Últimamente me he pillado haciendo algo bien cansador: escuchar las frases de los demás como si vinieran con una segunda intención escondida. Mi hermana me dice “estás más callado” y yo traduzco: “me estás diciendo fome”. Un amigo me pregunta si llegué bien y yo escucho: “eres un desastre”. Mi mamá me ofrece comida y, no sé cómo, mi cabeza arma una película completa donde eso significa que no me ve capaz de cuidarme solo.
Y después quedo agotado.
No por lo que pasó.
Por todo lo que inventé encima.
Hay días en que uno anda como con la piel dada vuelta. Todo roza. Todo pica. Todo parece comentario, juicio, indirecta, evaluación. La gente habla normal, pero uno escucha con subtítulos propios.
“Qué buena pega hiciste” puede sonar a “igual te demoraste”.
“Te ves distinto” puede sonar a “te ves mal”.
“Hazlo como quieras” puede sonar a “ya, arréglatelas solo”.
Y claro, visto así, vivir se vuelve un pasillo lleno de puertas que se cierran de golpe.
No quiero hacerme el iluminado. Yo he contestado mal por cosas que, pensándolo después, no eran ataques. Eran preguntas. Eran torpezas. Eran comentarios medios mal armados, sí, pero no necesariamente venían con veneno.
Una vez una compañera de trabajo me dijo: “¿Quieres que revisemos eso juntos?”. Yo sentí que me estaba tratando de inútil. Me puse seco, cortante, de esos “no, gracias, ya lo tengo”. Más tarde caché que solo quería ayudar porque había visto que yo estaba tapado de pega.
Me dio vergüenza.
Pero una vergüenza silenciosa, de esas que uno guarda en el bolsillo y no muestra.
Creo que a veces uno no reacciona al presente. Reacciona a una colección de momentos antiguos. A cuando sí se burlaron. A cuando sí te corrigieron con mala leche. A cuando pedir algo fue quedar como débil. A cuando te hicieron sentir chico por equivocarte.
Entonces llega alguien nuevo, dice una frase común y corriente, y uno le responde a todos los fantasmas juntos.
Pobre persona.
Pobre uno también.
No digo que haya que aguantarlo todo con sonrisa de folleto. Hay comentarios pesados. Hay gente que tira piedras y después dice que eran flores. Hay tonos que no son casualidad. Eso existe.
Pero también existe otra cosa: el cansancio de vivir defendiendo una frontera que nadie está cruzando.
A mí me ha servido hacer una pausa mínima. Una pausa chica, casi ridícula. Preguntarme: “¿Me atacaron de verdad o me dolió por otro lado?”. No siempre sé responder. A veces igual me enojo. A veces igual me cierro. Pero esa pregunta abre una ventanita.
Y por ahí entra aire.
Capaz madurar no sea volverse invulnerable. Capaz sea aprender a no pelear con frases que todavía no entendimos.
Yo sigo en eso.
Intentando no escuchar cuchillos donde quizás solo había cucharas.
