El carrito del súper quedó atravesado entre dos estacionamientos y yo pasé por el lado como si no fuera conmigo, igual que hacen tantos. Lo vi, me molestó, hasta pensé “qué gente más dejada”, pero seguí caminando porque tenía calor, porque iba tarde, porque ya bastante tranque había agarrado para ponerme ahora a resolver el mundo. Y ahí está la parte que me incomoda: yo también me beneficio de esa excusa. Me quejo de que en Panamá todo se vuelve una lucha pequeña, que si la fila no avanza porque alguien se coló, que si el baño público queda hecho un desastre, que si en la oficina nadie repone el papel de la impresora, que si en el food court dejan la mesa como si viniera un empleado invisible a borrar la falta de consideración. Pero muchas veces mi protesta empieza demasiado tarde, cuando ya soy el afectado, no cuando soy el que puede evitarle el fastidio a otro. No estoy hablando de volverse santo ni de vivir recogiendo lo que todo el mundo tira, porque tampoco es justo que uno cargue con la pereza ajena. Mi queja va más contra esa mentalidad cómoda de “eso no es mi trabajo” usada para cualquier cosa, incluso para lo mínimo. Esa frase nos está dejando chiquitos. Nos hace creer que ser decente es hacer un favor, cuando a veces es apenas no empeorar el lugar. Me pasa en cosas ridículas: si se cae un papel y no es mío, lo esquivo; si veo que una puerta se va a cerrar en la cara de alguien, calculo si me toca sostenerla; si noto que dejé una bandeja mal puesta, me digo que igual alguien la recoge. Después quiero una ciudad más ordenada, vecinos más conscientes y servicios más humanos. Qué conveniente. No creo que el cambio empiece con discursos grandes, porque esos los decimos fácil en la mesa y en los chats. Creo que empieza en aceptar que hay una parte del desorden que yo estoy autorizando con mi indiferencia. Así que voy a probar algo sencillo, sin anunciarlo como hazaña: devolver el carrito, dejar la mesa lista, no colarme aunque esté apurado, decir “hay una fila” sin formar pleito, recoger lo mío aunque nadie mire. También voy a dejar de aplaudir al vivo que se sale con la suya, porque ahí empieza otra complicidad. Me molesta tener que escribir algo tan básico, la verdad. Pero más me molesta seguir viviendo como si siempre viniera otro detrás a arreglar lo que yo pude no dañar.
No quiero seguir dejando el desorden para el que viene

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