El portero eléctrico sonó un sábado al mediodía y alguien del edificio preguntó por el grupo si “el chico de la moto” podía esperar abajo, porque “después se mete cualquiera”. El chico de la moto traía comida para un departamento del cuarto. No traía una amenaza, traía una bolsa con empanadas y una bebida que se estaba calentando.
Lo cuento así porque me parece que ya ni escuchamos cómo hablamos. Decimos “seguridad” para todo, y listo, nadie puede objetar nada sin quedar como un irresponsable. Pero hay momentos en que no es seguridad, es costumbre con uniforme. Una costumbre bastante cómoda, además, porque casi siempre le toca al mismo tipo de persona quedarse en la puerta, explicar dos veces quién es, mostrar el documento, esperar bajo la lluvia o recibir órdenes por un portero que anda mal.
Con las visitas no hacemos lo mismo. Si viene un amigo de alguien, sube. Si llega un familiar cargado de cosas, se le abre sin armar debate. Si entra el vecino nuevo con una cara que todavía nadie ubica, confiamos un poco porque “debe vivir acá”. Pero si llega una señora a trabajar por hora, un repartidor, un plomero, un pibe que trae un paquete, ahí aparece una precisión reglamentaria que antes no existía.
Y ojo, no digo que haya que abrirle a cualquiera como si nada. No estoy discutiendo que cuidarse sea necesario. Lo que me molesta es la diferencia de trato, esa forma de sospechar que parece educada pero humilla igual. El “esperá abajo” dicho sin mirar. El “que baje el del departamento” como si la persona fuera un problema circulando por el palier. El “no puede usar el ascensor principal” que nadie se anima a escribir, pero varios practican.
No es seguridad, es costumbre con uniforme cuando una norma se aplica según la ropa, el horario o el trabajo de quien llega.
También me molesta que después nos describamos como un edificio tranquilo, de buena gente. Buena gente, sí, pero con categorías. Buena gente mientras no tengamos que revisar a quién hacemos sentir de paso, de menos, de sospechoso. Porque esas escenas chiquitas enseñan mucho: a los chicos que miran, a los vecinos que callan, a los trabajadores que ya vienen preparados para ser tratados con distancia.
Capaz no hace falta una gran asamblea ni un reglamento nuevo. Capaz alcanza con afinar el oído. Preguntar bien. Saludar. No usar la palabra seguridad para tapar una incomodidad social que no queremos nombrar.
Porque si cada vez que alguien toca timbre cambiamos el tono según lo que creemos que vale, el problema no está en la puerta. Está bastante más adentro.
