Me di cuenta en el minibús.
Iba apretada, con la mochila en las rodillas, tratando de no pisarle a nadie, cuando un señor empezó a hablar de “los jóvenes de ahora”. Así, en bloque. Como si fuéramos una sola persona enorme, floja, ingrata y con audífonos.
No estaba hablando conmigo, pero igual me cayó encima.
Decía que ahora todo es fácil. Que antes sí se sufría. Que antes se caminaba más, se aguantaba más, se respetaba más. Que nosotros no sabemos nada porque nacimos con celular, con internet, con delivery, con “todas las comodidades”.
Yo miraba por la ventana y pensaba: qué curioso. A veces parece que algunas personas no quieren que vivamos mejor. Quieren que paguemos entrada al mismo dolor que ellas pasaron.
No lo digo con rabia. Bueno, un poquito sí, pero no fea. Más bien con cansancio.
Porque entiendo que hay historias duras. Mi mamá trabajó desde changuita. Mi papá no tuvo muchas oportunidades. Mis abuelos hicieron milagros con poco. Yo no me burlo de eso. Al contrario. Me da respeto. Pero otra cosa es usar ese sufrimiento como si fuera una medalla para pegarle a quien llegó después.
A veces siento que hay una envidia rara de los que nacieron antes. No una envidia de mala persona. Más bien una tristeza mal acomodada.
Como si dijeran: “¿Por qué vos puedes elegir más que yo?”.
“¿Por qué vos puedes decir que estás cansada?”.
“¿Por qué vos puedes cuestionar cosas que yo tuve que aceptar calladita?”.
Y entonces, en vez de alegrarse un poco, te cobran.
Te cobran tener terapia. Te cobran poder renunciar. Te cobran hablar de salud mental. Te cobran no querer casarte joven. Te cobran no aguantar humillaciones “por necesidad”. Te cobran vivir un poquito menos arrodillada.
Pero yo no nací para vengar el pasado de nadie.
Nací donde me tocó. Con mis propias dificultades, que quizá no se ven igual, pero también pesan. La ansiedad no desaparece porque haya WiFi. La incertidumbre no se borra porque exista Google Maps. El miedo al futuro no se calma con una aplicación.
Ojalá algún día podamos decirlo sin pelea: que cada generación carga lo suyo.
Y que si los que venimos después logramos sufrir un poco menos, eso no debería ser una falta de respeto.
Debería ser, tal vez, una pequeña victoria compartida.
