No sé si esto se puede decir sin que suene horrible, pero lo voy a decir igual:
yo no amo la naturaleza.
— No la amo como la ama la gente que habla de ella con un tono casi religioso, como si bastara con decir “la Tierra”, “el planeta” o “la madre naturaleza” para quedar del lado correcto de la historia.
— No la amo de esa manera limpia, fotogénica, inspiradora, donde todo se resuelve con una caminata, una botella reutilizable y una frase bonita sobre cuidar lo que nos rodea.
— A mí la naturaleza también me incomoda. Me ensucia. Me pica. Me interrumpe. Me recuerda que yo no estoy al mando de casi nada.
— Y, sin embargo, precisamente por eso siento que tengo más responsabilidad con ella que mucha gente que sí dice amarla.
— Porque una cosa es amar una idea de bosque.
— Y otra muy distinta es aceptar que el mundo no fue hecho para complacerme.
— Yo creo que ahí empezó mi ética ambiental, no en el amor sino en la incomodidad.
— Empezó el día en que me di cuenta de que casi todo lo que llamamos progreso tiene un detalle sospechoso: funciona mejor mientras oculta lo que rompe.
— La luz sale del interruptor, pero no veo la herida.
— El agua cae del grifo, pero no veo el desgaste.
— La comida aparece en el súper, pero no veo el suelo agotado, ni la cadena, ni el exceso, ni lo que sobra.
— La basura desaparece de mi casa, pero no desaparece del mundo.
— Durante mucho tiempo viví así, con una ética muy cómoda: mientras yo no viera el daño, el daño parecía menos real.
— Y eso, para mí, es una de las formas más refinadas de la irresponsabilidad moderna.
— No hacer el mal directamente, pero vivir montado sobre sistemas que lo hacen por uno.
— No ensuciarse las manos, pero sí beneficiarse de que alguien, en algún sitio, se las ensucie.
— La ética ambiental me golpeó cuando entendí que yo no era una espectadora del deterioro.
— Era una usuaria muy eficiente.
— Y eso cambia bastante el retrato.
— Porque entonces el problema deja de ser “hay empresas malas” o “hay gobiernos negligentes”, que sí, claro que los hay.
— El problema también es que yo me acostumbré demasiado a una vida donde casi todo llega ya resuelto, ya embalado, ya limpio, ya lejos de su costo real.
— Me acostumbré a consumir tranquilidad.
— A comprar distancia.
— A pagar para no mirar.
— Por eso ya no me convence tanto esa versión de la ética ambiental basada solo en portarse bien: reciclar, separar, apagar, reducir, elegir mejor.
— Todo eso está bien. Sirve. Suma.
— Pero, sinceramente, se me queda corto.
— Porque a veces parece que la meta es volverse una persona ecológicamente correcta sin tocar lo más incómodo: el deseo de comodidad que llevamos adentro.
— Y yo sospecho que el núcleo del asunto está ahí.
— No en si uso pajilla o no.
— Sino en cuánto de mi vida está armado alrededor de la idea de que todo debe resultarme fácil, rápido, disponible y barato.
— Ahí es donde yo me siento éticamente expuesta.
— Porque defender la naturaleza en abstracto es relativamente sencillo.
— Lo difícil es revisar cuánto bienestar propio depende de exigirle al mundo una obediencia brutal.
— Yo, por ejemplo, me he descubierto queriendo silencio, paisaje, aire limpio, comida sana, calles menos agresivas, menos calor, menos suciedad, menos ruido… pero sin renunciar demasiado a nada.
— Esa contradicción no me vuelve monstruosa.
— Pero tampoco me deja inocente.
— Y quizá eso sea lo más útil que me ha dado este tema: perder la inocencia moral.
— Ya no creo que la ética ambiental consista en sentirse bueno.
— Creo que consiste en volverse menos ciego.
— Menos arrogante.
— Menos convencido de que el entorno está ahí para amortiguar todos mis hábitos.
— A veces pienso que hemos hablado demasiado de salvar el planeta.
— Y muy poco de otra cosa más difícil: aceptar límites.
— Límite al consumo.
— Límite a la expansión.
— Límite al capricho.
— Límite a esa idea infantil de que siempre debe existir una solución técnica para que podamos seguir igual.
— Eso me vuelve un poco pesimista, tal vez.
— O tal vez me vuelve adulta.
— Porque no, yo no creo que todo se arregle con conciencia, ni con campañas, ni con una estética verde que calme culpas.
— Hay daños que ya están hechos.
— Hay especies que no vuelven.
— Hay paisajes que solo van a existir en fotos.
— Y parte de la ética, aunque no nos guste, también consiste en vivir de cara a lo irreversible.
— No solo preguntarnos cómo contaminar menos.
— Preguntarnos qué clase de persona sigo siendo cuando sé que algo perdido no va a regresar.
— Ahí es donde yo me mido.
— No en mi pureza.
— En mi capacidad de dejar de mentirme.
— Así que no: yo no amo la naturaleza.
— Pero cada vez respeto más lo que no me pertenece.
— Y, honestamente, tal vez una ética ambiental seria empieza mejor desde ahí que desde cualquier consigna bonita.
