El domingo en la tarde lavé dos manzanas, dejé arroz en un pote y puse a cargar la tarjeta de la micro como si estuviera armando una gran estrategia, pero en verdad era poco. La casa seguía igual de desordenada en varias partes, había ropa esperando en una silla y el baño pedía una pasada hace rato. Igual me quedó una sensación amable, como de haberle dejado una nota chica a la persona que voy a ser el lunes temprano. Me llamó la atención eso, porque suelo mirar la casa desde lo que falta y no desde lo que ya está un poco resuelto. Falta comprar detergente, falta responder un correo, falta doblar las toallas, falta ver si queda pan para la once. Todo aparece en fila, con cara de pendiente. Pero ese día me quedé mirando los potes en el refrigerador y pensé que quizás no todo tiene que quedar impecable para que algo ayude. A veces una cosa mínima cambia el tono de la mañana: encontrar una cuchara limpia, que el termo esté donde corresponde, que las llaves no estén perdidas entre boletas viejas. No lo digo como una lección de orden, porque soy bastante irregular para estas cosas. Hay semanas en que parto bien y al miércoles ya estoy tomando café apurado, buscando calcetines en cualquier parte y saliendo con esa sensación de haber olvidado algo. Pero también hay momentos en que uno puede tratarse con un poco menos de brusquedad. Me gusta esa idea, aunque suene simple: no esperar a estar agotado para recién hacer algo por uno mismo. El lunes, de verdad, no fue maravilloso. La micro venía llena, en la pega había cosas atrasadas y me dolía un poco la espalda. Pero abrí la mochila y estaban las manzanas. Llegué en la noche y el arroz seguía ahí, listo para salvar una comida sin pensar tanto. Nadie aplaudió, nadie dijo qué eficiente, ni falta hacía. Fue una ayuda silenciosa, de esas que no arreglan la vida pero bajan un cambio. Me estoy dando cuenta de que muchas veces lo cotidiano no se sostiene con grandes decisiones, sino con pequeños favores que quedan hechos antes. Dejar agua en el hervidor. Separar una polera limpia. Botar una bolsa de basura antes de que moleste. Cosas sin brillo, pero bastante humanas. Quizás por eso me dio gusto. Porque por un rato no me hablé como alguien que siempre va atrasado, sino como alguien que, aunque sea torpemente, se está acompañando.
Preparé unas cosas para mañana y eso me bastó

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