Optimizar me dejó vacío

18 de febrero de 2026

La obsesión por optimizar cada aspecto de la vida puede afectar el bienestar personal. Este análisis invita a encontrar un equilibrio y a disfrutar de lo simple, recordando que ser humano implica momentos de pausa y desconexión sin la necesidad de medir resultados.

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Yo no sé si esto tiene nombre, che, pero yo le digo así: la manía de optimizarlo todo. Optimizar el desayuno, optimizar la ducha, optimizar el descanso (sí, el descanso), optimizar el amor, optimizar la respiración. Y suena chistoso, ndaje, pero a mí me ha ido comiendo por dentro, despacito, como termita.

Porque al comienzo era “ordenarme”. Una listita acá, un recordatorio allá. Y yo me sentía pro. Me sentía una máquina linda, eficiente, una persona que “aprovecha el tiempo”. Pero un día me pillé midiendo hasta cuánta agua dejaba correr antes de que salga caliente, y me dio vergüenza. Me dio como… mba’e… como pena conmigo mismo. ¿En qué momento yo me volví un contador de gotas?

Y es que esa es la trampa: optimizar parece cuidado, pero a veces es miedo. Miedo a perder, miedo a fallar, miedo a que si no hago “bien” las cosas entonces no valgo. Y entonces todo se vuelve examen. Si cocino, es para rendir. Si camino, es para quemar. Si leo, es para aprender. Si hablo, es para “comunicar mejor”. Si me quedo quieto, me siento culpable porque no “aproveché”. Y así, sin darme cuenta, me quedé sin espacio para lo simple.

Lo peor es que yo mismo me pongo metas que no entiendo. “Ser mi mejor versión”, dicen. ¿Cuál versión? ¿La que nunca se cansa? ¿La que siempre produce? ¿La que siempre responde rápido? Yo me pongo a correr detrás de una versión que no existe, aipo, y mientras corro me pierdo de mí. Y después digo “estoy bien”, pero no estoy bien. Estoy apurado.

Hoy quise soltar esto al aire, así nomás, sin tutorial. Porque yo ya me cansé de arreglarme como si fuera un aparato. Yo no soy un aparato. Soy una persona. Y una persona a veces toma agua sin calcular. A veces se sienta y mira una sombra en la pared. A veces no optimiza nada, y aun así respira.

Si mañana me vuelve la manía, bueno, que vuelva. Pero que no mande. Porque yo quiero una vida que no sea una planilla. Quiero una vida que no me pida resultados hasta para existir, na.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento íntimo · 24%
Predomina una confesión íntima sobre el vacío producido por optimizarlo todo, con crítica a la productividad y deseo de recuperar una vida más humana.
  • La voz habla desde la vulnerabilidad personal: reconoce manías, culpa, agotamiento, autoexigencia y pérdida de contacto consigo mismo.
  • Cuestiona la lógica de optimizar cada aspecto de la vida y la idea de 'ser mi mejor versión' como mandato que convierte todo en examen.
  • Aparecen vergüenza, pena, miedo, culpa, cansancio y sensación de vacío como parte central del desarrollo afectivo del texto.
  • La reflexión se apoya en escenas comunes como desayunar, ducharse, caminar, cocinar, leer, tomar agua o mirar una sombra en la pared.
  • El texto conecta la productividad con el valor personal, la identidad y el derecho a existir sin tener que rendir resultados.
  • Propone soltar la lógica de la planilla y buscar una vida donde la optimización no mande sobre la persona.
  • Tiene una voz narrativa marcada, ritmo oral, imágenes y frases expresivas que sostienen la reflexión.
  • Hay una observación secundaria sobre discursos compartidos de eficiencia, productividad y mejora personal, aunque el foco es individual.
  • Toca preguntas abstractas sobre valor, identidad y existencia, pero sin desarrollarlas de manera conceptual extensa.
  • Usa algunas imágenes imaginativas, como la termita o el contador de gotas, pero no desarrolla un mundo especulativo.
  • Hay cierta articulación de ideas sobre productividad y autoexigencia, aunque no predomina el análisis teórico.
  • Aparecen culpa, valor personal y límites de la autoexigencia, pero como elementos secundarios dentro de la confesión.

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