Yo antes pensaba que amar desde el miedo era algo medio escandaloso. Como en las películas, ¿viste? Alguien llorando en una esquina, alguien revisando mensajes, alguien haciendo una escena enorme en una vereda con lluvia. Pero con los años me di cuenta de que casi nunca se ve así. Casi siempre es más chiquito. Más silencioso. Más doméstico. Amar desde el miedo puede ser mandar un “¿llegaste?” que en realidad quiere decir “no te vayas”. Puede ser decir “hacé lo que quieras” cuando por dentro una está apretando los dientes. Puede ser aceptar cualquier migaja de cariño y llamarla paciencia, madurez o comprensión, según el día.
Y ta, lo digo sin hacerme la iluminada, porque yo también he querido así.
No siempre. No con todo el mundo. Pero sí alguna vez.
Me acuerdo de una época en que confundía calma con distancia. Si alguien no me escribía por horas, yo me inventaba una novela entera. No una novela interesante, además. Una novela bastante pobre, donde yo siempre terminaba perdiendo. Y lo peor era que no decía nada, porque me daba vergüenza parecer intensa. Entonces me hacía la tranquila. La reina de la tranquilidad. La mujer que entiende, que no molesta, que no pregunta, que no necesita. Una pavada bárbara, porque por dentro estaba llena de ruido.
Creo que hay gente que ama desde el miedo porque alguna vez aprendió que el amor se podía cortar sin aviso. Como cuando se va la luz y una queda en medio del cuarto, con la taza en la mano, sin entender bien qué pasó. Entonces después, cuando vuelve a querer a alguien, no quiere solamente a esa persona. Quiere también prevenir el apagón. Quiere adivinarlo antes. Quiere revisar si hay señales. Quiere portarse bien para que no la dejen a oscuras.
Yo no sé si eso es amor o supervivencia disfrazada de amor. Capaz es un poco de las dos cosas.
Hay personas que aman desde el miedo y se vuelven controladoras. Otras se vuelven complacientes. Otras hacen chistes todo el tiempo para no decir lo que les duele. Otras se van antes de que las echen. Otras no piden nada, pero después pasan factura en silencio, como quien guarda tickets arrugados en un cajón. Cada una encuentra su manera de no sentirse tan expuesta. La mía, durante bastante tiempo, fue hacerme la fácil. No fácil de “liviana”, sino fácil de querer. Como si una pudiera transformarse en una casa sin goteras, sin desorden, sin humedad, sin preguntas incómodas.
Qué cansancio, ¿no?
Porque amar desde el miedo cansa muchísimo. No por amar. Amar, cuando está más o menos sano, también puede cansar, claro, como cansan las cosas vivas. Pero el miedo cansa de otra manera. Te deja mirando detalles que capaz no significan nada. Una palabra más seca. Un emoji que antes estaba y ahora no. Una despedida apurada. Una mirada perdida. Una demora. Un cambio de tono. Es como vivir con una radio prendida en una habitación de al lado: no escuchás bien la canción, pero igual te altera.
Y la otra persona, pobre, a veces ni sabe. A veces está viviendo su día, comprando pan, esperando el bondi, pensando en cualquier boludez, y una ya armó un juicio entero en la cabeza. Con fiscal, testigos y sentencia.
No lo digo para justificarlo todo. El miedo puede lastimar. Puede encerrar al otro. Puede volver injusta a una persona que en el fondo sólo está asustada. Pero tampoco me sale mirar a esa gente con desprecio. Me sale mirarla con cuidado. Porque detrás de muchas formas feas de querer hay alguien que no aprendió a sentirse elegido sin estar vigilando la puerta.
Yo he sido esa persona.
No en versión terrible, no en versión dramática. Más bien en versión discreta. De esas que dicen “todo bien” demasiado rápido. De esas que cambian de tema cuando algo importa. De esas que se ríen para no preguntar: “¿Todavía querés estar acá?”. Y capaz esa pregunta suena simple, pero cuando una la tiene atorada, pesa como una valija mojada.
Con el tiempo fui entendiendo algo que parece obvio, pero a mí me llevó años: el amor no puede ser una prueba constante de resistencia. No puede ser un examen oral todos los días. No puede depender de que yo sea perfecta, simpática, disponible, comprensiva, interesante, tranquila, misteriosa, alegre, fuerte y además liviana. Nadie puede vivir haciendo campaña para que lo quieran.
Y sin embargo cuánta gente vive así. Haciendo campaña. Mandando señales calculadas. Midiendo cuánto da y cuánto recibe. Pensando: “si digo esto, se aleja”; “si pido aquello, se cansa”; “si muestro demasiado, pierdo valor”. Como si querer fuera una negociación con un casero difícil.
A mí me ayudó bastante dejar de preguntarme si me iban a dejar y empezar a preguntarme cómo me estaba quedando yo conmigo misma. Porque el miedo a veces hace eso: te saca de tu propio centro y te pone a vivir alquilada en el ánimo del otro. Si el otro está cariñoso, respirás. Si el otro está raro, te achicás. Si el otro aparece, brillás. Si desaparece un poco, te apagás. Y una vida así se vuelve muy frágil, como esas sombrillas de playa que salen volando con el primer viento de la rambla.
No tengo una solución elegante para esto. No creo que una se cure de amar desde el miedo leyendo una frase linda. Ojalá fuera tan fácil. Capaz se empieza con cosas más aburridas y más verdaderas: decir “esto me dolió” sin armar una guerra; escuchar un silencio sin llenarlo enseguida de fantasmas; aceptar que alguien puede quererte y aun así tener un mal día; aceptar también que si alguien sólo te da angustia, no siempre hay que quedarse para demostrar profundidad.
Me gusta pensar que se puede aprender a querer con menos alarma. No sin miedo, porque el miedo es humano y a veces hasta avisa cosas importantes. Pero sí con menos mando. Que no sea el miedo quien escriba todos los mensajes, quien elija todos los silencios, quien decida cuánto valgo según la atención que recibo.
A veces, cuando camino por Montevideo y veo parejas sentadas sin hablar, compartiendo mate como si nada, me pregunto cuántas batallas invisibles habrá debajo de esa calma. Capaz ninguna. Capaz muchas. Uno nunca sabe. Por eso me cuesta juzgar desde afuera.
La gente que ama desde el miedo no siempre ama mal. A veces ama como puede, con las herramientas que tiene, con cicatrices que no se ven. Pero también es cierto que, si una quiere cuidar ese amor, tarde o temprano tiene que mirar al miedo a la cara y decirle: “ta, te escucho, pero no vas a manejar vos”.
Porque querer a alguien no debería sentirse como estar esperando una pérdida.
Y quererse a una misma tampoco.
