Hay un tipo de desgaste que no se nota en la cara al principio.
Uno sigue funcionando. Se levanta. Responde mensajes. Va al trabajo. Hace mercado. Medio resuelve. Medio cumple. Hasta se ríe cuando toca. Desde afuera, todo parece más o menos normal. Pero por dentro hay algo que se va torciendo, algo que no tiene mucho que ver con estar cansado ni con dormir mal ni con necesitar vacaciones.
A mí me costó bastante ponerle nombre.
Durante mucho tiempo pensé que lo que yo tenía era decepción, nada más. O arrechera. O tristeza acumulada. Pero no. Era otra cosa. Era la sensación de haberme quedado demasiado tiempo participando en cosas que me parecían equivocadas, o al menos quedándome callado frente a ellas. No hablo de grandes crímenes ni de escenas extremas. Hablo también de cosas pequeñas, repetidas, que van limando. Ver cómo humillan a alguien y no decir nada. Repetir una explicación que sabes que está diseñada para enredar a la gente. Sonreír en una reunión donde todos fingen que una injusticia es “parte del proceso”. Hacerte el loco para no complicarte la vida.
Eso deja marca.
Lo raro es que muchas veces el daño no viene solo de lo que uno hace, sino de lo que uno tolera. De lo que permite por miedo, por necesidad o por simple agotamiento. Y aquí es donde se pone incómodo, porque uno quisiera verse a sí mismo como una persona coherente, firme, más o menos digna. A mí me gustaba pensar eso. Supongo que a casi todos. Pero la realidad no siempre te pone en situaciones limpias. A veces no eliges entre el bien y el mal. A veces eliges entre callarte o perder algo importante. Entre obedecer o quedar marcado. Entre protegerte o defender a otro.
Y aunque por fuera la vida siga andando, por dentro algo pasa factura.
Yo empecé a notarlo en detalles raros. No era solo rabia contra los demás. Era una rabia más silenciosa conmigo. Me costaba admirar mi propia prudencia. Esa palabra, “prudencia”, que durante años me pareció adulta y sensata, de repente empezó a sonarme un poco cobarde. No siempre, claro. Hay silencios necesarios. Hay momentos en que sobrevivir ya es bastante. Pero una cosa es sobrevivir y otra muy distinta es acostumbrarte a traicionarte en cuotas.
Eso fue lo que más me golpeó: descubrir que una persona no se rompe solo cuando le hacen daño desde afuera. También se puede romper cuando se aleja demasiado de lo que considera justo.
Y no, no estoy escribiendo esto desde una superioridad moral ridícula. Al revés. Lo escribo desde la incomodidad de haber entendido tarde que el alma —si queremos llamarla así, aunque suene solemne— también se lesiona. Se lesiona cuando normalizas lo que te repugna. Cuando conviertes tu conciencia en una oficina de sellos: aprobado, aprobado, aprobado, con tal de no detener la máquina. Cuando dices “así es el mundo” demasiado rápido, no porque hayas comprendido la complejidad humana, sino porque ya no quieres sentir el conflicto.
Eso agota de una forma muy particular.
No es el cansancio del cuerpo. No es exactamente ansiedad. Ni siquiera es culpa pura. Es algo más espeso. Como vivir con una piedra en el centro. Una pérdida de respeto por uno mismo que no siempre se puede confesar. Porque decir “creo que me estoy dañando por dentro con lo que permito” suena dramático. Suena exagerado. Suena poco práctico. Vivimos en un tiempo que tolera mejor el estrés que la conciencia. Si dices que estás quemado, te entienden. Si dices que te duele haberte acostumbrado a ciertas cosas, ya incomodas.
Pero a mí me parece un dolor bastante serio.
De hecho, sospecho que mucha gente anda rota por ahí sin saberlo. Personas que no están deprimidas en el sentido clásico. Personas que no odian su vida entera. Personas funcionales. Correctas. Responsables. Pero que sienten una tristeza medio sucia, una irritación persistente, una distancia rara consigo mismas. Y tal vez no sea solo fatiga. Tal vez sea el precio de haber vivido demasiado tiempo lejos de sus propios límites morales.
Yo no encontré una solución elegante para eso.
No basta con indignarse. Tampoco con renunciar a todo y volverse puro de repente, como si la vida permitiera esos gestos teatrales tan fácilmente. Lo único que me ha servido un poco es empezar a dejar de mentirme. Admitir cuándo algo me parece indigno, aunque no pueda cambiarlo de inmediato. No llamar madurez a lo que en realidad es resignación. No vestir de realismo lo que nace del miedo. Y, cuando puedo, hacer aunque sea una cosa pequeña que me devuelva un poco de respeto por mí mismo.
A veces es hablar. A veces es negarme. A veces es acompañar a otro para que no quede solo. A veces es simplemente no colaborar con entusiasmo en aquello que me parece ruin.
Suena poco. Quizás lo sea.
Pero hay días en que una persona no se salva con heroicidades.
Se salva con no seguir traicionándose.
