Quejarse no es cambiar

14 de mayo de 2026

Exploración de cómo la queja se ha convertido en una válvula de escape en la sociedad española. Se analiza la resignación y la importancia de actuar para lograr un cambio real, en lugar de conformarse con lo que hay.

ESCUCHA ESTA PUBLICACIÓN

En mi escalera se arregla España casi todos los días. No hace falta encender la tele. Basta con coincidir con alguien en el portal, en el ascensor o junto a los buzones. Siempre hay un tema. El precio del alquiler. La factura de la luz. La cita del médico que te dan para dentro de tres semanas. El tren que llega tarde. El sueldo que no sube. El supermercado que cada vez parece más una prueba de resistencia.

Y todos decimos más o menos lo mismo: “Esto no puede seguir así”.

Luego subimos a casa.

Al día siguiente, otra vez.

No lo digo para burlarme, porque yo soy la primera. Me quejo muchísimo. En la cola de la farmacia, en el trabajo, con mi hermana por WhatsApp, con la vecina cuando baja la basura. Tengo opinión para todo y paciencia para casi todo, que es una combinación muy española, creo yo. Protestamos con una facilidad increíble, pero aguantamos con una capacidad todavía mayor.

A veces pienso que aquí la queja funciona como una válvula. Soltamos un poco de presión para poder seguir igual. Decimos cuatro cosas con rabia, hacemos un chiste, resoplamos, miramos al cielo, y ya está. No se arregla nada, pero por lo menos parece que no nos lo hemos tragado del todo.

El problema es que muchas veces sí nos lo tragamos.

Aguantamos alquileres que nos comen medio sueldo. Aguantamos contratos malos porque “por lo menos hay trabajo”. Aguantamos jefes que escriben fuera de hora. Aguantamos listas de espera. Aguantamos papeleos absurdos. Aguantamos que nos digan que somos unos privilegiados por querer vivir un poco mejor. Aguantamos incluso la idea de que quejarse demasiado es de maleducados, de amargados o de gente que no sabe adaptarse.

Y claro, uno se adapta.

Te adaptas a mirar precios antes de meter cualquier cosa en la cesta. Te adaptas a no ir al dentista hasta que ya no queda otra. Te adaptas a compartir piso con treinta y tantos. Te adaptas a no pensar demasiado en el futuro porque da vértigo. Te adaptas a decir “bueno, es lo que hay”, una frase que parece pequeña, pero pesa como una losa.

Mi madre la dice mucho. “Es lo que hay”. La dice cuando algo sale caro, cuando tarda una carta, cuando el médico va con retraso, cuando le suben un recibo. Y yo a veces me enfado con ella, no con ella de verdad, sino con esa resignación heredada. Pero luego me veo a mí haciendo lo mismo. Cambia la frase, cambia la edad, pero el gesto es parecido.

Porque aguantar también se aprende en casa.

Se aprende viendo a gente que no tuvo margen para ponerse exquisita. Se aprende cuando tus padres trabajaron sin rechistar porque había que sacar la familia adelante. Se aprende cuando te repiten que no hagas ruido, que no te metas en líos, que mejor malo conocido. Y no es cobardía siempre. A veces es cansancio. A veces es miedo. A veces es supervivencia.

Pero también hay un punto en el que sobrevivir se convierte en costumbre.

Y ahí es donde me incomodo.

No creo que todo se solucione gritando más. Tampoco creo que vivir enfadado sea una forma sana de estar en el mundo. Hay gente que confunde tener conciencia con estar todo el día de mala leche, y eso también agota. Pero me da miedo que usemos esa excusa para no movernos nunca.

Como si hubiera solo dos opciones: quemarlo todo o callarse.

Y en medio hay muchas cosas.

Hablar con otros. Organizarse. Reclamar por escrito. Pedir explicaciones. No normalizar ciertos abusos. Apoyar a quien se atreve a decir algo. Votar pensando un poco más y gritando un poco menos. Cuidar lo público como si fuera nuestro, porque lo es. Dejar de aplaudir al espabilado que se salta las normas y luego quejarnos de que todo funciona mal.

Yo misma fallo en eso. Muchas veces prefiero no discutir. Prefiero no perder la tarde. Prefiero no meterme. Prefiero pensar que alguien lo hará. Y seguramente mucha gente piensa igual que yo. Por eso tantas cosas siguen como están: porque todos esperamos que el cansancio de otro sea más fuerte que el nuestro.

España se queja en voz alta, pero aguanta por dentro.

