El domingo por la tarde puse una lavadora y me quedé mirando el tambor como si dentro hubiera una respuesta. No estaba triste exactamente. Tampoco cansado de una forma clara. Era más bien esa sensación de haber pasado el fin de semana sin producir una anécdota, sin adelantar nada importante, sin haber hecho una excursión, una receta nueva, una llamada pendiente o una limpieza profunda. Dos días y lo más reseñable era ropa dando vueltas con jabón.
Me fastidia admitir que eso me dio culpa.
No culpa por haber hecho algo malo, sino por no haber convertido el tiempo en una versión mejor de mí. Parece exagerado dicho así, pero creo que se entiende. Descansar ya no descansa si una parte de la cabeza está tomando nota de si el descanso ha sido de calidad, si ha sido consciente, si ha sido merecido, si se puede contar de una manera más o menos digna el lunes. Incluso no hacer nada se ha llenado de requisitos.
Y yo me quejo, sí, pero no porque quiera vivir tirado en el sofá sin obligaciones. No va de eso. Trabajo, hago recados, contesto mensajes, cumplo bastante. Igual por eso me molesta más: porque incluso cuando cumplo, aparece otra capa encima, una especie de examen invisible que pregunta qué he sacado de cada cosa.
Leer, pero que me aporte.
Andar, pero registrando el recorrido.
Cocinar, pero aprendiendo algo.
Quedar con alguien, pero cuidando el vínculo.
Estar solo, pero aprovechando para conocerme.
Me doy cuenta de que suena razonable. Casi todo eso, por separado, tiene sentido. El problema es la suma. La suma acaba convirtiendo la vida en una reunión permanente de seguimiento, con un yo sentado al otro lado de la mesa pidiéndome avances. Y yo, que ya vengo bastante apretado por fuera, termino apretándome también por dentro.
No todo tiene que dar para algo. Me lo digo bajito, porque todavía me parece una frase sospechosa, como si estuviera buscando una excusa. Qué fácil es confundir calma con dejadez. Qué rápido me sale pensar que si no estoy mejorando, estoy empeorando. No sé de dónde aprendí esa regla, pero la llevo bien metida.
Lo curioso es que no se la aplico igual a los demás. Si un amigo me dice que se ha pasado la tarde mirando una serie mala, no le pido un informe. Si mi hermana me cuenta que salió a dar una vuelta sin rumbo, no pienso que está desperdiciando su potencial. Con los demás puedo ser amable. Conmigo me vuelvo un gestor de recursos humanos con cara de preocupación.
Hay una parte de mí que tiene miedo de soltar esa vigilancia. Eso cuesta reconocerlo. Porque la queja más cómoda sería decir que la sociedad nos empuja, que todo está montado para rendir, que las redes, que las conversaciones, que la presión. Y sí, algo de eso hay. Pero también hay una parte mía que se aferra a la utilidad porque le da una sensación de control. Si todo sirve para algo, entonces nada se pierde del todo. Si cada rato tiene una función, quizá no tenga que mirar de frente el hueco que aparece cuando nadie me pide nada.
Ese hueco me incomoda. A veces, en cuanto se abre un poco, busco enseguida una tarea pequeña: ordenar un cajón, mirar el banco, apuntar una idea, poner un audio pendiente. Cualquier cosa que demuestre que sigo siendo una persona en marcha. Me cuesta estar sin justificarme. Me cuesta no presentar pruebas.
Y ahí está la queja de verdad, creo: estoy cansado de vivir como si tuviera que defender mi existencia con justificantes. No hablo de grandes dramas. Hablo de ese ruido fino que se mete en un martes cualquiera, en una tarde libre, en una mañana sin planes. El ruido que pregunta: ¿y esto para qué? ¿Y tú qué estás haciendo con tu vida? ¿Y no podrías hacerlo un poco mejor?
No todo tiene que dar para algo.
Me gustaría creérmelo de una manera más limpia. Poder sentarme en un banco sin convertirlo en una práctica de atención, sin fotografiar el cielo, sin pensar que debería llamar a alguien, sin sacar una conclusión bonita de diez minutos mirando pasar perros. Sentarme y ya. Llegar a casa y no traducir el día a rendimiento. Decir “he estado” sin tener que añadir “aprovechando”.
También me doy cuenta de que esta obsesión por aprovecharlo todo tiene un lado clasista, aunque me dé pudor decirlo desde mi vida normalita. Como si el descanso tuviera que ser elegante para ser legítimo. Como si no bastara con tumbarse porque el cuerpo lo pide. Como si el tiempo libre necesitara una estética, una narrativa, una prueba de que no eres una persona simple. Me enfada esa idea, y aun así a veces caigo en ella. Me veo juzgando mi propio sábado con criterios absurdos, como si alguien fuera a revisarlo.
La lavadora terminó y tardé un rato en levantarme. Ni siquiera fue un acto rebelde. Fue pereza, o cansancio, o las dos cosas. Me quedé sentado escuchando cómo el tambor hacía esos golpes últimos, torpes, antes de parar del todo. Pensé que quizá mi cabeza también funciona así: sigue dando vueltas aunque ya no haga falta.
No tengo una solución brillante. Solo una sospecha. Tal vez descansar empiece por dejar de convertir el descanso en una asignatura más. Tal vez haya que soportar un poco la sensación de estar perdiendo el tiempo hasta que deje de parecer una pérdida. Tal vez el problema no sea que no hago suficiente, sino que he aprendido a mirar casi todo con la pregunta equivocada.
No todo tiene que dar para algo. Hoy lo escribo como quien se deja una nota en la nevera, no como quien ha ganado una batalla. Mañana probablemente volveré a exigirme pruebas. Pero por lo menos ya sé que esa exigencia no siempre es responsabilidad. A veces es miedo con buena letra.
