El punto de partida
A las 6:18 de la tarde tenía la maleta en el hombro, los zapatos mojados por la lluvia y una sola idea: llegar a mi casa sin hablar con nadie. En la pantalla apareció un mensaje: “¿Será que me puedes ayudar con una vuelta rapidita?”. Lo primero que hice fue abrirlo. Lo segundo fue sentir culpa por haberlo abierto. Lo tercero fue empezar a calcular buses, horarios, excusas y posibilidades, como si me hubieran entregado una tarea obligatoria. No era una tragedia. No era algo de salud, ni de seguridad, ni de esas cosas que uno no discute.
Era una diligencia que otra persona no había querido organizar a tiempo. Y aun así mi cuerpo reaccionó como si decir que no fuera una falta grave.. Lo que me pasa antes de contestar. Me cuesta aceptar que una solicitud no siempre viene con una deuda incluida. Si alguien me pide un favor, yo siento que tengo que demostrar cariño, gratitud, buena educación, disponibilidad. Me vuelvo rápido una persona eficiente, amable, medio triste. Digo “claro” antes de saber si puedo. Digo “tranquilo” cuando no estoy tranquilo. Digo “yo miro cómo hago” y después me quedo mirando el techo, bravo conmigo mismo, como si el problema hubiera llegado de afuera y no por una puerta que yo dejé abierta. Esto no empezó ayer. En mi casa se valoraba mucho al que no ponía problema.
Lo que se mueve por debajo
El que colaboraba. El que iba. El que hacía la fila. El que acompañaba a la tía, recogía el paquete, llevaba el recibo, prestaba el cargador, revisaba el computador, mandaba el correo “porque usted escribe mejor”. Todo eso puede ser bonito si nace libre. Lo feo es cuando uno aprende a ofrecerse antes de que le pregunten, para no quedar como egoísta. Yo he confundido ser querido con ser útil. Me da pena escribirlo así de directo, pero creo que es eso. Hay algo melancólico en darse cuenta de que uno ha puesto su valor en estar disponible. Como si el afecto hubiera que sostenerlo haciendo mandados, respondiendo rápido, acomodando el día para no incomodar a nadie.
También hay vanidad, para ser justo. Me gusta sentir que cuentan conmigo. Me gusta ser el que resuelve. El que sabe dónde queda tal oficina, el que entiende el formato, el que presta atención, el que no se pierde. Pero esa imagen ya me está cobrando demasiado caro. Porque después del favor viene el cansancio, y después del cansancio viene una rabia callada que nadie entiende, porque nadie me obligó con una pistola. Fui yo el que dijo que sí.. La forma pequeña en que quiero hacerlo distinto. No quiero volverme una persona dura. No quiero contestar con discursos ni ponerme a dar lecciones cada vez que alguien me pide algo. Tampoco quiero pasar al otro extremo de creer que todo favor es abuso. La vida se sostiene con ayudas. En Colombia, además, muchas cosas funcionan porque alguien le hace una vuelta a alguien, porque un vecino recibe algo, porque un primo acompaña, porque una amiga llama a preguntar.
Cierre
No quiero perder eso. Lo que sí quiero cambiar es la velocidad con la que me entrego. Estoy ensayando una respuesta más lenta. No fría, lenta. Algo como: “Déjame revisar si puedo y te digo”. Parece una bobada, pero para mí es casi una mudanza interna. Ese espacio de diez minutos me permite preguntarme tres cosas:.. ¿De verdad puedo hacerlo sin dañarme el día?.. ¿Esto es urgente o solo está llegando tarde?.. ¿Estoy diciendo que sí por cariño o por miedo a que piensen mal?..
La mayoría de veces la respuesta aparece ahí, en ese silencio chiquito. A veces sí puedo y quiero ayudar. A veces puedo, pero no quiero, y eso me cuesta más aceptarlo. A veces no puedo, pero me invento maneras imposibles de poder. Ahí es donde quiero intervenir. También estoy intentando decir no sin armar una novela. Antes justificaba demasiado: que el tráfico, que el trabajo, que el clima, que me duele la cabeza, que mañana madrugo. Terminaba dando tantas explicaciones que la otra persona encontraba por dónde negociar. Ahora quiero decir algo más simple: “Hoy no alcanzo”.
Punto. Si puedo proponer otra opción, la propongo: “El sábado te acompaño” o “te puedo mandar el dato, pero no ir”. Si no puedo, no puedo. Me da tristeza imaginar algunas caras. La de quien ya se acostumbró a que yo siempre esté. La de quien va a sentir que cambié para mal. La de quien quizá me diga, medio en chiste, que estoy muy importante. Me duele porque parte de mí todavía quiere evitar esa incomodidad. Quisiera cambiar sin que nadie lo note, sin que nadie se moleste, sin que nada se desordene. Pero eso no existe. Si uno mueve un límite, alguien se tropieza con él. No estoy buscando que me aplaudan por descansar. Solo quiero dejar de acumular resentimiento por favores que acepté con una sonrisa.
Quiero poder ayudar sin desaparecerme. Quiero que mi sí vuelva a significar sí, no una mezcla de miedo, costumbre y cansancio.. Para cerrar sin prometer de más. Hoy respondí tarde. Escribí: “No alcanzo a hacerlo hoy. Si te sirve, mañana te puedo orientar por teléfono”. Me tembló un poco la mano, qué bobada, pero me tembló. No pasó nada grave. La persona contestó “listo, gracias”. Yo igual me quedé con una tristeza rara, como si hubiera fallado en un papel antiguo. Tal vez cambiar también se siente así al principio: no como libertad, sino como culpa disminuyendo de a poquito. Por ahora me basta con no correr cada vez que suena el teléfono.
