Yo antes me decía vaga con una facilidad terrible.
Vaga porque dejaba los platos para después.
Vaga porque veía el correo y no contestaba.
Vaga porque tenía ropa limpia doblada en una silla desde hacía tres días, como si esa silla fuera un armario con baja autoestima.
Vaga porque cancelaba planes.
Vaga porque me acostaba “un ratito” y despertaba dos horas después con la cara marcada por la almohada y una culpa espantosa en el pecho.
Pero un día, no sé ni cuándo, empecé a sospechar otra cosa.
¿Y si no era vagancia?
¿Y si era cansancio acumulado haciendo cosplay de defecto personal?
No lo pensé así, tan bonito. En realidad lo pensé un jueves, en el bus, volviendo del brete, con ganas de llorar porque alguien me escribió “¿me confirmás?” y yo no tenía energía ni para confirmar que seguía viva.
Ahí me cayó.
Yo no estaba evitando la vida porque me diera igual.
La estaba evitando porque todo me pesaba.
Y cuando digo todo, digo todo. El ruido del celular. Las luces del súper. La fila del banco. Tener que decidir qué cenar. Sonreírle a alguien. Explicar que estoy bien. Acordarme de comprar pasta de dientes. Leer una noticia más. Ser amable. Ser funcional. Ser agradecida. Ser una persona completa en horario de oficina.
Qué agotador eso de parecer normal.
En Costa Rica decimos mucho “pura vida”, y a mí me encanta la frase, de verdad. Pero a veces una anda por dentro en “pura supervivencia” y por fuera igual responde “todo bien, por dicha”. Porque tampoco quiere andar repartiendo el cansancio como volante en semáforo.
Entonces una aprende trucos.
Decir “ahorita lo hago” cuando sabe que no puede.
Reírse para que no pregunten.
Tener la cama tendida solo cuando viene visita.
Contestar con emojis porque las palabras cuestan.
Prometerse que el lunes empieza, que el otro mes se ordena, que cuando pasen estas semanas va a volver a ser la de antes.
Pero las semanas pasan.
Y una sigue igual.
O peor.
Lo más injusto es que desde fuera el agotamiento se ve muy parecido a la pereza. Una persona cansada no siempre aparece despeinada, dramática, tirada en el piso. A veces aparece sentada, con el pelo recogido, trabajando, pagando cosas, diciendo buenos días. A veces incluso cumple. Pero cumple con una batería interna en rojo desde hace meses.
Después llega alguien y dice:
—Es que te falta disciplina.
Y uno quisiera responder:
—No, mae, me falta descanso.
Pero no lo dice, porque hasta defenderse cansa.
Yo no quiero usar el agotamiento como excusa para todo. Tampoco quiero quedarme viviendo en modo pausa. Hay cosas que sí tengo que hacer, aunque no me den ganas. Hay responsabilidades. Hay gente que cuenta conmigo. Hay vida fuera de mi cansancio.
Pero también estoy aprendiendo a no insultarme por estar fundida.
Porque una cosa es empujarse un poquito.
Otra es tratarse como una máquina barata.
Ahora intento hacer algo pequeño cuando no puedo con todo. Lavar un vaso. Abrir la ventana. Mandar un mensaje honesto. Comer algo decente. Acostarme sin convertir la cama en tribunal.
No siempre funciona.
A veces pierdo el día igual.
Pero al menos ya no me digo vaga tan rápido.
Me digo: estás cansada.
Y aunque no lo arregle todo, cambia el tono.
Porque no es lo mismo hablarse con látigo que hablarse con una cobija.
