El grupo del trabajo sonó justo cuando estaba sirviendo el almuerzo. Era un mensaje corto, de esos que parecen chiquitos pero te cambian la cara: “¿Podés mirar esto un segundo?”. Mi plato quedó ahí, el arroz enfriándose, y yo ya estaba desbloqueando el celular antes de pensar si de verdad podía. Eso es lo que quiero cambiar. No el trabajo, no la responsabilidad, no las ganas de hacer bien las cosas. Quiero cambiar esa reacción automática de levantar la mano antes de saber si tengo fuerzas, tiempo o ganas.
Me acostumbré a ser la persona que responde rápido, que resuelve, que no molesta, que no hace esperar. Y después me quedo con una rabia callada, como si alguien me hubiera sacado algo sin permiso, aunque muchas veces fui yo quien abrió la puerta. No es que los demás sean malos. Esa parte también me cuesta decirla, porque es más fácil poner todo afuera. En mi caso hay una mezcla rara de miedo a quedar mal, orgullo de que me necesiten y costumbre vieja de no hacer problema. En Paraguay uno aprende mucho eso de “dejá nomás”, “no pasa nada”, “yo hago”. Suena amable, pero a veces termina siendo una manera de desaparecer despacito. La semana pasada probé algo distinto.
Me escribieron después de hora por una planilla que no era urgente. Miré el mensaje, sentí el apuro en el pecho, y no contesté al toque. Dejé pasar un rato. Después respondí: “Mañana temprano lo reviso con calma”. Nada más. Sin explicar que estaba cansado, sin pedir perdón tres veces, sin inventar una excusa. No pasó una tragedia.
Al día siguiente lo revisé y salió bien. Capaz alguien se molestó un poco, capaz no. Pero yo dormí mejor. Y esa parte me dio una esperanza bastante concreta, no de esas que parecen frase pegada en la heladera, sino una esperanza chiquita, comprobable: puedo hacer distinto una cosa que creía fija. Sé que no siempre se puede. Hay urgencias reales, hay momentos en que toca poner el hombro, hay trabajos donde uno tiene poco margen. No quiero mentirme con una libertad que no tengo completa. Pero sí tengo algunos centímetros. Tengo la forma de contestar.
Tengo el “mañana veo”. Tengo el derecho de preguntar si es urgente de verdad. Tengo la posibilidad de no regalar mi descanso antes de que me lo pidan dos veces. Me va a salir mal todavía. Seguro voy a recaer en el “sí, ahora mismo” por reflejo. Pero ya no quiero tratar esa reacción como si fuera mi personalidad. Es apenas una costumbre, y las costumbres, aunque sean tercas, se pueden mover.
Hoy empiezo por no estar siempre disponible.
