En mi escalera se arregla España casi todos los días. No hace falta encender la tele. Basta con coincidir con alguien en el portal, en el ascensor o junto a los buzones. Siempre hay un tema. El precio del alquiler. La factura de la luz. La cita del médico que te dan para dentro de tres semanas. El tren que llega tarde. El sueldo que no sube. El supermercado que cada vez parece más una prueba de resistencia.
Y todos decimos más o menos lo mismo: “Esto no puede seguir así”.
Luego subimos a casa.
Al día siguiente, otra vez.
No lo digo para burlarme, porque yo soy la primera. Me quejo muchísimo. En la cola de la farmacia, en el trabajo, con mi hermana por WhatsApp, con la vecina cuando baja la basura. Tengo opinión para todo y paciencia para casi todo, que es una combinación muy española, creo yo. Protestamos con una facilidad increíble, pero aguantamos con una capacidad todavía mayor.
A veces pienso que aquí la queja funciona como una válvula. Soltamos un poco de presión para poder seguir igual. Decimos cuatro cosas con rabia, hacemos un chiste, resoplamos, miramos al cielo, y ya está. No se arregla nada, pero por lo menos parece que no nos lo hemos tragado del todo.
El problema es que muchas veces sí nos lo tragamos.
Aguantamos alquileres que nos comen medio sueldo. Aguantamos contratos malos porque “por lo menos hay trabajo”. Aguantamos jefes que escriben fuera de hora. Aguantamos listas de espera. Aguantamos papeleos absurdos. Aguantamos que nos digan que somos unos privilegiados por querer vivir un poco mejor. Aguantamos incluso la idea de que quejarse demasiado es de maleducados, de amargados o de gente que no sabe adaptarse.
Y claro, uno se adapta.
Te adaptas a mirar precios antes de meter cualquier cosa en la cesta. Te adaptas a no ir al dentista hasta que ya no queda otra. Te adaptas a compartir piso con treinta y tantos. Te adaptas a no pensar demasiado en el futuro porque da vértigo. Te adaptas a decir “bueno, es lo que hay”, una frase que parece pequeña, pero pesa como una losa.
Mi madre la dice mucho. “Es lo que hay”. La dice cuando algo sale caro, cuando tarda una carta, cuando el médico va con retraso, cuando le suben un recibo. Y yo a veces me enfado con ella, no con ella de verdad, sino con esa resignación heredada. Pero luego me veo a mí haciendo lo mismo. Cambia la frase, cambia la edad, pero el gesto es parecido.
Porque aguantar también se aprende en casa.
Se aprende viendo a gente que no tuvo margen para ponerse exquisita. Se aprende cuando tus padres trabajaron sin rechistar porque había que sacar la familia adelante. Se aprende cuando te repiten que no hagas ruido, que no te metas en líos, que mejor malo conocido. Y no es cobardía siempre. A veces es cansancio. A veces es miedo. A veces es supervivencia.
Pero también hay un punto en el que sobrevivir se convierte en costumbre.
Y ahí es donde me incomodo.
No creo que todo se solucione gritando más. Tampoco creo que vivir enfadado sea una forma sana de estar en el mundo. Hay gente que confunde tener conciencia con estar todo el día de mala leche, y eso también agota. Pero me da miedo que usemos esa excusa para no movernos nunca.
Como si hubiera solo dos opciones: quemarlo todo o callarse.
Y en medio hay muchas cosas.
Hablar con otros. Organizarse. Reclamar por escrito. Pedir explicaciones. No normalizar ciertos abusos. Apoyar a quien se atreve a decir algo. Votar pensando un poco más y gritando un poco menos. Cuidar lo público como si fuera nuestro, porque lo es. Dejar de aplaudir al espabilado que se salta las normas y luego quejarnos de que todo funciona mal.
Yo misma fallo en eso. Muchas veces prefiero no discutir. Prefiero no perder la tarde. Prefiero no meterme. Prefiero pensar que alguien lo hará. Y seguramente mucha gente piensa igual que yo. Por eso tantas cosas siguen como están: porque todos esperamos que el cansancio de otro sea más fuerte que el nuestro.
España se queja en voz alta, pero aguanta por dentro.
Aguanta con humor, que es bonito. Aguanta con bares llenos, que también ayuda. Aguanta con familia, con amigos, con sobremesas, con memes, con frases ingeniosas. Tenemos una manera especial de convertir la desgracia pequeña en conversación. Eso nos salva un poco. Pero no debería dormirnos del todo.
Porque no todo lo que se aguanta merece ser aguantado.
Hay cosas que sí, claro. La vida tiene sus incomodidades y nadie vive sin tragarse algún sapo. Pero otra cosa es hacer de la resignación una identidad. Sentirnos orgullosos de resistir mientras nos acostumbramos a tener menos tiempo, menos calma, menos vivienda, menos salud mental, menos futuro.
No quiero una España que solo se queje mejor. Quiero una España que se respete más.
Y eso empieza, supongo, por dejar de decir “es lo que hay” tan rápido.
A veces habrá que decir: “esto no debería ser así”.
Y quedarse ahí un rato. Sin chiste. Sin bajar la voz. Sin volver enseguida al ascensor como si nada.
