Yo empecé a sospechar de mi época el día en que me descubrí acomodando una mesa no para comer mejor, sino para que se viera bonita en una foto.
No fue un drama. Fue una tontera mínima. Un plato aquí, una taza allá, la luz entrando de lado. Todo muy inocente. Pero mientras movía las cosas, me cayó encima una incomodidad rara: ya no estaba preparando un desayuno, estaba preparando una versión visible de mí.
Y desde entonces no he dejado de pensar en eso.
A veces siento que una parte de la resistencia cultural de hoy no pasa por irse al monte, ni por rechazar toda la tecnología, ni por ponerse solemne hablando de tradiciones. Pasa por algo más difícil y más pequeño: guardarse algo. No subirlo. No contarlo. No volver contenido cada experiencia apenas ocurre.
Porque seamos sinceros: ya no solo vivimos. También presentamos la prueba de que vivimos.
Mostramos lo que cocinamos, lo que leemos, lo que sentimos, lo que pensamos del mundo, lo que nos duele, lo que aprendimos, lo que superamos, lo que compramos, lo que dejamos atrás. Y todo eso parece normal, hasta simpático. Pero a mí me entró una duda que no me suelta: si todo termina exhibido, ¿dónde descansa una vida?
Lo que me inquieta no es solamente la exposición. Es la costumbre mental que deja. Uno empieza a mirar la realidad como si siempre tuviera una vitrina al lado. Un atardecer ya no es solo un atardecer: también es una posibilidad de publicación. Una tristeza ya no es solo una tristeza: también puede volverse texto, reflexión, aprendizaje compartible. Hasta el silencio corre el riesgo de ser usado como estética.
Y ojo, yo no estoy hablando desde un pedestal. Yo también he caído en eso. También he querido traducir mi experiencia en algo presentable. También he sentido esa tentación medio adictiva de convertir una emoción en una pieza redonda, bonita, pública. Tal vez porque hacerlo da una sensación de control. Si logro narrar lo que me pasa, parece que me pasa menos. Si lo publico y alguien reacciona, parece que pesa menos. Pero no siempre es verdad.
A veces lo que pesa menos no es el dolor, sino el misterio.
Y yo creo que una cultura se defiende también cuidando sus misterios.
No me refiero solo a tradiciones, acentos o costumbres heredadas. Me refiero a la capacidad de conservar zonas no traducidas. Espacios que no se explican enseguida, que no se optimizan, que no se entregan al aplauso ni al algoritmo. Una sobremesa que no se documenta. Un pensamiento que no se publica. Una alegría que no necesita validación. Una fe privada en algo pequeño y propio.
Para mí, ahí hay resistencia cultural de la buena.
Porque este tiempo no solo nos pide consumir. También nos pide mostrarnos consumiendo, sintiendo, opinando, sanando, avanzando. Nos quiere legibles, visibles, actualizados. Y en medio de esa presión, guardar algo para uno mismo empieza a parecer casi una grosería. Como si lo no exhibido no terminara de existir.
Pero yo, qué quiere que le diga, cada vez desconfío más de esa lógica.
Hay cosas que se echan a perder cuando uno las saca demasiado pronto a la intemperie. Una idea, por ejemplo. Un amor. Un duelo. Una búsqueda. Hay procesos que necesitan sombra. No por vergüenza, sino por dignidad. Por crecimiento. Por profundidad. No todo lo vivo nace para hacerse escaparate.
Por eso últimamente me cae bien la gente que no cuenta todo. No la gente cerrada por frialdad, sino esa gente que todavía conserva un cuarto interior donde no entra nadie con cámara. Me transmite una libertad vieja, casi artesanal. Como si todavía supieran que la identidad no siempre se afirma mostrándose; a veces se afirma protegiéndose.
Y sí, ya sé que sonará raro en un mundo donde parecer presente equivale muchas veces a estar publicando. Pero yo lo siento así: cada vez que me reservo algo verdadero, siento que recupero un pedacito de soberanía.
No lo hago por pureza. Ni por superioridad. Lo hago porque necesito recordar que mi vida no nació para volverse una vitrina eficiente. Nació para ser vivida, y a veces vivida quiere decir justamente eso: que ocurra sin testigos, sin resumen, sin rendimiento.
Tal vez la resistencia cultural de nuestro tiempo no siempre tenga himnos ni pancartas.
Tal vez, a veces, se parezca más a esto:
cerrar la cortina un rato,
dejar el teléfono boca abajo,
vivir algo hermoso
y no entregárselo a nadie.
