El cumplido llegó por mensaje y me acomodó el día más de lo que quiero admitir.
No fue nada grande. Una frase corta, con un “buen trabajo” y un signo de exclamación. Yo estaba en la mesa del comedor con una tortilla fría al lado de la laptop, contestando correos atrasados, y de pronto sentí esa luz interna que uno finge no esperar. Como si alguien hubiera puesto mi nombre en orden. Después me dio pena. No por el cumplido, sino por la dependencia. Por esa parte mía que todavía se endereza cuando alguien la mira bien. Me quedé pensando si uno puede llamarse libre cuando el ánimo se le mueve tanto por una frase ajena.
Y al mismo tiempo me pareció injusto exigirme una independencia completa, como si necesitar reconocimiento fuera una falla de fábrica. Nadie nace mirándose desde afuera. Primero nos sostienen, nos nombran, nos corrigen, nos celebran. Hay una parte de la conciencia que se arma con voces prestadas. Tal vez por eso la aprobación no se siente solamente agradable, sino casi necesaria.
Confirma algo. Dice: existes de una manera que otros pueden recibir. Pero ahí empieza el enredo. Porque recibir una mirada no es lo mismo que vivir para conseguirla. Me pregunto dónde queda la frontera. No una frontera dramática, de esas que uno cruza una sola vez, sino una línea chiquita que se mueve durante el día. En una respuesta que suavizo demasiado. En una opinión que guardo para no parecer difícil. En el chiste que hago para que no se note que algo me importó. En el “sí, claro” que sale antes de consultar con mi propio cansancio. La libertad, pensada así, no se parece a hacer lo que me dé la gana. Se parece más a poder escuchar el deseo sin obedecerlo de inmediato.
Quiero caer bien. Quiero que me tengan en cuenta. Quiero que mi esfuerzo se vea. Nada de eso me parece vergonzoso escrito así, separado, sin disfraz. Lo raro es que esos deseos, si mandan solos, empiezan a pedir tributos. Un poco de silencio aquí. Un poco de postura allá. Una versión más vendible de mi carácter. No una mentira completa, quizás, pero sí una edición constante. Y una vida editada para gustar termina teniendo algo de cuarto de muestra: ordenado, presentable, poco habitable.
También sería falso decir que no me importa lo que piensen. Me importa. Me importa porque vivo con otros, porque mis actos llegan a otros, porque no soy una isla con Wi-Fi y calendario. La mirada ajena puede corregirme cuando me estoy engañando. Puede enseñarme una consecuencia que no vi. Puede abrir una puerta que yo no sabía tocar. Entonces el problema no es la aprobación. El problema es convertirla en juez final. Hay una diferencia entre agradecer que alguien me reconozca y pedirle permiso secreto para sentir que valgo. La primera cosa calienta. La segunda encoge.
Y a veces se parecen tanto que no las distingo hasta después, cuando noto que cambié mi manera de hablar para conservar una imagen. Pienso en la responsabilidad de querer. No solo somos responsables de lo que hacemos, también de las razones que vamos alimentando.
Si alimento todo el tiempo el deseo de ser aprobado, ese deseo crece y aprende a sentarse en la cabecera. Si le doy todo el menú, después no puedo sorprenderme de que tenga hambre a cada rato. Pero tampoco quiero tratarme con dureza. Hay días en que uno necesita una señal sencilla de que no está haciendo todo al aire. Una palmada verbal. Un “te quedó bien”. Un “gracias”. No somos máquinas morales diseñadas para funcionar sin ternura. La autosuficiencia absoluta me suena más a defensa que a virtud.
Quizá la pregunta útil no sea “¿me importa o no me importa?”, porque claro que me importa. La pregunta podría ser: ¿qué estoy dispuesto a entregar para conseguirlo? Si entrego una preferencia pequeña de vez en cuando, tal vez solo estoy conviviendo. Si entrego mi criterio, ya es otra cosa. Si entrego mi descanso, mi voz, mi incomodidad honesta, entonces la aprobación deja de ser compañía y se vuelve alquiler. Pago por ocupar un lugar en la buena opinión de alguien. Me gustaría aprender una forma más tranquila de estar con eso. Recibir el elogio sin convertirlo en oxígeno. Recibir la crítica sin convertirla en sentencia. Saber que una mirada puede tocarme, incluso ayudarme, pero no fundarme por completo. Hoy el mensaje sigue ahí, en la pantalla, ya sin brillo especial. Lo agradezco. Me hizo bien. Y aun así quiero practicar algo: que el día no dependa entero de esa frase. Que mi centro no sea una puerta esperando que otros entren a confirmar que existe una casa.
