En Venezuela uno aprende rápido que la vida no siempre da tregua. Y cuando no da tregua, uno se inventa una. A veces esa tregua tiene forma de chiste. No por burla, sino por supervivencia. Porque aquí el humor no es solo “ser gracioso”; es una herramienta finita, afilada, casi quirúrgica. Un mecanismo de precisión para no volverse loco, para ponerle nombre a lo absurdo y, de paso, respirar.
Yo he visto gente reír en momentos que, en otro país, serían puro drama. En una cola eterna, con el sol pegándote en la nuca y el ánimo en el piso, alguien suelta: “Tranquilos, esto es un spa: exfoliación emocional incluida”. Y se te escapa la risa. No porque la situación sea bonita, sino porque el chiste te salva de convertirte en rabia pura. Te recuerda que todavía estás ahí adentro, que no te tragó el cansancio.
El humor venezolano, por lo menos el que yo conozco, es rápido, callejero, con una inteligencia rara: la de detectar el punto exacto donde algo duele y ponerle un comentario que lo desactive, aunque sea por un instante. Es como ajustar la mira. No dispara para herir, dispara para abrir espacio. Para decir: “Sí, esto está feo, pero mírame, sigo de pie”.
En mi casa el humor era el interruptor de emergencia. Cuando se iba la luz, mi papá decía: “Bueno, muchachos, llegó la hora del romance: velita y conversación obligatoria”. Y mi mamá remataba: “Romance sí, pero el teléfono en modo avión, que aquí no hay milagros”. Esa tontería, lanzada en el momento exacto, evitaba la pelea. Era una forma de mantener el hogar funcionando cuando todo afuera parecía desordenado.
A veces me da risa cómo el venezolano tiene esa habilidad de convertir lo cotidiano en sketch. Te montas en un autobús y alguien comenta: “Este aire acondicionado es imaginario, pero lo importante es sentirlo con fe”. O estás pagando y el punto no pasa, y sueltan: “Tranquila, mija, eso está buscando señal en el más allá”. Son frases que nacen y mueren en segundos, como si fueran burbujas. Pero en esa burbuja cabe el alivio.
Lo curioso es que no es un humor ingenuo. Es un humor que mide. Precisión, de verdad. Porque si te pasas, hieres. Si te quedas corto, no sirve. Y uno aquí aprende a calibrarlo según la cara del otro. No es lo mismo bromear con tu pana, que con una señora que está a punto de llorar. El humor útil no humilla; acompaña. No tapa la realidad; la traduce.
Yo creo que por eso tantos venezolanos hacemos chistes incluso cuando hablamos de cosas serias. No porque no nos importe. Al contrario: porque nos importa demasiado. El chiste es un guante para tocar lo caliente sin quemarte. Es una manera de decir “esto me afecta” sin quedarte paralizado. Y sí, también es una forma de protestar sin gritar. La risa puede ser un “yo no me rindo” disfrazado.
Pero el humor también tiene su sombra. A veces uno se acostumbra tanto a reír que se le olvida detenerse a sentir. Y ahí es donde el mecanismo falla. Porque reír no puede ser siempre el anestésico. Hay dolores que piden respeto, y hay cansancios que piden silencio. El humor de precisión no es reírse de todo; es saber cuándo reír, de qué reírse y para qué.
A mí me ha pasado que estoy echando broma y, de pronto, me quedo quieto. Como si el cuerpo dijera: “Ya va, deja el show un momento”. Y ahí descubro algo: que el humor no niega la tormenta, solo te ayuda a moverte dentro de ella. Es como un paraguas hecho de palabras. No evita que te mojes por completo, pero te permite caminar.
Reír en la tormenta no es falta de seriedad; es estrategia. Es esa chispa que te mantiene humano cuando todo quiere volverte piedra. Es el recordatorio de que todavía tienes criterio, creatividad, y un corazón que late. Y si algo he aprendido es esto: mientras podamos reír con honestidad —sin pisar a nadie, sin mentirnos— todavía hay brújula.
Porque la tormenta pasa… pero la risa bien puesta, la risa precisa, te devuelve el control por un segundo. Y a veces un segundo basta para seguir.
