La bibliotecaria me recordó que el plazo había terminado hacía dos semanas. Lo dijo bien, sin reproche, casi con sueño. Yo saqué el carnet, pagué la pequeña multa y aun así sentí una vergüenza rara, desproporcionada, como si no hubiera devuelto un libro sino una versión de mí que promete cosas y luego se dispersa.
Me quedé pensando en eso al salir.
No en el dinero.
En la palabra “plazo”.
Siempre he querido creer que ser libre consiste en no tener demasiados plazos, ni demasiadas explicaciones que dar, ni demasiadas manos señalando el reloj. Me agobia la gente que vive con todo previsto. Me da miedo convertirme en alguien que solo cumple. Como si cumplir fuera una forma discreta de desaparecer.
Pero luego pasan estas tonterías y se me desmonta un poco la teoría.
Porque si nadie puede contar conmigo, si mis decisiones solo valen mientras me apetecen, ¿eso es libertad o es simplemente dejar que mande el humor del día? Me incomoda escribirlo así, porque suena a sermón de adulto ordenado, y yo no soy esa persona. O no quiero serlo. También me da miedo que detrás de la defensa de mi espacio haya, a veces, una pereza maquillada de autenticidad.
Ahí está mi duda, bastante fea de mirar:
¿soy más yo cuando hago lo que quiero en ese momento, o cuando sostengo lo que dije que haría aunque ya no me nazca?
No lo tengo claro. Hay compromisos que son cárceles pequeñas, sí. Promesas hechas por miedo, por quedar bien, por no soportar una cara decepcionada. He vivido dentro de algunas y sé que pesan. Pero también hay compromisos que no cierran una puerta, sino que dibujan un borde. Y sin borde todo se vuelve una especie de charco: te extiendes, sí, pero no sabes qué forma tienes.
Me cuesta admitir que un límite pueda cuidarme sin dominarme.
Tal vez por eso me enfado tanto cuando alguien me pide cuentas. Siento que me reducen a una falta. Que ya no importan mis motivos, mi cansancio, mi lío. Pero pedir cuentas no siempre es castigar. A veces es decir: lo que haces tiene realidad fuera de ti. Toca algo. Llega tarde a algún sitio. Deja a alguien esperando. Ocupa una estantería donde otro libro no puede estar.
Y esto último me da pudor: me gusta pensarme sensible, pero muchas veces mi sensibilidad termina justo donde empieza la consecuencia para otra persona.
No quiero volverme rígido. No quiero vivir con una agenda como una sentencia. Pero tampoco quiero seguir usando la palabra libertad para no mirar mis huellas.
Igual ser libre no es no deber nada.
Igual es poder elegir, sí, pero también aceptar que elegir deja una marca. Que mi vida no ocurre en una habitación acolchada donde nada rebota. Que cada “luego lo hago” fabrica un mundo, aunque sea mínimo.
Devolví el libro y salí con las manos vacías.
No fue una revelación.
Solo una incomodidad bastante concreta: quizá llevo años confundiendo ligereza con no hacerme cargo.
