Durante mucho tiempo pensé que “regularme emocionalmente” significaba portarme bien por dentro. No molestar. No explotar. No llorar de más. No enojarme “por pavadas”. Básicamente, convertirme en una versión prolija de mí, una persona que siente todo en volumen bajo y responde siempre con una sonrisa razonable.
Spoiler: no me salió.
Y menos mal que no me salió, porque con el tiempo entendí algo que me cambió bastante la vida: regular una emoción no es apagarla. Es aprender a escucharla sin que me maneje el volante.
A mí las emociones me llegan rápido. A veces demasiado rápido. Una mirada, un ruido, un mensaje con un punto final seco, un cambio de plan a último momento… y adentro mío se arma una tormenta que desde afuera ni se nota. Ese desfasaje me cansaba mucho. Porque por fuera parecía que “no pasaba nada”, pero por dentro yo ya estaba haciendo veinte interpretaciones, tres defensas, dos despedidas y una discusión imaginaria.
Antes me daba vergüenza eso. Me decía: “No puede ser que te afecte tanto”. Ahora trato de decirme otra cosa: “Ok, te está afectando. Veamos qué necesitás”.
Parece una diferencia mínima, pero para mí fue enorme.
Mi primera herramienta de regulación emocional, aunque suene poco sofisticado, fue dejar de pelearme conmigo en el primer minuto. Cuando me pasa algo, intento no saltar enseguida a corregirme. No me digo “no deberías sentir esto”. Me digo “estás sintiendo esto”. Ese pequeño cambio me baja un poco la violencia interna.
Después viene la parte difícil: distinguir qué emoción es. Porque a veces digo “estoy mal” y listo, como si eso explicara algo. Pero no es lo mismo estar frustrado que estar triste. No es lo mismo estar saturado que estar enojado. No es lo mismo tener miedo que tener vergüenza. Cuando logro ponerle nombre, baja un poco el caos. Como si la emoción, al ser nombrada, dejara de golpear todas las puertas al mismo tiempo.
También aprendí que mi cuerpo se entera antes que yo. Esto lo subestimé años. Yo seguía de largo, queriendo funcionar, y mi cuerpo ya me estaba avisando: mandíbula apretada, hombros duros, respiración cortita, ganas de salir corriendo, ruido que de pronto molesta el doble. Antes interpretaba todo eso como “estoy fallando”. Hoy lo leo más como una alarma: “ojo, estás llegando al límite”.
No siempre puedo frenar cuando quiero, obvio. La vida no te pregunta si estás regulado antes de tirarte pendientes, gente, audios larguísimos y reuniones. Pero incluso en días así, hago microcosas que me ordenan. Tomo agua. Bajo una luz. Me siento cinco minutos sin pantalla. Camino un poco. Respiro más largo de lo que me sale natural. No son trucos mágicos. Son formas de decirle a mi sistema: “No estás solo, ya te vi”.
Otra cosa que me ayudó mucho fue aceptar que regularme no me vuelve idéntico todos los días. Hay jornadas en las que puedo hablar y explicar perfecto lo que me pasa. Y hay otras en las que apenas puedo decir “necesito un rato”. Antes sentía que eso era retroceder. Ahora lo veo distinto: también es regulación saber cuál es mi capacidad real hoy, y no exigir una versión heroica de mí justo cuando estoy más cargado.
Con los demás, este aprendizaje me cambió vínculos. Porque cuando yo no entiendo lo que me pasa, tiendo a reaccionar raro: me cierro de golpe, contesto cortante o desaparezco un rato. Y del otro lado eso se puede leer como desinterés, mala onda o desprecio. Empecé a decir frases simples, medio torpes pero honestas: “No estoy enojado con vos, estoy saturado”; “Dame un rato y te respondo mejor”; “Esto que dijiste me pegó más de lo que esperaba”. No siempre sale lindo, pero evita un montón de malos entendidos.
Para mí, regular emocionalmente tampoco es volverse zen ni hablar como libro de autoayuda. Yo sigo teniendo días intensos. Sigo sobrepensando. Sigo sintiendo cosas con una profundidad que a veces me agota. La diferencia es que ahora intento acompañarme en vez de retarme.
Y eso, aunque suene simple, me parece una forma de madurez.
Porque al final la regulación emocional que me sirve no es la que me vuelve correcto, sino la que me vuelve habitable. La que me permite estar conmigo sin vivir en estado de defensa. La que me ayuda a no descargar en otros lo que todavía no entendí en mí.
Hay días en que lo hago bien. Hay días en que hago lo que puedo. Pero incluso esos días, si logro frenar un segundo y preguntarme “¿qué me está pasando de verdad?”, ya gané algo.
No paz total. No control absoluto.
Algo más real: un poco de espacio adentro. Y a veces, con eso, alcanza.
