Arranqué la semana con un chiste que no era para tanto… y aun así se sintió como caerme en cámara lenta.
Fue en una reunión del laburo. Estábamos medio tensos porque había salido un error y nadie quería ser “el culpable”. Yo, para aflojar, tiré una broma sobre cómo nuestras planillas parecen laberintos. Pensé que iba a salir una risa corta. Pero no. Dos personas sonrieron por compromiso, el resto siguió mirando la pantalla. Silencio. Y ahí me di cuenta de algo: el humor no siempre es para hacer reír; a veces es para pedir permiso.
Desde chico escuché que en Paraguay uno “se salva” con humor. En la cancha, en el colectivo, en la fila del súper, siempre hay alguien que te suelta una frase y te cambia el ánimo. Pero también está el otro lado: el chiste como filtro. Si te reís de lo mismo, sos parte. Si no, quedás como raro, como si no hubieras entendido el idioma aunque estés hablando castellano.
Ese día me fui con una mezcla de vergüenza y bronca. Vergüenza por el silencio. Bronca porque me pregunté por qué necesitaba el chiste para sentirme aceptado. Y después, con el tereré en la mano, me cayó la ficha: yo también uso el humor para esquivar cosas. Cuando no sé qué decir, hago un comentario “simpático”. Cuando algo me duele, hago un chiste antes de reconocerlo. Es como ponerle un abrigo a una emoción para que no se note.
No estoy diciendo que el humor sea falso. Al contrario: es una herramienta linda. Te acerca. Te baja el drama. Te permite decir verdades sin meter el dedo en el ojo. Pero cuando se vuelve automático, también tapa. Y a veces tapa demasiado. He visto gente “jodona” que por dentro está cansada, pero no se permite hablar en serio porque siente que va a arruinar el clima.
Desde ese día, me propuse una regla chiquita: si voy a hacer una broma, que sea para compartir, no para esconder. Suena obvio, pero cuesta. Porque es más fácil hacer reír que decir “me preocupa esto”. Y cuando alguien se anima a decirlo, el grupo respira mejor.
Capaz mi chiste salió mal porque no era el momento, o porque no era bueno, qué sé yo. Pero me dejó una idea clara: la risa es linda… siempre que no sea la única forma que tenemos de hablar entre nosotros, de verdad.
