La pluma azul no pintaba bien y tuve que remarcar mi nombre tres veces en una hoja de inscripción. Era para entrar a un taller de cerámica los sábados, nada solemne: horarios, costo, si autorizaba fotos del grupo, alergias, teléfono. Hasta que apareció la línea de contacto de emergencia y me quedé con la punta de la pluma haciendo un puntito sobre el papel, como si ahí se hubiera atorado algo más grande que un dato.
Pensé en poner a mi mamá, por costumbre. Ella siempre ha sido la persona a la que se le avisa todo: que ya llegué, que me cambiaron la cita, que me enfermé, que me quedé sin pila. Pero también pensé en su edad, en su manera de asustarse aunque trate de sonar fuerte. Me imaginé a alguien llamándole para decirle que me pasó algo en un lugar donde yo fui, según esto, a aprender a hacer tazas chuecas. Me dio una ternura medio triste. Luego pensé en mi hermano, que contesta cuando puede. En una amiga, que seguro llegaría rápido, pero quizá no tendría por qué cargar con eso. Y ahí, en un taller con olor a barro húmedo, me cayó encima una pregunta muy simple: ¿quién es la persona que sabe dónde estoy parado en la vida?
No hablo de ubicación en tiempo real ni de esas cosas. Hablo de alguien que pueda decir: sí, últimamente anda cansado; sí, vive por tal rumbo; sí, le da pena pedir ayuda; sí, se hace el fuerte aunque no le salga. Me sorprendió notar que mucha gente me quiere por partes. Unos conocen mi versión de trabajo, otros mi versión de hijo, otros la que manda memes, otros la que desaparece cuando se satura. Y no está mal, supongo. Nadie puede saber todo de uno. Pero ese renglón me hizo sentir que mi existencia estaba repartida en cajoncitos, y que si un día hubiera que juntar las piezas, tal vez nadie tendría el mapa completo.
Le puse el nombre de mi amiga. Después le mandé mensaje para avisarle, como quien pide permiso tarde. Me contestó: “Claro, para eso estamos”. Esa frase me aflojó algo. No porque resolviera el asunto de la muerte, ni del miedo, ni de la soledad que a veces se cuela aunque uno tenga chats activos. Me aflojó porque me recordó que estar aquí no es solamente respirar y pagar cosas y cumplir pendientes. También es dejar señales suficientes para que otros puedan encontrarnos, no en el drama, sino en lo cotidiano.
De regreso a casa fui pensando en cuántas veces digo “luego nos vemos” sin tener mucha idea de qué significa luego. Luego cuando baje el trabajo. Luego cuando junte dinero. Luego cuando esté más tranquilo. Luego cuando sea mejor versión de mí, lo que sea que eso quiera decir. Se me ha ido volviendo normal posponer lo importante porque lo urgente trae más ruido. Y de pronto una hoja cualquiera me puso frente a algo que no quería mirar: mi tiempo no está garantizado, pero tampoco está vacío. Está lleno de llamadas que no hago, de comidas que sí podría aceptar, de preguntas que me guardo por no incomodar, de agradecimientos que doy por entendidos.
No salí convertido en otra persona, eso también hay que decirlo. Llegué, calenté tortillas, lavé un vaso, puse ropa en una silla en vez de guardarla. Pero sí hice dos cosas chiquitas: le marqué a mi mamá sin motivo y le pregunté a mi amiga cómo estaba ella, no como trámite de cortesía, sino esperando la respuesta. Tal vez una vida no se ordena con grandes revelaciones, sino con pequeños actos que van diciendo: aquí estoy, me importas, si un día pasa algo, ojalá no hayamos vivido como desconocidos bien educados.
