Creo que no todo el mundo se habla por dentro como yo. Para mí, la cabeza siempre fue una especie de radio encendida. No una radio elegante, de esas que ponen música suave y te acompañan. No. La mía es más bien una AM vieja, medio saturada, donde una voz comenta todo: lo que hice, lo que tendría que haber dicho, lo que capaz pasa mañana, lo que pasó hace diez años y todavía me da vergüenza. Yo asumía que vivir así era lo normal. Que pensar era eso: una voz interna charlando sin parar.
Después, cada tanto, fui escuchando ideas que me dejaron medio descolocada. Gente que decía que no piensa con palabras todo el tiempo. Gente que siente imágenes, sensaciones, impulsos, como una comprensión más muda. Y a mí eso me voló un poco la cabeza. Porque me di cuenta de que, aunque todos usamos la misma palabra, “pensar”, capaz estamos hablando de cosas bastante distintas.
Desde entonces me agarró una curiosidad rara. Empecé a observarme. Hay momentos en los que mi mente narra todo como si yo fuera una protagonista bastante agotada de mi propia serie. “Ahora te sentás”, “mañana tenés que resolver esto”, “por qué dijiste eso”, “mirá si sale mal”. Es increíble la cantidad de energía que se me va en esa conversación interna. A veces no me ayuda a pensar mejor: me enreda. Me hace sentir que estoy procesando mucho, cuando en realidad solo estoy repitiendo, girando, dándole otra vuelta a lo mismo.
Lo más extraño es que, cuando logro callarme un poco, no desaparezco. Sigo siendo yo. Sigo entendiendo. Sigo sabiendo más o menos qué siento. Y eso me impresiona. Porque durante mucho tiempo creí que sin esa voz me apagaba. Como si mi identidad dependiera de escucharme por dentro todo el día. Pero no. Cuando baja el ruido, también aparece otra forma de estar. Más directa. Más física. Casi más honesta.
Me pasa caminando, por ejemplo. Voy pensando en mil cosas, con la cabeza llena, y de golpe algo me saca del monólogo: un árbol moviéndose, el olor de una panadería, una canción lejana, el fresco de la tarde. Y por unos segundos no hay frase. No hay comentario. Solo estoy ahí. Y no es vacío. Al contrario. Es una presencia muy nítida, como si la vida, por un ratito, no necesitara traducción.
No digo que hablarse por dentro sea malo. A veces esa voz me ordena, me cuida, me acompaña. Me sirve para ensayar conversaciones difíciles, para entender por qué algo me dolió, para no olvidarme de pagar una cuenta. El problema, al menos en mi caso, es cuando se cree dueña absoluta del lugar. Cuando no deja entrar ni una pausa.
Capaz por eso este tema me resulta tan fascinante. Porque toca algo muy íntimo y al mismo tiempo muy universal: la forma secreta en que cada uno habita su propia cabeza. Y a mí, sinceramente, me cambia mucho recordar que pensar no siempre tiene que sonar como una voz. A veces también puede parecerse a una imagen, a un presentimiento, a una certeza tranquila. O incluso, y esto me cuesta admitirlo, a un silencio que no asusta.
