Hay gente que sueña con tener mejor memoria. Yo antes también lo decía, bien tranquilo, como quien pide una ventaja sencilla: acordarme de nombres, de fechas, de dónde dejé las llaves, de lo que me dijeron hace dos semanas. Pero después me puse a pensar en la hipertimesia, esa idea de recordar demasiado, y se me volteó el asunto. Porque uno habla del olvido como si siempre fuera una pérdida, y tal vez no. Tal vez olvidar también es una forma de misericordia. Yo, la verdad, no estoy tan seguro de querer vivir con cada día pegado al pecho, intacto, respirándome en la nuca. Hay recuerdos que me enseñaron algo, sí, pero hay otros que solo se quedaron estorbando, como una piedrita dentro del zapato que ya se volvió parte de la caminada.
A mí me impresiona pensar en la gente que recuerda con una precisión casi cruel. No lo digo por admiración solamente. Lo digo con un poquito de susto. Porque recordar mucho no siempre significa entender mejor. A veces significa revivir más. Y revivir no es cualquier cosa. No es abrir una caja y ver lo que había adentro. Es volver a sentir el calor de una discusión, la vergüenza de una tontera dicha a destiempo, la cara de alguien que ya no está, la sensación exacta de una tarde que uno creía superada. Yo tengo recuerdos normales, digamos, y aun así hay días en que me pesan bastante. Entonces me pregunto cómo será cargar una vida casi entera sin el alivio de la neblina. Vaya forma de vivir con el pasado sentado a la par.
Lo más raro es que de pequeño a uno le venden la memoria como una virtud limpia. El alumno que memoriza mejor, el adulto que no olvida fechas, la persona que retiene detalles, todos esos parecen llevar ventaja. Y quizás sí, en ciertas cosas. Pero nadie te habla del otro lado. Nadie te dice que el cerebro también necesita barrer. Necesita mover muebles, cerrar ventanas, dejar ir polvo viejo. Si no, ¿cómo hace uno para seguir? A mí me da por pensar que el olvido no siempre es falla. A veces es oficio. A veces es el modo que tiene la cabeza de decir: “Mirá, con todo no podés”. Y está bien. No poder con todo también debería considerarse una forma decente de estar vivo, no una derrota.
Yo mismo he comprobado que algunos recuerdos se van acomodando solos cuando no los obligo a quedarse igualitos. Se desarman un poco, pierden filo, cambian de color. Y qué bueno. Porque así dejan de mandar. Se vuelven parte de la historia, no jefes de la historia. Por eso este tema me mueve tanto. Me hace pensar que, en el fondo, no quiero una mente que archive perfecto; quiero una mente habitable. Una que me permita aprender sin condenarme a repetir internamente cada escena una y otra vez. Una que no me premie por sufrir con detalle. Suena raro decirlo, pero yo ya no envidio la memoria total. Cada vez me parece más valiosa una memoria sabia, una que sepa qué guardar cerca y qué dejar descansar sin escándalo.
Quizás por eso ahora miro distinto mis propios olvidos. Ya no todos me dan rabia. Algunos sí, claro: perder un dato importante, confundir una fecha, dejar pendiente un nombre, eso fastidia. Pero otros casi los agradezco. Agradezco no recordar palabra por palabra ciertos días tristes. Agradezco que algunas humillaciones se hayan ido poniendo borrosas. Agradezco que la mente, sin pedirme permiso, me haya soltado partes de la carga. Uno cree que madurar es acordarse mejor de todo, y yo ya no sé si es así. Tal vez madurar también sea entender que no vinimos a coleccionar cada minuto como si la vida fuera inventario. Vinimos a vivirla. Y para vivirla de verdad, a veces hace falta que ciertas puertas se cierren solas, despacito, sin que una sienta que perdió algo, sino más bien que por fin pudo seguir.
