La otra mañana saqué turno para cortarme el pelo y elegí el primer horario que me ofreció la aplicación. Ni miré mucho. Me venía incómodo, me partía el día, pero apreté confirmar como si alguien me estuviera apurando del otro lado.
Después me quedé mirando la pantalla apagada del celular.
Eso fue todo, una pavada. Un turno cualquiera.
Pero me dejó una pregunta dando vueltas: ¿cuántas cosas de mi vida acepté así, por no demorar, por no parecer complicado, por no tener que escucharme un rato más?
No hablo de grandes decisiones. No estoy en una película donde alguien deja todo y se va a vivir al sur con una mochila. Hablo de lo otro. De lo que se va armando por capas finitas.
El barrio donde terminé viviendo porque quedaba cerca.
El laburo que seguí sosteniendo porque tampoco estaba tan mal.
La gente a la que le contesto siempre con una versión más simple de mí.
Los planes que digo que quiero hacer y después no hago.
La forma en que organizo los días como si fueran únicamente algo que hay que atravesar.
Me inquieta pensar que una vida puede quedar bastante definida por decisiones que nadie sintió como decisiones.
Uno dice “se dio”, “fue saliendo”, “qué sé yo”, y con eso arma una biografía entera. Parece humilde, parece realista, y tal vez lo sea. Pero también puede ser una manera elegante de no preguntar demasiado.
¿Esto soy yo?
No como frase profunda, sino en un sentido bastante práctico: ¿esta agenda, estos cansancios, estas conversaciones, esta ropa que me pongo sin ganas, este modo de caminar rápido incluso cuando no llego tarde, esta dificultad para decir lo que quiero antes de traducirlo a algo aceptable?
¿Soy eso o soy lo que quedó después de acomodarme muchas veces?
No quiero exagerar. Sé que no todo se elige. Hay cuentas, cuerpos, familias, alquileres, salud, horarios, cosas que no se negocian con una frase linda. Sería bastante injusto decir que cada uno está donde quiere estar. No lo creo.
Pero tampoco me alcanza con pensar que todo fue empuje externo.
En algún lugar del medio debe estar eso que llamamos vivir. Una mezcla rara entre lo que te toca y lo que hacés con lo que te toca. Entre resignarse y elegir. Entre aguantar y construir.
Me pasa que el tiempo dejó de parecerme infinito sin haberme vuelto viejo. No sé si se entiende. No es una tragedia. Es más bien una conciencia seca, como mirar el calendario y sentir que no es una herramienta sino una superficie que se va llenando sola.
Un año.
Otro año.
Un verano que casi no registré.
Una amistad que se enfrió sin pelea.
Un proyecto que nombré tantas veces que por momentos creí haberlo hecho.
Y mientras tanto, uno sigue. Compra yerba, carga la SUBE, manda audios, cambia sábanas, guarda recibos, responde “todo bien” con una eficiencia admirable.
Lo extraño es que seguir puede parecerse mucho a estar vivo, pero no siempre es lo mismo.
Me pregunto qué tendría que pasar para sentir que estoy presente en mi propia historia. No feliz todo el tiempo, no seguro, no exitoso. Presente. Con la sensación mínima de estar participando y no solamente cumpliendo escenas.
Capaz se trata de prestar más atención a las pequeñas aceptaciones.
No para hacer de cada cosa un drama, porque sería insoportable. Nadie puede deliberar filosóficamente frente a cada turno de peluquería o cada invitación a cenar. Pero sí para notar algo antes de que se endurezca.
Esta frase que digo, ¿la pienso?
Este cansancio, ¿lo cuido o lo uso como excusa?
Este deseo que escondo, ¿de quién me está defendiendo?
Esta versión de mí que muestro, ¿me deja respirar?
Hay una parte mía que quiere respuestas claras. Un mapa. Una señal de que voy por algún lado. Otra parte sospecha que nadie recibe eso, que apenas vamos corrigiendo el rumbo con información incompleta.
Igual me gustaría no despertarme dentro de unos años con la impresión de haber sido solamente una persona razonable.
Razonable para no pedir.
Razonable para no cambiar.
Razonable para no incomodar.
Razonable para no admitir que había una pregunta más grande detrás de cada cosa chica.
Quizás lo que necesito no es una vida completamente distinta. Tal vez sería demasiado teatral decir eso. Quizás necesito empezar por recuperar algunas elecciones chiquitas, aunque parezcan ridículas.
Mirar dos veces antes de aceptar.
Decir “prefiero otro horario”.
Reconocer que algo no me entusiasma.
Dejar de tratar mis ganas como si fueran un lujo.
No para convertirme en alguien nuevo.
Más bien para comprobar si todavía estoy acá.
