No fue en un funeral
A mí este tema no me pegó fuerte en un cementerio ni en una iglesia.
Me pegó una noche tonta, lavando loza, cuando pensé algo que me dejó helado: un día voy a desaparecer por completo, y el mundo no se va a detener ni un segundo.
El agua seguía corriendo. El plato seguía resbalando entre mis manos. Afuera pasó una micro. En algún departamento alguien se rió. Y yo ahí, parado como un leso, sintiendo que por dentro se me había abierto una puerta rarísima.
No era miedo a morirme en ese momento.
Era otra cosa.
Era el susto de pensar que tal vez yo no era tan importante como me cuento.
La idea que nadie aguanta mucho rato
Yo creo que por eso el tema de la vida después de la muerte llama tanto la atención. Porque no cuesta nada imaginarse muerto. Lo difícil es imaginarse ausente.
Ausente de verdad.
Que tu taza favorita quede siendo solo una taza.
Que tu nombre, con el tiempo, se diga menos.
Que tu foto termine guardada en un cajón.
Que tus chistes ya no den risa porque nadie se acuerda de contarlos bien.
Eso es lo que encuentro brutal: no nos cuesta pensar en el final del cuerpo; nos cuesta pensar en el final de nuestra huella.
Y ahí, sin querer, todos nos ponemos creativos.
Las formas caseras de la inmortalidad
Hay gente que quiere un cielo.
Hay gente que quiere reencarnar.
Hay gente que quiere energía, universos, señales, algo.
Yo no me río de eso. Al contrario. Cada vez lo entiendo más.
Porque al final casi todos estamos inventando alguna forma de seguir. Unos tienen fe. Otros tienen hijos. Otros escriben. Otros suben videos. Otros plantan árboles. Otros guardan audios. Otros dejan recetas escritas a mano como si fueran testamentos chiquititos.
A veces pienso que la vida entera está llena de pequeños trucos contra la desaparición.
“No me olviden.”
Eso, para mí, está escondido en más cosas de las que reconocemos.
Lo confieso
Yo antes miraba con un poco de superioridad a la gente que hablaba muy segura del “más allá”. Pensaba: cómo pueden estar tan convencidos de algo que nadie ha visto.
Ahora ya no me hago el vivo.
Porque también me descubrí haciendo lo mismo, solo que con otras palabras.
Cuando ordeno fotos que nadie me pidió.
Cuando guardo mensajes de voz de personas que extraño.
Cuando digo “esto me gustaría dejarlo escrito”.
Cuando me da pena botar un cuaderno viejo porque siento que ahí quedó una versión mía.
¿Eso no es también una manera de pelear con la muerte?
Yo diría que sí.
Tal vez el verdadero terror
Para mí, el verdadero terror no es morir. El verdadero terror es sentir que uno pasó por acá sin tocar a nadie de verdad.
Sin dejar una frase.
Sin dejar una costumbre.
Sin dejar una forma de mirar las cosas.
Por eso me conmueve tanto cuando alguien común deja una marca enorme sin proponérselo. La abuela que repetía una misma palabra y ahora toda la familia la usa. El vecino que saludaba de una forma especial y todavía lo imitan. El amigo que se fue, pero sigue apareciendo en una manera de reírse.
Capaz que la inmortalidad no es un sitio.
Capaz que es una repetición.
Mi sospecha más íntima
Yo sospecho algo que no sé probar, pero lo siento.
Que nadie quiere vida después de la muerte solo por curiosidad espiritual. La mayoría la quiere por amor propio, por miedo, por ternura, por apego, por no aceptar que un abrazo pueda terminar del todo.
Y no me parece ridículo. Me parece profundamente humano.
Porque si uno ama de verdad, cuesta muchísimo aceptar que todo eso pueda apagarse como si nada.
Entonces armamos teorías, rezos, recuerdos, altares, despedidas, canciones. Lo que sea. Lo que alcance. Lo que calme.
Lo único que hoy me convence
Yo no sé si hay algo después.
No sé si nos espera una luz, otra vida, un silencio total o una cosa que ni siquiera tenemos palabras para explicar.
Pero sí sé algo: desde que acepté que no tengo idea, empecé a mirar distinto lo que hago ahora.
Más simple. Más urgente.
Escuchar mejor.
Responder ese mensaje.
Decir te quiero sin tanta vergüenza.
No patear siempre los afectos para después.
Porque si al final no hay nada, entonces esto importa muchísimo.
Y si sí hay algo, probablemente también.
Qué raro, ¿no?
Pasé años dándole vueltas a la muerte, y al final lo único que me dejó un poco más tranquilo fue entender que tal vez la pregunta no es qué viene después.
Tal vez la pregunta verdadera es esta:
quién queda viviendo adentro de otros gracias a cómo estuve yo acá.
