La frase suena bonita: “si quieres, puedes”. Uno la escucha en videos motivacionales, en charlas de superación, en historias de gente que salió adelante y ahora cuenta su vida como si todo hubiera sido cuestión de actitud. Y sí, claro que querer ayuda. Sería mentira decir que no. Hay días en que solo las ganas lo levantan a uno de la cama. Pero también hay algo injusto en esa frase, algo que se dice muy fácil desde un lugar cómodo. Porque querer no paga el alquiler, no cura una enfermedad, no cambia el barrio donde naciste ni borra las deudas.
A mí me molesta porque hace parecer que todo depende solo de uno. Como si la vida fuera una competencia pareja, donde todos salimos desde la misma línea y gana el que más se esfuerza. Pero no es así. Hay gente que empieza con apoyo, tiempo, contactos, plata, salud, casa tranquila. Y hay gente que empieza cansada desde antes de empezar. Gente que estudia con sueño porque trabaja todo el día. Gente que cuida a un familiar. Gente que no tiene ni dónde pensar en paz. Decirle a todos lo mismo suena bonito, pero no siempre es justo.
Yo he tenido metas que quería de verdad. No de esas que uno dice por quedar bien. Las quería con ganas. Quería estudiar más, ahorrar, cambiar de trabajo, hacer ejercicio, ordenar mi vida. Pero a veces el día no alcanzaba. Llegaba del brete sin cabeza, con el cuerpo pesado, y todavía había que hacer comida, revisar cuentas, contestar mensajes, pensar en mañana. Entonces veía a alguien decir “el que quiere, puede” y me daba como culpa. Como si mi cansancio fuera flojera. Como si no estar avanzando significara no estar intentando.
Esa es la parte más fea de la frase: te deja solo con tu fracaso. Si no lograste algo, será porque no quisiste suficiente. Si no saliste adelante, será porque te faltó disciplina. Si no cambiaste tu vida, será porque te rendiste. Y tal vez a veces sí, uno se rinde un poco. Todos tenemos momentos de excusas. Pero no todo tropiezo es falta de voluntad. A veces es falta de oportunidades. A veces es mala suerte. A veces es una mochila demasiado pesada. A veces simplemente la vida se pone cuesta arriba y no basta con sonreír fuerte.
Tampoco quiero irme al otro extremo y decir que nada depende de nosotros. Eso sería otra mentira. Uno también tiene que moverse, buscar, aprender, tocar puertas, insistir cuando se puede. Yo creo en el esfuerzo, pero no en usarlo como látigo. No en esa idea de que si alguien no llega es porque no se esforzó bastante. Hay personas haciendo esfuerzos enormes que nadie ve. Levantarse temprano todos los días también es esfuerzo. No quebrarse delante de los hijos también. Seguir pagando poco a poco una deuda también. No abandonar del todo una ilusión también.
Quizás la frase debería ser más humilde. Algo como: “si quieres, intenta; y ojalá tengas condiciones para poder”. Suena menos brillante, menos de póster, pero más real. Porque querer importa, sí, pero también importa tener ayuda, descanso, salud, tiempo, educación, una mano cerca, un sistema que no te aplaste. Yo no quiero que dejemos de animarnos. Solo quiero que dejemos de culpar a quien no pudo. A veces la gente no necesita que le digan “si quieres, puedes”. A veces necesita que alguien le diga: “entiendo que estés cansado, y aun así vales”.
