El punto de partida
La semana pasada me ofrecieron, en menos de dos días, una caja de galletas, una rifa para una bocina y unas velas aromáticas hechas por la prima de una compañera. Nada de eso me molestó por sí mismo. Al contrario, me parece normal que la gente busque maneras de ganar dinero y que use sus redes cercanas para empezar. Lo que me quedó dando vueltas fue otra cosa: la frase que venía pegada a casi todos los mensajes, como si fuera parte del producto: “apoya, no seas mala onda”.. El apoyo convertido en obligación. Me cuesta decir esto porque sé que puede sonar frío, pero no creo que comprar sea siempre la forma más honesta de apoyar.
Hay una idea que se instaló medio suave, sin hacer mucho ruido: si alguien cercano vende algo, lo correcto es comprarle, recomendarlo y celebrar su proyecto. Si no lo haces, parece que estás fallando como amigo, vecino, primo o compañero. Yo mismo he caído en eso. He comprado cosas que no necesitaba, comida que no me gustaba tanto, boletos para rifas que ni revisé, productos que se quedaron guardados en un cajón. Lo hice para no verme tacaño, para evitar una explicación, para no quedar como el que no se suma. Y durante mucho tiempo pensé que eso era solidaridad. Pero ahora lo dudo. No porque me parezca mal comprarle a alguien conocido. Si el producto me sirve, si puedo pagarlo sin apretarme, si me gusta lo que ofrece, adelante.
Lo que se mueve por debajo
El problema empieza cuando el vínculo se usa como presión. Cuando ya no estás eligiendo, sino defendiendo tu derecho a no comprar. Cuando la amistad se mide con tickets, transferencias y capturas de pantalla. Ahí algo se distorsiona. Una compañera del trabajo vende postres los viernes. Son buenos, de verdad. Al principio comprábamos varios, con gusto. Después empezó a llevar lista, apartados, recordatorios y comentarios tipo “los que sí apoyan ya pidieron”. Nadie la estaba atacando, nadie le había dicho que no valía su esfuerzo. Solo algunos no queríamos pastel cada semana. La incomodidad no venía del postre, venía de tener que justificar una decisión simple.
Y esto no pasa solo con comida. Pasa con cursos, cosméticos, ropa, ventas por catálogo, rifas escolares, colectas mal explicadas, proyectos personales. La frase “hay que apoyar” funciona como una puerta que se cierra: si preguntas por el precio, dudas; si comparas calidad, eres mala onda; si dices que no puedes, tienes que demostrar que de veras no puedes.. Preguntar no es sabotear. Creo que también confundimos apoyo con no hacer preguntas. Como si cuidar a alguien significara aceptar cualquier cosa que proponga. Pero preguntar no siempre es desconfianza. A veces es respeto. Si alguien me vende algo, no estoy obligado a tratarlo como favor intocable. Puedo preguntar cuánto cuesta, qué incluye, cuándo entrega, qué pasa si falla, si realmente lo hizo esa persona o solo lo revende. Eso no le quita dignidad al esfuerzo.
Cierre
De hecho, quizá se la devuelve. Porque si todo se sostiene solo por lástima o compromiso, entonces el proyecto queda atrapado en una burbuja. Nadie se anima a decir que el pan llegó duro, que la talla no corresponde, que el curso prometía más de lo que daba, que el precio no se entiende, que el servicio fue lento. Se aplaude por educación y se compra por culpa. Después, cuando la gente deja de comprar, nadie sabe bien por qué.
Me parece más útil separar algunas cosas:.. Querer a alguien no significa comprarle todo… Valorar su esfuerzo no significa fingir que todo está bien hecho… No tener dinero o ganas no debería convertirse en una confesión incómoda… Recomendar también implica responsabilidad con quien recibe la recomendación… Esto último me pesa. Varias veces recomendé algo solo porque conocía a la persona, no porque el servicio fuera bueno. Lo hice para echarle la mano. Luego alguien me contó que no le fue bien, y me sentí raro. No era una tragedia, pero sí una falta de cuidado.
Como si mi lealtad hacia una persona hubiera valido más que la confianza de otra. También entiendo el otro lado. Emprender, vender, ofrecer algo propio, todo eso expone. No es fácil mandar mensajes, insistir, aguantar silencios, recibir negativas. En México además hay mucho trabajo informal, muchas personas completan gastos con ventas pequeñas, y no quiero hablar desde una comodidad inventada. Pero justo por eso creo que conviene ser más claros. Si todo depende de que los cercanos compren por pena, entonces no estamos hablando solo de apoyo; estamos hablando de una presión que se reparte entre gente que quizá también anda ajustada. Me gustaría que pudiéramos decir “no, gracias” sin que sonara a traición. Y también “sí, pero dime bien qué estás vendiendo” sin que pareciera agresión.
No para volvernos duros, sino para volver más limpias las relaciones.. Cierre: apoyar sin actuar un papel. Estoy intentando cambiar mi manera de responder. Si algo me interesa y puedo pagarlo, compro. Si no, digo que no con calma. Si me parece bueno, lo recomiendo. Si no lo conozco, no prometo promoción automática. Y si quiero apoyar de otra forma, pregunto qué sirve: compartir una publicación, dar una opinión sincera, ayudar a revisar un texto, escuchar una idea. Tal vez el punto es ese: apoyar no debería exigirnos actuar entusiasmo. Una relación sana tendría que aguantar una negativa sencilla. Y un proyecto serio también tendría que poder recibir preguntas sin convertirlas en ofensa.
