Durante mucho tiempo yo pensé que tenía ideas muy firmes. Me gustaba decirlo así: firmes. Sonaba a persona seria, a alguien con columna, con criterio, con una especie de dignidad mental. Pero con los años me empezó a dar vergüenza una sospecha: varias de mis opiniones no eran mías del todo. Las estaba alquilando.
Lo digo en serio. Las usaba como quien alquila un traje para entrar a una fiesta donde no quiere desentonar.
Hay una parte de la polarización social que casi siempre se cuenta como si todo fuera rabia, fanatismo o mala intención. Y sí, algo de eso hay. Pero en mi experiencia hay otra cosa más incómoda, más ordinaria, más difícil de admitir: muchísima gente no se va a los extremos por convicción profunda, sino por pánico a quedarse sola en el medio del salón, sin tribu, sin aplauso, sin ese calorcito de sentir “acá pertenezco”.
Yo misma lo hice.
No siempre levantaba la voz porque creyera mucho en lo que decía. A veces la levantaba porque el silencio me dejaba expuesta. Porque decir “no sé” parecía debilidad. Porque matizar te convierte en sospechosa. Porque en ciertos ambientes, si no exagerás un poco tu postura, directamente desaparecés. Y desaparecer socialmente, aunque suene dramático, da más miedo del que nos gusta reconocer.
Con el tiempo entendí algo bastante feo sobre mí: yo no discutía para entender mejor el mundo. Muchas veces discutía para asegurarme un lugar en él.
Usaba opiniones como contraseña.
Y ojo, no estoy defendiendo la tibieza. Esa idea me aburre. Hay cosas que sí exigen firmeza, límites, incluso confrontación. No todo merece un “bueno, depende”. Hay injusticias, abusos y miserias que no se arreglan con una sonrisa neutral. Pero una cosa es tener principios y otra muy distinta es convertir la identidad en una barricada permanente.
A mí me pasó eso. Empecé a notar que algunas conversaciones ya no tenían nada de conversación. Eran casting. Cada uno entraba al intercambio a demostrar de qué lado estaba. Ya no importaba si el argumento era honesto, preciso o útil. Importaba si sonaba bien para los tuyos. Importaba que te reconocieran. Que no te confundieran con “los otros”. Qué concepto raro ese: los otros. Una bolsita donde metemos medio planeta para no tener que pensar demasiado.
Lo más inquietante es que la polarización, a veces, ni siquiera necesita odio. Le alcanza con el teatro. Con repetir gestos, frases, indignaciones y desprecios que ya vienen prefabricados. Uno se acostumbra tanto a actuar su personaje que termina creyendo que ése era su rostro.
A mí me empezó a hacer ruido cuando me descubrí anticipando reacciones antes de pensar. Ya no me preguntaba qué creía yo. Me preguntaba qué se esperaba de mí. Y esa diferencia, aunque parezca mínima, es un abismo. Porque el día que dejás de pensar para empezar a encajar, tu voz deja de ser voz y pasa a ser uniforme.
Capaz lo más duro no fue detectar la polarización afuera. Fue verla adentro, en miniatura, en mis reflejos más cotidianos. En el gustito de simplificar a alguien para sentirme más lúcida. En el placer medio infantil de tener un enemigo nítido. En esa comodidad casi adictiva de vivir en un mundo donde los buenos y los malos están prolijamente separados, como si la realidad tuviera la gentileza de venir ordenada para nosotros.
Pero no viene ordenada. Viene mezclada, contradictoria, incómoda. Y por eso tanta gente prefiere el bando antes que la complejidad. El bando abriga. La complejidad enfría.
Hoy, cuando noto que una idea me entusiasma demasiado rápido, desconfío un poco. No porque toda pasión sea mentira, sino porque ya me conozco. Sé lo tentador que es sentirme moralmente impecable en grupo. Sé lo rico que resulta hablar desde un nosotros blindado. Y sé también el precio: te volvés previsible, duro, repetido. Ganás pertenencia, pero perdés intimidad con tu propia cabeza.
Así que ahora trato de hacer algo bastante menos heroico y bastante más difícil: demorarme. Antes de opinar, me pregunto si estoy pensando o si sólo estoy buscando refugio. Si eso que voy a decir nace de una reflexión o de una necesidad de ser aceptada. Si estoy defendiendo una idea o cuidando mi asiento.
No siempre me sale. A veces todavía alquilo alguna opinión por unas horas y me la pongo como quien se pone un abrigo prestado. Pero al menos ya no me engaño tanto.
Y para mí, hoy, despolarizarme no significa volverme blanda.
Significa dejar de vivir disfrazada.
