A mí me da risa cuando la gente habla de “señales del universo”, porque me río… y después voy y hago exactamente lo mismo.
Veo una hora repetida. Sueño con alguien y esa persona escribe. Pienso una frase rara y al rato la escucho en boca de otro. Me pasa algo, después otra cosa, después una tercera, y enseguida se me activa por dentro una vocecita antigua, medio ridícula, medio solemne, que me susurra: mira eso bien… por algo será.
Y ahí es donde empiezo a dividirme.
Una parte de mí quiere creer.
La otra me mira con una ceja levantada.
La que quiere creer no es tonta. No anda por la vida pensando que una paloma en un cable le está redactando el destino. No. Lo que pasa es que hay días en que todo parece demasiado preciso para ser casual. Como si la realidad tuviera una forma rara de tocarte el hombro. Como si el desorden, por un segundo, hubiera decidido hablar claro.
Pero entonces entra la otra parte: la que sabe que el cerebro es un animal desesperado por encontrar sentido.
Y esa parte me recuerda algo incómodo: si uno está pendiente de una señal, termina viendo señales hasta en la sopa.
Si estoy pensando en una persona, cualquier coincidencia con esa persona me parece enorme.
Si tengo miedo de tomar una decisión, cualquier detalle externo me parece guía.
Si estoy roto, cansado o confundido, me agarro de lo primero que me ofrezca una narrativa.
Eso también lo sé.
Por eso mi problema no es decidir entre la fe y la ciencia. Mi problema es más vergonzoso: no sé cuándo estoy intuyendo algo de verdad y cuándo simplemente estoy maquillando mi ansiedad con misterio.
Porque, seamos honestos, llamar “señal” a ciertas cosas a veces queda más bonito que llamarlas “necesidad”.
Necesidad de confirmar.
Necesidad de sentir que no voy solo.
Necesidad de creer que alguien, algo o alguna lógica secreta está organizando este caos mejor de lo que yo puedo.
Y yo entiendo perfectamente esa tentación.
Hay noches en que una coincidencia me calma más que una explicación. Hay momentos en que prefiero pensar “esto vino a decirme algo” antes que aceptar la posibilidad más seca: que el mundo no me debe mensajes personalizados, que muchas cosas pasan porque sí, y que no siempre hay una trama escondida esperándome con subtítulos.
Qué clase de golpe para el ego, ¿no?
Uno quisiera creer que el universo se toma el trabajo de mandarle recaditos. Que la canción que sonó, la mariposa que pasó, el nombre que apareció dos veces, el sueño raro de las cuatro de la mañana, todo eso estaba puesto ahí para uno. Como si fuéramos el protagonista espiritual de una película elegante.
Yo también he caído en esa novela.
Y no la desprecio del todo. Porque hay algo humano, incluso tierno, en buscar sentido. A veces no buscamos certezas; buscamos compañía. Un hilo. Un gesto. Una pista mínima que nos ayude a cruzar el día sin sentir que todo es puro accidente.
Lo peligroso, creo, empieza cuando dejamos de pensar por nuestra cuenta y le entregamos el timón a cualquier coincidencia con buena puesta en escena.
Ahí sí me asusto.
Me asusto cuando una “señal” me sirve para no decidir.
Cuando la uso para evitar una conversación.
Cuando me viene perfecta para justificar lo que ya quería hacer.
Cuando el misterio deja de abrirme preguntas y empieza a regalarme excusas.
Porque entonces ya no estoy escuchando nada profundo.
Estoy negociando conmigo mismo.
Tal vez por eso, con el tiempo, inventé una regla casera. No rechazo las coincidencias. Tampoco me arrodillo ante ellas. Las dejo caer en la mesa y las miro un rato. Si me ayudan a pensar, bien. Si solo me seducen porque suenan bonitas, desconfío. Y si una supuesta señal me pide apagar el juicio, mejor la dejo pasar.
No sé si el universo habla. De verdad no lo sé.
Lo que sí sé es que mi mente habla muchísimo. Y a veces lo hace con una voz tan convincente que cuesta distinguir entre revelación y deseo.
Quizá madurar, al menos para mí, no consiste en matar el asombro.
Consiste en no convertir cada coincidencia en mandato.
Así que no: todavía no sé si eran señales.
Pero ya aprendí algo más útil.
No todo lo que brilla de misterio merece obediencia.
