No fue una gran revelación. No me pasó mirando el atardecer ni leyendo un libro profundo. Me pasó en una fila, esperando para pagar unas cosas, con calor, cansancio y una señora adelante contando monedas como si el mundo entero dependiera de esos billetes arrugados.
Yo estaba preocupado por algo que había dicho en el trabajo. Una frase cualquiera, en una reunión cualquiera. La repetía en mi cabeza como si todos la estuvieran analizando todavía. “Capaz sonó mal”, pensaba. “Capaz creen que soy un inútil”. “Capaz mañana alguien va a comentarlo”.
Y ahí, mirando a la gente alrededor, me cayó la ficha de una manera bastante simple: nadie estaba pensando en mí.
La señora estaba con sus monedas. El cajero estaba con cara de querer irse a su casa. Un muchacho miraba su celular. Una nena pedía un jugo. Cada persona tenía su propio lío, su propia cuenta pendiente, su propia preocupación. Y yo, que llevaba horas dándole vueltas a mi frase, era apenas una presencia más en el supermercado.
No sé por qué, pero eso me alivió.
Durante mucho tiempo viví como si estuviera bajo una cámara invisible. Cuidando lo que decía, cómo caminaba, qué publicaba, qué no publicaba, si saludé bien, si respondí muy seco, si quedé como tonto, si se notó mi nerviosismo. Una parte de mí pensaba que los demás estaban atentos a cada detalle.
Qué cansancio.
Lo peor es que uno no lo dice así, porque suena muy creído. Decir “siento que todos me miran” parece casi presumido. Pero no siempre viene de la vanidad. A veces viene del miedo. Del miedo a fallar, a quedar mal, a decepcionar, a ser juzgado.
Yo no quería ser famoso ni importante. Solo quería no hacer el ridículo.
Pero igual eso te vuelve el centro de tu propia película. Una película bastante pesada, por cierto, donde cada gesto tiene consecuencias enormes y cada silencio es una señal. Si alguien no te escribe, piensas que hiciste algo. Si alguien te mira raro, revisas toda tu vida. Si en una reunión nadie responde a tu comentario, ya te imaginás que arruinaste el ambiente.
Después pasa el tiempo y descubrís que la mayoría de la gente ni se acuerda.
Y no porque sean malos.
Porque están viviendo.
Eso, que al principio puede sonar triste, a mí me empezó a parecer una bendición. No importo tanto. No estoy en la cabeza de todos. No soy el tema principal de ninguna sala, salvo contadas excepciones. La gente tiene cuentas que pagar, hijos que cuidar, dolores que no cuenta, problemas de pareja, dudas, cansancio, sueños raros, ganas de dormir.
Uno es importante para algunos, sí. Para la familia, para los amigos, para quien nos quiere. Y eso ya es bastante. Pero para el mundo en general somos pasajeros. Vamos y venimos. Nos cruzamos, nos saludamos, metemos la pata, acertamos alguna vez, hacemos lo que podemos.
Y el mundo sigue.
Aceptar eso me dio una paz rara. Como cuando soltás una mochila que ni sabías que llevabas.
Empecé a permitirme cosas pequeñas. Hacer una pregunta aunque parezca básica. Salir a la calle con una remera vieja. Decir “no entendí” sin inventar que sí. Publicar algo y no revisar cada cinco minutos si alguien reaccionó. Equivocarme en una palabra y no pasar la noche entera castigándome por eso.
También empecé a mirar mejor a los demás.
Porque si yo no soy el centro, ellos tampoco son figurantes de mi historia. Esa es la otra parte. A veces uno quiere que todos lo comprendan, lo llamen, lo tengan en cuenta, lo cuiden justo como necesita. Pero los demás también están peleando sus batallas. También se olvidan, se distraen, se cansan, responden mal, desaparecen un rato.
No todo es contra uno.
Esa frase me ayudó mucho: no todo es contra mí.
El amigo que no contestó tal vez estaba saturado. La compañera que saludó frío capaz tenía un problema en la casa. El vecino que no sonrió quizá solo venía molesto. No digo que haya que justificar todo ni aguantar malos tratos. Pero vivir interpretando cada cosa como una ofensa personal te enferma de a poco.
Cuando uno acepta que no importa tanto, baja el volumen de muchas heridas imaginarias.
Y aparece espacio.
Espacio para reírse un poco de uno mismo. Para pedir perdón sin sentir que se acaba el mundo. Para hacer algo mal y corregirlo. Para no necesitar que todos aprueben nuestra forma de vivir. Para aceptar que hay gente a la que no le caemos bien y tampoco pasa nada.
Antes eso me hubiera dolido muchísimo. Ahora intento verlo con más calma. Yo tampoco conecto con todo el mundo. No me gusta todo el mundo. No recuerdo a todo el mundo. ¿Por qué tendría que exigirme ser inolvidable para todos?
Qué soberbia escondida hay a veces en querer agradar siempre.
Hoy me gusta más la idea de ser importante en pequeño. Estar para mi hermana cuando me necesita. Ayudar a un amigo sin publicarlo. Tratar bien a alguien que me atiende. Hacer mi trabajo de forma decente. Cuidar mi casa. Llamar a mi mamá. Tener conversaciones donde no busco impresionar, solo estar.
Eso no sale en ningún titular. No cambia la historia del mundo. Pero sostiene algo.
Tal vez la paz adulta sea eso: entender que no venimos a ser el centro de todo, sino a ocupar con dignidad el pedacito que nos toca.
No somos tan observados.
No somos tan juzgados.
No somos tan imprescindibles.
Y aun así, podemos ser necesarios para alguien.
A mí eso me alcanza más que antes. Porque no importar tanto no significa no valer. Significa descansar de la obligación de demostrar todo el tiempo que uno existe.
