El colmado de la esquina puso la bocina temprano, antes de que yo terminara el café. No era una fiesta, no era un pleito, no era nada especial. Era simplemente otro día empezando con volumen alto, con motores pasando, con alguien saludando desde lejos como si estuviera en la otra acera del mundo. Yo cerré la ventana y sentí algo que me dio vergüenza: rabia. Una rabia pequeña, doméstica, pero rabia al fin.
Me dio vergüenza porque aquí uno aprende rápido que quejarse del ruido suena a ponerse por encima de los demás. Como si pedir un poco de silencio fuera decir que la alegría ajena molesta. Como si uno estuviera atacando el barrio, la música, el dominó, el cumpleaños del vecino, la vida misma. Y no es eso. No es que me crea fino.
Lo repito porque me lo tengo que repetir también a mí: no es que me crea fino.
Es que a veces llego del trabajo con la cabeza llena de voces, números, mensajes sin responder y problemas que no se resolvieron. Entro a la casa y quiero escuchar aunque sea el abanico. Quiero que mi cuerpo entienda que ya puede bajar la guardia. Pero afuera sigue todo prendido: la bachata del colmado, el motor sin mofle, el vendedor que pasa gritando, la conversación del frente que parece transmitida por bocina. Entonces me descubro apretando los dientes por cosas que, vistas desde fuera, se ven normales.
Y ahí es donde empieza lo incómodo. Porque normal no siempre significa liviano. Hay costumbres que uno quiere, que forman parte de la forma en que vivimos, pero también cansan. Decirlo no debería ser una traición. Criticar una cosa de la vida diaria no es odiar el lugar de donde uno viene. Pero nos cuesta separar eso. Nos ponemos defensivos. Si alguien dice “bajen un chin”, otro responde “ay, pero este sí es aburrido”. Si alguien se retira temprano de un coro, parece que se dañó el ambiente. Si alguien no quiere visita sin avisar, ya está cambiando, ya está raro, ya se le subieron los humos.
Yo he participado de eso también. He dicho “déjalo, que ese es así” sobre alguien que simplemente necesitaba estar tranquilo. He confundido silencio con frialdad. He pensado que quien se cuida del exceso está rechazando a los demás. Por eso mi rabia no viene limpia. Viene mezclada con culpa, con la sensación de que yo mismo ayudé a crear esa presión de estar disponible, de estar de buen ánimo, de aguantar porque “eso no es nada”.
Pero sí es algo.
No un drama, no una tragedia, no una razón para vivir peleando con todo el mundo. Es algo más sencillo y más difícil de explicar: el cansancio de no tener dónde descansar de verdad. El cansancio de que hasta la paz haya que negociarla. El cansancio de sentir que para ser buena gente uno tiene que dejarse invadir un poquito, reírse un poquito, responder un poquito, soportar un poquito más.
Hay una crítica que no sé hacer sin sonar amargado: hemos vuelto virtud la resistencia a todo. El que duerme con ruido es fuerte. El que trabaja enfermo es responsable. El que no se incomoda con nada es “de ambiente”. El que aguanta visita, bulla, favor, comentario y relajo es una persona llevadera. ¿Y el que no puede? ¿El que se satura? ¿El que necesita cerrar una puerta sin tener que dar una explicación larga?
No es que me crea fino. Es que estoy cansado de pedir permiso para necesitar calma.
Me gustaría que pudiéramos aprender una cortesía menos ruidosa. No una vida apagada, ni calles mudas, ni casas sin música. Eso tampoco sería verdad. Hablo de mirar alrededor antes de subir el volumen. De entender que el otro no siempre está en la misma energía. De no tomar como insulto que alguien quiera irse a su cuarto. De dejar de medir el cariño por la cantidad de tiempo que uno aguanta sentado en una sala con sueño, con dolor de cabeza o con ganas de no hablar.
Tal vez lo que más me pesa no es el ruido de afuera, sino la obligación de fingir que no me afecta. Esa actuación de “todo bien” mientras por dentro uno está contando los minutos. Y lo digo sin ganas de pelear: hay días en que mi forma de querer a los demás es no estar disponible para todo. Hay días en que mi forma de seguir siendo amable es cerrar la ventana antes de decir algo feo.
Si eso me hace parecer antipático, tendré que aprender a cargar con esa etiqueta. Pero ojalá algún día no haga falta. Ojalá pedir silencio no suene a desprecio. Ojalá podamos entender que la tranquilidad también es una necesidad, no un lujo de gente complicada.
