Pensaba que una relación de pareja era como una casita emocional. Uno llegaba cansado del mundo, cerraba la puerta, se quitaba el ruido de encima y decía: “Aquí sí”. Aquí sí me quieren. Aquí sí me entienden. Aquí sí me aguantan. Y mirá qué peligrosa puede ser esa idea cuando uno la adorna bonito. Porque a veces no estamos buscando amor: estamos buscando refugio. Y no es lo mismo. Lo digo porque me pasó.
Más de una vez confundí compañía con salvación. Sentía esa emoción de tener a alguien pendiente de mí, respondiéndome rápido, queriéndome ver, preguntándome cómo estaba, y yo ya le ponía nombre grande a eso. Amor. Compromiso. Futuro. Pero con el tiempo fui entendiendo algo que me dolió aceptar: muchas veces no me enamoraba de la persona, sino del alivio que me daba no sentirme solo.
Y desde ahí empieza bastante desastre. Porque cuando uno usa a la pareja para tapar vacíos, deja de verla como persona. La vuelve medicina. La vuelve prueba. La vuelve espejo. Si me escribe, valgo. Si me cela, le importo. Si me aguanta mis malos modos, entonces sí me quiere. Y no. Eso no es amor. Eso es hambre emocional con ropa bonita.
A mí me costó reconocer que también he querido mal. No solo me han fallado: yo también he puesto sobre otra gente pesos que no les tocaban. Esperaba que adivinaran mis heridas, que entendieran mis silencios, que me tuvieran paciencia infinita, como si quererme incluyera cargar con todo lo que yo no he querido resolver. Y qué cómodo es llamar “intensidad” a la incapacidad de estar en paz con uno mismo.
A veces siento que nos vendieron una idea de pareja demasiado heroica. Como si amar fuera aguantar. Como si elegir a alguien significara resistir cualquier humillación, cualquier desgaste, cualquier versión triste de nosotros mismos. Y yo ya no quiero eso. No quiero una relación donde quedarse sea más importante que estar bien. No quiero que me amen por soportarme. Ni quiero sentirme valiente por no irme.
Ahora pienso distinto. Pienso que una buena pareja no te rescata: te acompaña. No te completa: te encuentra entero, aunque sea un entero medio remendado. No te quita todos los miedos, pero tampoco te obliga a vivir arrodillado ante ellos. Y sobre todo, no te pide que te traicionés para conservarla.
Yo ya no sueño con alguien que me haga falta. Sueño con alguien con quien pueda respirar. Alguien con quien no tenga que actuar, ni competir, ni mendigar claridad. Alguien que no me haga sentir en examen. Y también quiero ser eso para alguien. No una cárcel linda. No una dependencia disfrazada de romance. No una costumbre con besos.
Tal vez el amor más serio no es el que promete durar para siempre. Tal vez es el que no necesita mentiras para quedarse. El que puede decir “esto ya no” sin convertir el final en guerra. El que no te rompe para demostrarte que era real.
Yo sigo creyendo en las relaciones de pareja, sí. Pero ya no creo en esa versión donde amar es perderse. Para mí, amar de verdad debería parecerse más a volver. Volver a uno. Volver en paz. Volver menos asustado. Porque si para estar con alguien tengo que dejar de ser yo, entonces no era amor, maje. Era otra forma de abandono.
