públicas para valer.
Y eso cansa muchísimo.
Porque una cosa es compartir algo lindo, y otra vivir acomodando la realidad para que parezca más interesante. Ahí una ya no descansa ni cuando descansa. Hasta el almuerzo puede convertirse en contenido. Hasta una caminata puede sentirse desperdiciada si nadie la ve.
Qué locura, ¿no?
Salir a caminar y pensar: “esto debería verse bonito”.
En vez de simplemente caminar.
Lo que estoy intentando
No tengo una solución grande. Ojalá. Si la tuviera, ya la habría aplicado y estaría viviendo tranquila. Pero por ahora estoy intentando cosas pequeñas.
Primero, mirar menos. No como castigo, sino como cuidado. Hay días en que el celular me hace peor y punto. No necesito demostrar fortaleza mirando todo. Si algo me enferma, aunque sea de a poco, puedo alejarme un rato.
Segundo, volver a lo concreto. Mi cama tendida. Mi comida hecha. Mi trabajo, aunque no sea soñado. La llamada con mi mamá. El dinero que sí pude ahorrar. El libro que avancé dos páginas. Las cosas chicas que no impresionan a nadie, pero sostienen la vida.
Tercero, recordar que cada persona muestra una parte. Incluso yo. Nadie sube el momento exacto en que se siente perdido, salvo que lo convierta también en publicación bonita. Nadie enseña toda su deuda, todo su miedo, toda su soledad, todo su desorden.
Y cuarto, repetir algo que me cuesta creer, pero quiero creer: no tengo que ganarle a nadie para que mi vida valga.
Tal vez sanar sea mirar distinto
La comparación como enfermedad diaria no se cura de golpe. Está muy metida en la costumbre. En la familia, en el trabajo, en redes, en la forma en que hablamos. “Mira cómo le va a ella”. “A tu edad yo ya…”. “Deberías estar mejor”. “Fulanito sí pudo”.
Todo eso se queda dentro.
Pero tal vez una puede empezar a responderle bajito.
Sí, a ella le va bien. Qué bueno.
Sí, él avanzó más rápido. Bien por él.
Sí, yo voy más lento. Igual sigo caminando.
Y capaz eso sea suficiente por hoy.
No ser la mejor.
No ser la más admirada.
No tener la vida más brillante.
Solo dejar de mirarme como si estuviera perdiendo una carrera que nunca acepté correr.