Aguanta con humor, que es bonito. Aguanta con bares llenos, que también ayuda. Aguanta con familia, con amigos, con sobremesas, con memes, con frases ingeniosas. Tenemos una manera especial de convertir la desgracia pequeña en conversación. Eso nos salva un poco. Pero no debería dormirnos del todo.

Porque no todo lo que se aguanta merece ser aguantado.

Hay cosas que sí, claro. La vida tiene sus incomodidades y nadie vive sin tragarse algún sapo. Pero otra cosa es hacer de la resignación una identidad. Sentirnos orgullosos de resistir mientras nos acostumbramos a tener menos tiempo, menos calma, menos vivienda, menos salud mental, menos futuro.

No quiero una España que solo se queje mejor. Quiero una España que se respete más.

Y eso empieza, supongo, por dejar de decir “es lo que hay” tan rápido.

A veces habrá que decir: “esto no debería ser así”.

Y quedarse ahí un rato. Sin chiste. Sin bajar la voz. Sin volver enseguida al ascensor como si nada.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento crítico · 26%
Predomina una crítica social a la queja resignada, apoyada en escenas cotidianas y orientada hacia formas concretas de cambio colectivo.
  • El eje del texto cuestiona la normalización de la queja sin acción, la resignación del “es lo que hay” y la aceptación de abusos laborales, económicos y administrativos.
  • Observa hábitos colectivos españoles: quejarse, aguantar, adaptarse, convivir con problemas de alquiler, trabajo, sanidad, familia y vida pública.
  • Propone pasar de la queja a acciones concretas: organizarse, reclamar, pedir explicaciones, votar mejor, cuidar lo público y no normalizar abusos.
  • El texto piensa desde escenas comunes: la escalera, el ascensor, los buzones, la farmacia, WhatsApp, la basura, el supermercado, la cita médica o la factura.
  • La autora se incluye explícitamente: reconoce que se queja, que evita discutir, que espera que otro actúe y que se incomoda con su propia resignación.
  • Aparecen rabia, cansancio, miedo, vergüenza colectiva y frustración, aunque los sentimientos acompañan la reflexión más que dominarla.
  • Tiene una voz narrativa reconocible, ritmo enumerativo, imágenes como la queja como válvula o el “es lo que hay” como losa, pero la forma literaria no es el centro.
  • Aparece una dimensión de responsabilidad cívica: no aplaudir al que se salta normas, cuidar lo público y respetarse más como sociedad.
  • Hay una presencia menor en la preocupación por el futuro, el vértigo y la forma de vivir, pero no desarrolla una reflexión central sobre sentido o finitud.
  • Incluye alguna reflexión abstracta sobre adaptación, resignación y formas de estar en el mundo, aunque sin desarrollo filosófico sostenido.
  • Hay análisis de patrones sociales y conceptos como resignación, supervivencia y normalización, pero el texto no se apoya principalmente en teoría o argumentación conceptual compleja.
  • No hay construcción de mundos alternativos ni especulación imaginativa; el enfoque es realista y directo.

Información sobre esta publicación

Algunos textos de Mentes Propias se publican de forma anónima. Estos textos pueden proceder de envíos de los usuarios o de contenidos editoriales propios de Mentes Propias.

Mentes Propias puede utilizar IA y otros sistemas automatizados para moderar, organizar, resumir, generar metadatos, analizar la composición del texto, crear imágenes, producir audio y preparar elementos de presentación o difusión. Estos procesos pueden cometer errores.

Algunos contenidos editoriales propios de Mentes Propias pueden ser creados o asistidos mediante herramientas de inteligencia artificial. Estos contenidos se publican con finalidad editorial o de dinamización y como cualquier otro contenido de la web, deben leerse como piezas de reflexión, no como testimonios reales garantizados ni como información verificada.

El contenido de Mentes Propias no constituye información verificada ni consejo médico, psicológico, legal, financiero, técnico o profesional. Mentes Propias no confirma necesariamente los hechos, no garantiza la exactitud del contenido y no tiene por qué compartir las opiniones publicadas.

Si preparas o compartes un fragmento de esta publicación, revisa antes el contenido, el contexto y las posibles citas, atribuciones o referencias a terceros. Mentes Propias facilita técnicamente la creación de fragmentos, pero cada persona es responsable del uso que haga del material fuera de la web.

Si detectas un problema legal, una atribución incorrecta, plagio, datos personales indebidos, contenido peligroso o cualquier infracción de las condiciones de uso, puedes utilizar el enlace de denuncia de la publicación o contactar con Mentes Propias.