En Malabo hay una palabra que se usa como si fuera un billete ganador: “progreso”. Se dice con una sonrisa, con un gesto de “ya era hora”, como si el simple hecho de pronunciarla abriera una puerta automática. Pero yo llevo tiempo preguntándome qué significa realmente cuando ese progreso llega desde fuera, empaquetado, con manual incluido, y nosotros solo somos “los beneficiarios”.
Lo pienso a menudo en escenas pequeñas, de esas que nadie sale a contar porque no parecen importantes. Por ejemplo: una mañana, en el mercado, alguien me dijo que por fin “se nota el progreso” porque habían instalado algo nuevo, un servicio, una estructura. Y sí, se veía moderno, limpio, con ese brillo que da lo recién estrenado. Pero al mismo tiempo vi a la señora que vende tomates preguntando dónde iba a enchufar su neverita, y a otro vendedor mirando la norma escrita en un cartel: “prohibido esto, prohibido lo otro”. Allí fue cuando me entró una idea incómoda: a veces el progreso se siente como un traje elegante que no está hecho a tu medida. Te obliga a enderezarte, a caminar distinto, a no respirar fuerte, para no romperlo.
Cuando el progreso llega desde fuera, suele venir con dos regalos y una condición. El primer regalo es la promesa: “esto os va a mejorar la vida”. El segundo regalo es la comparación: “mirad cómo se hace en otros países”. Y la condición, casi siempre invisible, es esta: “vosotros os adaptáis”.
No digo esto para negar lo bueno. Sería injusto. En mi país, como en muchos otros, hemos visto cómo un hospital mejor equipado salva vidas, cómo una escuela con más recursos abre posibilidades, cómo una tecnología simple puede aliviar un trabajo pesado. Eso existe, y no lo voy a negar por orgullo. Pero el problema aparece cuando el progreso se define como algo externo por naturaleza, como si lo nuestro solo pudiera ser atraso y lo de fuera, avance. Ahí el progreso deja de ser una herramienta y se convierte en una forma de obediencia.
Hay un tipo de progreso que llega con una manera de medirlo que no es nuestra. Se mide en números grandes: kilómetros de carretera, edificios levantados, cifras de inversión, tasas y porcentajes que suenan a informe. Y claro, esas cosas importan. Pero a mí me interesa otra pregunta: ¿quién puede decidir sobre eso? Porque el progreso, si no te da más capacidad de decidir tu vida, puede ser solo un decorado.
Aquí entra una palabra que me gusta más que “progreso”: “opciones”. Si un cambio aumenta mis opciones reales, lo llamo avance. Si solo cambia el paisaje pero me deja igual de dependiente, lo llamo maquillaje. Y a veces, lo que llega desde fuera aumenta el paisaje pero reduce la libertad. Te explico: si una infraestructura es tan compleja que solo la puede reparar una empresa extranjera; si un sistema funciona con piezas que solo se importan; si el conocimiento para mantenerlo no se comparte; entonces ese progreso trae una cuerda invisible. Y con el tiempo, esa cuerda aprieta.
A mí me preocupa esa dependencia suave, esa que no se nota el primer año. Porque el progreso importado suele venir bien en la inauguración. Lo difícil llega después, cuando se rompe algo, cuando cambia el presupuesto, cuando el proyecto termina y ya no hay fotos, cuando la gente que lo trajo se va y nosotros nos quedamos con la responsabilidad… sin las llaves.
Por eso, cuando escucho “progreso”, ahora me pregunto tres cosas, casi como si estuviera comprobando la calidad de una compra. Primero: ¿podemos mantenerlo nosotros? No “podemos usarlo”, que es distinto, sino mantenerlo, repararlo, mejorarlo, enseñarlo. Segundo: ¿podemos decir que no? Porque si un progreso no admite un “no” por parte de la comunidad, entonces no es progreso: es imposición con buenos modales. Y tercero: ¿a quién le cambia la vida de verdad? Porque si el beneficio se queda arriba, o se queda fuera, o se queda en un grupo pequeño, entonces ese progreso es un espejo: refleja modernidad, pero no reparte dignidad.
A veces, cuando esto se conversa, alguien responde: “pero es lo que hay, el mundo funciona así”. Y puede que sí. Pero incluso si el mundo funciona así, no significa que debamos llamarlo progreso sin más. Ahí está la trampa: ponerle un nombre bonito a una relación desigual. Lo que llega desde fuera puede ser cooperación, intercambio, inversión, tecnología, ayuda, negocio… muchas cosas. Pero progreso, en sentido humano, debería significar algo más profundo: una ampliación de la vida posible.
Hace tiempo leí una idea del economista Amartya Sen: que el desarrollo no es solo crecimiento, sino expansión de capacidades. No recuerdo la frase exacta, pero la esencia se me quedó pegada. Capacidades: poder aprender, poder elegir, poder participar, poder vivir sin miedo, poder construir. Eso sí me suena a progreso. Y eso, aunque venga desde fuera en forma de apoyo, tiene que aterrizar en nuestras manos, en nuestra voz, en nuestros ritmos.
En Guinea Ecuatorial tenemos una experiencia especial con lo externo: lenguas, modelos, empresas, imaginarios. Mucho de lo que somos ha sido traducido, y a veces mal traducido. Por eso desconfío de un progreso que no entiende la traducción. Traducir no es cambiar palabras: es cambiar el sentido para que el cuerpo lo aguante. Si el progreso no se traduce a nuestra vida cotidiana, se queda como un objeto extraño en la sala: bonito, pero ajeno.
Yo no quiero un progreso que me pida permiso para entrar solo para después reorganizar la casa a su gusto. Quiero uno que llegue como visita respetuosa, que pregunte dónde se sienta la familia, que escuche qué falta de verdad, y que acepte que aquí también pensamos, aquí también decidimos, aquí también sabemos.
Así que cuando el progreso llega desde fuera, para mí solo significa algo si deja una herencia concreta: autonomía. Si nos deja más capaces de sostener lo que construimos, más fuertes para corregir lo que no funciona, más libres para imaginar lo siguiente. Si no, lo siento, pero no lo llamo progreso. Lo llamo llegada. Y no toda llegada es avance.
