Bueno, yo vengo a hablar de la burocracia porque sí, porque la burocracia es una cosa que existe y ya. O sea, chamo, uno quiere hacer cualquier cosa simple y de repente aparece un papel, después otro papel, y después el papel que confirma el papel anterior. Y tú dices: “¿en serio?”. Pero ajá, así es.
La burocracia es mala, pero a veces dicen que es buena, pero igual es mala. Porque te hacen esperar. Y la espera cansa. Y cuando cansa, te da arrechera. Y cuando te da arrechera, te quejas, pero la queja no sirve. Entonces uno sigue. Es como un círculo, ¿me entiendes? Un círculo de ventanillas.
Yo he visto gente que va a una oficina y le piden copia de la cédula, y uno dice: “Ok”. Y después le piden otra copia, y después le piden que la copia sea en tal tamaño, y después “vuelva mañana”. Y mañana vuelves y te dicen “no hay sistema”. Entonces vuelves otra vez. Y así. Eso es burocracia. No sé qué más explicar porque es eso: ir y volver.
También está lo de los sellos. A mí me parece que a la burocracia le encantan los sellos. Si no hay sello, no existe. Si hay sello, existe. Entonces la vida se reduce a sellos. Un sello manda más que una persona. Eso es raro, pero bueno.
Y también están los requisitos raros, tipo que te piden una constancia para pedir otra constancia, y uno se queda como “¿pero de dónde saco eso?”. O que la persona que firma “no está”, y entonces nadie hace nada, porque sin esa firma no se mueve ni una hoja. Todo queda en pausa, como si el tiempo no valiera.
Al final, la burocracia es como una tranca enorme. Te frena. Te quita tiempo. Te quita ganas. Y tú igual tienes que hacerlo porque si no, no se puede. Es como cuando uno dice “no hay de otra”. Y ya.
Eso es todo. La burocracia es un rollo y uno termina resignado, pana, porque así funciona y listo.
