No me di cuenta al toque.
Primero fue una respuesta cualquiera en un grupo de WhatsApp. Después un comentario en una publicación. Luego una opinión sobre una noticia que ni había leído completa. Y cuando quise acordar, ya estaba opinando de todo como si alguien me hubiera contratado para eso.
Política. Fútbol. Series. Educación. Comida. Relaciones. Cómo debe criar la gente a sus hijos. Cómo debe vestirse una persona. Qué música es buena. Qué país está peor. Qué generación es más débil. Qué famoso dijo una tontería.
De todo.
Y lo peor es que muchas veces ni me importaba tanto el tema.
Me importaba aparecer.
Decir algo.
Que alguien me leyera.
Que alguien pusiera un “jajaja”, un corazón, un “exacto”, un “tal cual”. O incluso que alguien se molestara, porque también eso se siente como existir. Alguien te responde, alguien te contradice, alguien te toma en cuenta. Aunque sea para pelear.
Qué raro, ¿no?
Uno cree que opina porque tiene algo importante que decir, pero a veces opina porque no soporta pasar desapercibido.
A mí me pasó.
No lo digo con orgullo, pero tampoco quiero hacerme el santo. Hubo días en que abría el celular y sentía que todo el mundo estaba hablando menos yo. Entonces buscaba dónde meterme. Algún tema caliente. Alguna frase polémica. Alguna discusión donde todavía hubiera espacio para soltar mi parte.
Y claro, uno aprende rápido qué tipo de opinión llama más la atención.
La opinión tranquila casi no se ve.
La duda se pierde.
El “no sé” no vende mucho.
En cambio, decir algo fuerte, seguro, medio filudo, eso sí se mueve. Eso recibe respuestas. Eso hace que el nombre de uno aparezca. Entonces uno empieza a exagerar un poquito. A hablar más duro de lo que piensa. A burlarse un poco más. A simplificar. A decir “la gente es…” como si conociera a todo el planeta.
Y así, sin querer, uno se va convirtiendo en una versión más gritona de sí mismo.
Yo he escrito cosas que después, leyéndolas en frío, me han dado roche. No porque fueran terribles, sino porque no sonaban a mí. Sonaban a alguien tratando de ganar una discusión imaginaria. Alguien queriendo parecer inteligente, gracioso o valiente. Alguien pidiendo atención con palabras prestadas de internet.
Ahí me dio un poco de pena.
Porque opinar no está mal. Para nada. Todos tenemos derecho a pensar, a decir, a participar. Sería horrible vivir callados por miedo a equivocarnos. Pero otra cosa es convertir cada tema en una oportunidad para demostrar que estamos ahí.
Como si el silencio fuera una derrota.
Como si no publicar nada significara no tener personalidad.
Como si escuchar fuera quedarse atrás.
Últimamente intento hacer un ejercicio simple: antes de opinar, me pregunto para qué quiero decir eso.
¿Quiero aportar algo?
¿Quiero entender mejor?
¿Quiero defender a alguien?
¿O solo quiero que me miren un ratito?
La respuesta a veces incomoda.
Hay veces en que cierro la aplicación y ya. No porque haya alcanzado una gran sabiduría, sino porque me doy cuenta de que mi comentario no hacía falta. El mundo puede seguir perfectamente sin mi frase sobre el tema del día.
Y eso, aunque suene triste, también descansa.
Descansa no tener que estar presente en todo.
No tener que reaccionar a cada cosa.
No tener que convertir la vida en una mesa de debate donde nadie se escucha y todos esperan su turno para hablar.
Me gustaría aprender a opinar menos, pero mejor. Decir algo cuando de verdad lo he pensado. Callar cuando no sé. Preguntar cuando no entiendo. Aceptar que hay temas que no conozco y personas que han vivido cosas que yo solo miro desde lejos.
También me gustaría que no confundiéramos tener voz con hacer ruido.
Porque una voz puede ser suave y seguir siendo propia.
Una voz puede decir “no estoy seguro”.
Una voz puede cambiar de idea.
Una voz puede quedarse en silencio sin dejar de existir.
Tal vez ese sea el problema de fondo: tenemos miedo de desaparecer. Miedo de que, si no opinamos, nadie nos recuerde. Miedo de ser uno más entre millones de pantallas, nombres, fotos y frases.
Pero yo quiero creer que uno existe más allá de su comentario más reciente.
Existe en cómo trata a los demás.
En lo que aprende.
En lo que cuida.
En lo que reconoce cuando se equivoca.
En lo que decide no decir para no hacer daño.
A veces, no opinar también puede ser una forma de madurez.
Y, quién diría, hasta de libertad.
