00:00 — Sonido de la calle bajito. Un bus pasando lejos. Mi respiración.
Ok… va. No se la voy a mandar a nadie. Es para mí. Para cuando me agarre esa cosa… esa urgencia de estar seguro.
Porque a mí me pasa, maje: yo no discuto solo con gente, yo discuto con el vacío. Con lo incierto. Con esa sensación de que, si no amarrás una idea con fuerza, se te desarma el mundo y quedás como flotando.
Y entonces hago lo que hago siempre: busco una respuesta rápida. Un “esto es así”. Un culpable. Una explicación. Algo que me deje dormir.
00:41
Hoy me caché en pleno acto. Estaba leyendo una noticia, un hilo, un comentario cualquiera, y sentí el impulso: yo sé por qué pasa esto. Así, de un solo. Y se siente rico, va. Es como morder algo dulce. Da paz inmediata… pero es una paz chueca. Porque después me vuelvo juez. Me pongo duro. Y al rato estoy enojado con personas que ni conozco, defendiendo una postura como si me pagaran por eso.
Yo sé que suena exagerado. Pero así trabaja mi cabeza: cuando encuentra una “certeza”, la abraza como si fuera salvavidas.
01:25
Hay una frase famosa de Socrates que todo el mundo repite: eso de que “solo sé que no sé nada”. Yo antes la oía y pensaba: ajá, qué filosófico. Pero hace poco me cayó de otra manera: no como pose, sino como descanso.
Porque decir “no sé” no es rendirse. Es soltar el cuello. Es bajarle a la tensión.
02:02
Mirá cómo se siente en el cuerpo, porque esto es cuerpo también: cuando yo creo que tengo razón, se me aprieta la cara. Se me pone dura la frente. Hasta escribo distinto: más tajante. Más “punto final”. En cambio, cuando acepto que no sé, el pecho se afloja un poquito. Como si mi sistema dijera: ah, entonces no tengo que ganar nada ahorita.
Y no es que me vuelva tonto. Es que me vuelvo humano.
02:45
Creo que la parte más peligrosa no es equivocarse. La parte más peligrosa es enamorarse de la sensación de estar en lo correcto. Porque esa sensación te vuelve adicto a la simplicidad. Y la vida… la vida no es simple. La vida es una mezcla rara de causas, heridas, contextos, azares. Pero eso no vende. Eso no tranquiliza. Eso no te da el chute rápido de “ya entendí”.
Entonces uno elige una historia cortita y la repite. Y ahí empieza el problema: no solo porque podés estar errado, sino porque te empezás a volver una persona que ya no escucha.
03:33
A mí me ha costado aprender una diferencia que parece pequeña, pero me cambia todo:
una cosa es buscar verdad, y otra cosa es buscar calma.
Yo muchas veces no estoy buscando verdad. Estoy buscando calma. Estoy buscando apagar la alarma interna. Y para apagarla, cualquier certeza me sirve.
Y fíjate qué loco: a veces la certeza es más emocional que racional. Yo digo “esto es así” porque me da seguridad, no porque lo haya comprobado.
04:20
Entonces me inventé un gesto. Un gesto bien simple. Cuando siento ese impulso de ya entendí todo, hago esto:
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Me pregunto: ¿qué me está asustando?
A veces es un tema grande, sí. Pero otras veces es algo tonto: cansancio, hambre, un día atravesado, una conversación pendiente. Y mi mente quiere compensar controlando el mundo. -
Me pregunto: ¿qué dato real tengo, y qué estoy rellenando?
Porque mi cabeza rellena precioso. Es creativa para completar huecos con sospechas. Y después me los creo. -
Me doy permiso de decir: “no sé todavía”.
No “no sé nunca”. No “me da igual”. Sino “todavía”.
Ese “todavía” es una ventana. Entra aire.
05:30
Y aquí va lo más raro, lo más espiritual (aunque yo no lo vista de religión): cuando yo digo “no sé”, me siento más cerca de la gente. Porque ya no estoy arriba. Ya no estoy señalando. Estoy al lado. Estoy diciendo: “A mí también me cuesta entender esto”.
Y eso conecta.
Porque el mundo está lleno de gente que no necesita que le ganen un debate; necesita que la miren con honestidad. Necesita que alguien le diga: “Púchica, sí está difícil”.
06:18
Ojo, tampoco es hacerse el neutral de todo. Yo tengo valores. Hay cosas que me parecen injustas, crueles, dañinas. Pero incluso ahí, el “no sé” me ayuda: me recuerda que puedo estar seguro de mis valores sin fingir que entiendo todas las causas. Puedo decir “esto me duele” sin inventarme una teoría total.
07:05
Me acuerdo una vez que alguien me dijo: “Vos siempre querés tener la última palabra”. Y yo me ofendí. Porque yo me sentía buena persona. Y capaz lo soy. Pero esa frase me dejó pensando: ¿y si mi necesidad de cerrar discusiones es, en realidad, miedo a quedarme con dudas?
Desde entonces estoy practicando otra última palabra: silencio.
A veces la conversación termina y yo no remato con sentencia. Solo digo: “Puede ser. Lo voy a pensar.” Y me siento raro, como si me hubiera faltado un diente. Pero después, qué paz.
07:58
Si algún día vuelvo a caer —porque voy a caer, yo me conozco— ojalá escuche esta misma nota de voz. Ojalá me acuerde de esto:
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Tener razón no es lo mismo que estar en paz.
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La certeza rápida calma, pero endurece.
-
El “no sé” abre espacio para respirar y para aprender.
Y al final, yo no quiero ser un bicho de respuestas. Yo quiero ser una persona habitable. Una persona que se puede estar consigo mismo sin estar peleando con la incertidumbre como si fuera enemiga.
08:40 — Se oye un silencio más largo.
Ya. Eso era. Si mañana me agarra la urgencia de sentenciar el mundo, ojalá me agarre también esta frase sencilla: “tranquilo… no tenés que ganar para estar a salvo.”
