Yo antes pensaba que tener ética personal era más o menos lo mismo que ser una buena persona. Así, en general. Como si la vida estuviera dividida entre gente decente y gente chueca, y uno nomás tuviera que escoger de qué lado ponerse. Con los años empecé a desconfiar de esa idea. No porque ya no crea en la decencia, sino porque me di cuenta de que a veces el deseo de sentirme “bueno” me hace menos honesto que el simple hecho de aceptar mis contradicciones.
Suena raro, pero a mí me pasa eso: cuando tengo demasiada necesidad de verme correcto, empiezo a acomodar mi versión de los hechos. No siempre con mentiras grandes. A veces con algo más fino. Me explico bonito. Me justifico elegante. Le pongo nombres nobles a cosas que en el fondo también tienen ego, comodidad o miedo. Y entonces no estoy actuando con ética; estoy haciendo relaciones públicas conmigo mismo.
Eso me pegó duro cuando entendí que mi brújula moral no falla solo cuando hago algo claramente mal. También falla cuando convierto mi conciencia en un escenario. Cuando lo importante deja de ser revisar lo que hice y pasa a ser conservar una imagen agradable de mí. Ahí uno se vuelve tramposo de una manera muy sofisticada. No roba, no grita, no traiciona de forma espectacular, pero se narra tan bien que termina viviendo dentro de una absolución permanente.
Por eso hoy me interesa más la gente que se conoce sus rincones feos que la que necesita parecer impecable. Me da más confianza alguien que dice “sí, aquí me ganó el orgullo” que alguien que siempre encuentra una razón elevada para todo lo que hace. Porque la ética personal, al menos como yo la entiendo ahora, no es un traje blanco. Es más bien una conversación incómoda que uno acepta tener consigo mismo sin salirse del cuarto.
Y esa conversación cansa. Cansa porque nadie sale totalmente bien parado. Si me miro de verdad, encuentro cosas que no me encantan: veces en que ayudé para sentirme superior, veces en que callé para no complicarme, veces en que fui leal no por nobleza sino por miedo a perder un lugar. Antes me apuraba a corregir el relato. Hoy trato de hacer otra cosa: quedarme un rato ahí, sin maquillaje. No para castigarme, sino para no volverme un extraño para mí.
A mí me parece que hay una trampa muy común: creer que la ética consiste en evitar toda mancha. Yo ya no lo veo así. Vivir implica ensuciarse un poco. Elegir entre bienes imperfectos. Llegar tarde a alguna expectativa. Fallarle a alguien mientras intentas no fallarte por dentro. La cuestión no es salir puro. La cuestión es no volverte cínico. No acostumbrarte tanto a tus propias excusas que termines llamando madurez a la cobardía, o prudencia a la falta de coraje.
Por eso cada vez valoro más una ética menos ornamental y más sobria. Menos obsesionada con dar ejemplo. Menos enamorada de la superioridad moral. Más dispuesta a decir: “esto hice, esto quise, esto me avergüenza, esto todavía no lo resuelvo”. A mí esa postura me parece más limpia, aunque se vea menos brillante.
Ya no quiero ser impecable. La impecabilidad, muchas veces, es pura escenografía. Prefiero otra cosa: ser alguien que no necesita quedar bien consigo mismo a cualquier precio. Alguien capaz de admitir cuando se traicionó un poco, cuando se adornó demasiado, cuando usó palabras nobles para esconder impulsos bastante comunes. Porque, al final, mi ética personal no se juega en que yo me sienta admirable. Se juega en que pueda mirarme sin aplausos y todavía reconocer, con cierta paz, quién soy de verdad.
