¿En qué momento nos convencimos de que ser persona significa vivir bien peinaditos por dentro?
Lo digo en serio. Desde chicos nos enseñan a sentarnos derechos, a contestar bonito, a no hacer ruido, a no sacar las rarezas, a no mirar demasiado fijo, a no sentir demasiado fuerte. Nos educan para que todo lo que traemos adentro parezca oficina: archivado, etiquetado, bajo control. Y luego nos sorprendemos cuando aparece gente que dice: “Yo no me siento del todo humana como tú entiendes lo humano”. Y entonces muchos se espantan con eso de los therians, como si el verdadero escándalo fuera una persona sintiéndose animal y no una sociedad entera comportándose como máquina.
A mí ese tema me mueve algo incómodo.
No porque yo me crea lobo, zorro o venado. No va por ahí. Me mueve porque me obliga a hacerme una pregunta que casi nunca quiero tocar: cuánto de lo que llamo “yo” es realmente mío, y cuánto es puro entrenamiento. Cuánto de mí salió solo, y cuánto fue domesticado a fuerza de vergüenza.
Cuando escucho hablar de therians, noto que mucha gente se ríe muy rápido. Se burlan del modo en que se visten, de cómo se expresan, de si usan máscaras, de si corren raro, de si hacen esto o aquello. Pero la risa rápida casi siempre es una defensa. Nos reímos de lo que nos desacomoda. Y a mí lo que me desacomoda no es que alguien diga “me identifico con tal animal”. Lo que me desacomoda es pensar que, tal vez, esa persona está intentando nombrar una parte profunda de sí misma mientras la mayoría de nosotros apenas sabemos decir “ando cansado” o “ando estresado” para resumir un mundo interno hecho pedazos.
A veces siento que la gente no le tiene miedo a los therians. Le tiene miedo a cualquier persona que no acepte vivir enterita dentro del molde.
Porque el molde da tranquilidad. Si todos caben en las mismas palabras, nadie tiene que revisar nada. Pero cuando alguien aparece con una experiencia rara, extraña, difícil de clasificar, entonces nos obliga a aceptar algo muy molesto: que el ser humano no viene terminado. Que no somos una caja cerrada. Que por dentro somos más selva que manual.
Y eso, la verdad, a mí hasta me da alivio.
Me da alivio porque siempre me ha cansado esa obsesión de reducirlo todo a categorías limpias. Como si todo tuviera que ser claro, traducible, normalito. Como si una vida solo fuera válida cuando puede explicarse en una sobremesa sin incomodar a nadie. Yo creo que no. Yo creo que una vida también puede ser confusa, contradictoria, simbólica, medio salvaje. Y no por eso merece menos respeto.
Eso sí: una cosa es respetar y otra cosa es fingir que entiendo todo. Yo no entiendo todo. Ni de esto ni de casi nada importante. No entiendo del todo por qué hay personas que sienten una conexión identitaria tan fuerte con lo animal. Pero tampoco entiendo del todo por qué hay gente que necesita sentirse superior a los demás para poder dormir tranquila. Y, si me das a elegir, me parece más noble el misterio del primero que la crueldad bien peinada del segundo.
Además, siendo honestos, lo animal nunca se fue de nosotros. Nomás aprendimos a esconderlo bajo capas de perfume, horarios, notificaciones y palabras técnicas. Pero ahí sigue. Sigue en el miedo. Sigue en la intuición. Sigue en esa necesidad de correr cuando algo nos ahoga, de escondernos cuando nos lastiman, de buscar manada cuando el mundo se pone frío. Sigue en cómo olemos el peligro antes de entenderlo. Sigue en cómo el cuerpo sabe cosas que la cabeza tarda años en aceptar.
Tal vez por eso el tema de los therians me parece menos ridículo de lo que muchos creen. No porque piense igual que ellos, sino porque me parece un espejo raro. Uno que no nos devuelve una imagen elegante, pero sí honesta. Nos recuerda que debajo del personaje civilizado sigue respirando algo más antiguo. Algo que no habla con puro argumento. Algo que también necesita juego, instinto, pertenencia, monte, símbolo, cuerpo.
Y aquí es donde mi idea se pone un poco incómoda: quizá el problema no es que existan personas que se sienten cerca de lo animal. Quizá el problema es que hemos construido una idea de “ser humano” demasiado angosta, demasiado presumida, demasiado alejada de la tierra. Una idea donde lo correcto es producir, rendir, consumir, aparentar estabilidad y jamás salirse del guion. Bajo esa lógica, cualquiera que viva su identidad de forma poco convencional parece amenaza. Pero yo empiezo a sospechar que la amenaza real no es la rareza. Es la uniformidad.
Porque una sociedad que solo tolera lo comprensible termina volviéndose brutal con todo lo que tiene alma.
Yo no quiero eso.
No quiero convertirme en esa clase de persona que solo ofrece respeto si primero le traducen al lenguaje que ya conoce. Hay experiencias humanas —o medio humanas, o simbólicas, o fronterizas, como sea que quieras decirles— que no vienen a pedir permiso. Vienen a existir. Y uno decide si las mira con curiosidad o con desprecio. Yo, con los años, he ido entendiendo que el desprecio casi siempre nace de una pobreza interior disfrazada de sentido común.
Tal vez por eso este tema me deja pensando tanto.
Porque al final no se trata solo de los therians. Se trata de todos nosotros. De la cantidad de cosas que escondemos para no parecer raros. De la violencia con la que corregimos lo distinto. De la vergüenza que nos enseñaron a sentir por cualquier parte nuestra que no sea fácil de vender. Se trata de esa costumbre tan triste de amputarnos lo extraño para poder encajar.
Y yo, la neta, cada vez tengo menos ganas de encajar a costa de volverme pequeño.
No sé si alguien puede ser lobo por dentro. No sé si eso se explica, se vive, se imagina o se descubre. Pero sí sé algo: hay personas que prefieren burlarse antes que preguntarse por qué les molesta tanto la libertad ajena. Y esa pregunta, para mí, da más miedo que cualquier máscara, cualquier cola o cualquier manera distinta de nombrarse.
Al final, quizá madurar no sea domesticarlo todo.
Quizá madurar sea aprender a no perseguir con piedras lo que no entendemos.
Quizá madurar sea aceptar que nadie quiere ser jaula, ni siquiera de sí mismo.
