Apagué la notificación de mi cumpleaños y después me quedé mirando el teléfono.
Fue una tontera, supongo. Un gesto chico, casi ridículo. Entrar a la configuración, mover un botón, cerrar la aplicación como si hubiera hecho algo importante. Pero me dio una vergüenza rara, porque no era que no me importara. Era justo al revés. Me importaba demasiado. Me cuesta admitirlo porque siempre he dicho que esas cosas dan lo mismo. Que uno ya está grande. Que no hay que andar esperando saludos, ni tortas, ni mensajes largos. Lo digo con una calma bien ensayada, como si fuera una persona simple, liviana, de esas que no necesitan nada especial para sentirse queridas.
Pero por dentro hago cuentas. Quién escribió temprano. Quién mandó solo un sticker. Quién se acordó porque alguien más le avisó. Quién no dijo nada y tal vez se le pasó, nomás. Trato de no ser injusto, porque sé que la gente anda con mil cosas, con la pega, con la micro llena, con la cabeza en otra parte.
Yo mismo olvido fechas. Yo mismo respondo tarde. Yo mismo he sido esa persona que aparece cuando ya pasó el momento. Entonces me da rabia necesitarlo. No el saludo en sí. O sí, también. Pero más que eso, la sensación de existir en la memoria de alguien sin tener que hacer ruido. De no tener que recordarles que estoy acá. De no tener que poner una historia, subir una foto vieja, dejar una pista, hacerme el chistoso con que “se aceptan cariños”. Quiero ser más maduro que eso. Quiero decirme: no pasa nada, la vida no se mide por mensajes. Y es verdad. Lo sé con la cabeza. Lo puedo explicar perfecto. Hasta podría aconsejarle a otra persona que no se hiciera daño revisando una pantalla.
Que se comprara algo rico, que saliera a caminar, que no le entregara tanto poder a una lista de chats. Pero cuando soy yo, no me sale tan limpio. Hay una parte mía que todavía espera la prueba. Una prueba injusta, silenciosa, infantil quizás. Si se acuerdan, importo. Si no se acuerdan, mejor no molestar. Me da pudor escribirlo así, porque suena pobre. Como pedir una limosna emocional. Y no quiero verme de esa manera.
También sé que no ayuda hacerme el indiferente. Nadie puede adivinar todo lo que escondo detrás de una frase seca. Nadie tiene por qué interpretar mi “no celebremos nada” como un “por favor, no me dejen solo con esto”. Ahí está lo que me cuesta más. Reconocer que a veces me escondo para después dolerme de que no me encuentren. No sé si este año voy a decir algo. Quizás no arme nada grande. Quizás compre una torta chica camino a la casa y la coma después de la once, sin ceremonia. Pero me gustaría dejar de castigarme por querer cariño de una forma tan común.
Tan humana. Tan poco elegante. Me gustaría, aunque sea por una vez, no apagar la notificación como si apagarla también pudiera apagar la espera.
