Me di cuenta de que algo se estaba torciendo cuando empecé a mirar mis aficiones como si fueran becarios.
No exagero.
Cosas que antes me gustaban por puro gusto empezaron a venir acompañadas de una pregunta sospechosa: “¿Y esto cómo podría aprovecharlo?” Aprovecharlo económicamente, claro. O al menos públicamente. Convertirlo en contenido. En marca. En identidad visible. En proyecto paralelo. En ingreso extra. En algo que no solo me haga bien, sino que además se justifique ante el mundo como actividad productiva.
Y ahí fue cuando se me contaminó un poco el placer.
No de golpe. No como tragedia. Más bien como una humedad fina que se mete en una pared sin hacer ruido hasta que un día lo ves claro. Me pasó escribiendo, leyendo, haciendo fotos, aprendiendo cosas sin propósito práctico, probando ideas por pura curiosidad. Actividades que antes tenían una libertad preciosa: no debían nada. No tenían que crecer. No tenían que rendir. No tenían que convertirse en narrativa profesional de mí mismo.
Pero vivimos en una época que mira cualquier gusto y enseguida le quiere poner uniforme laboral.
¿Te gusta cocinar? Podrías abrir algo.
¿Lees mucho? Deberías hacer reseñas.
¿Te sale bien explicar? Monta una newsletter.
¿Te gusta correr? Crea una comunidad.
¿Tocas la guitarra? Súbelo.
¿Te interesan temas raros? Haz una marca alrededor de eso.
Siempre hay un “podrías”.
Y el problema no es que no se pueda. Claro que se puede. A veces incluso sale bien, da dinero, estructura una vocación y abre una vida entera. No tengo nada contra profesionalizar un talento. Lo que me inquieta es la incapacidad cultural de dejar algo en paz. La sospecha permanente de que, si no lo conviertes en algo visible, escalable o rentable, estás desaprovechando un recurso.
Como si el disfrute no bastara.
Como si una pasión privada fuera una mala inversión.
Yo he caído muchas veces en esa lógica porque tiene algo muy seductor. Te promete sentido, autonomía, reconocimiento, dinero quizá, y además te vende una imagen bastante bonita de ti mismo: no eres alguien con un hobby; eres alguien construyendo algo. Y construir algo suena adulto, serio, admirable. Mucho más que simplemente disfrutar de una actividad sin optimizarla.
Pero hay una pérdida ahí. Una pérdida delicada, casi espiritual.
Cuando todo lo tuyo empieza a pasar por el filtro de su potencial, te conviertes en gerente de tu propia intimidad. Ya no solo haces cosas: las evalúas. Las proyectas. Las mides. Las empaquetas mentalmente. Incluso en pleno disfrute aparece una segunda voz, más fría, que pregunta cuánto vale, cuánto podría crecer, cómo se presentaría, si tiene salida, si sería compartible, si encaja en una versión competitiva de ti.
Qué agotamiento.
Yo no quiero vivir así del todo.
No quiero que cada curiosidad mía entre a una sala de casting. No quiero que cada impulso creativo tenga que demostrar empleabilidad. No quiero que el descanso venga acompañado de culpa porque no deja rastro productivo. Y no quiero, sobre todo, perder el derecho a hacer cosas mal, despacio, sin audiencia y sin promesa.
Porque hay actividades que precisamente me salvan porque no sirven para nada más.
Leer algo sin pensar en comentarlo.
Escribir algo que no publicaré.
Cocinar sin fotografiarlo.
Aprender una tontería que no mejora mi perfil.
Escuchar música sin convertir esa escucha en estética, discurso o reputación.
Parece poca cosa, pero para mí no lo es. Ahí hay una defensa del alma. Un espacio donde sigo siendo persona antes que proyecto.
Lo más perverso de la monetización total no es solo económica. Es psicológica. Te enseña a mirar tu mundo interior como un inventario de activos. Talentos, historias, traumas, gustos, vulnerabilidades, hábitos, opiniones, procesos: todo podría funcionar como material. Y cuando eso se vuelve costumbre, cuesta mucho volver a una relación inocente con uno mismo. Te observas como alguien que extrae valor. Incluso de su ocio. Incluso de su dolor.
No me parece casual que tanta gente esté cansada.
No porque trabaje mucho únicamente, sino porque ha empezado a trabajar también sobre zonas que antes estaban protegidas. El juego, la curiosidad, la amistad, la expresión, la personalidad, la estética, el cuerpo, el descanso. Todo disponible para ser convertido en algo. Todo susceptible de volverse capital simbólico o económico.
Y entonces una pregunta muy triste empieza a sonar razonable: si algo no produce nada, ¿merece tiempo?
Yo quiero responder que sí.
Quiero responderlo con firmeza.
Aunque me cueste creerlo algunos días.
Sí, merece tiempo.
Sí, merece cuidado.
Sí, merece existir sin rentabilidad.
No toda semilla tiene que volverse empresa.
No toda afición tiene que terminar en escaparate.
No toda parte de mí está en venta, ni siquiera metafóricamente.
Sé que esto puede sonar ingenuo en una época donde casi todo empuja en la dirección contraria. Los sueldos no alcanzan, la presión por diversificar ingresos es real, el miedo al futuro también. Entiendo perfectamente por qué tanta gente intenta convertir sus talentos en sustento. No juzgo eso en absoluto. A veces es necesidad, a veces es oportunidad, a veces ambas cosas. No estoy haciendo una defensa romántica del privilegio de perder el tiempo.
Solo intento defender otra verdad que me parece igual de importante: si entrego toda mi vida al criterio de la utilidad, me quedo sin refugio.
Y una vida sin refugio acaba volviéndose una oficina demasiado iluminada.
Por eso últimamente me repito algo que parece simple, pero me cuesta sostener: no todo lo mío es monetizable, y no todo lo valioso en mí necesita convertirse en una propuesta.
Hay cosas que quiero conservar improductivas.
Pequeñas.
Mías.
Un poco inútiles, incluso.
No porque no valgan.
Precisamente porque valen demasiado como para ponerles precio enseguida.
