Me costó bastante admitir esto, porque suena medio ridículo cuando una lo dice en voz alta: yo llegué a extrañar a una persona que no conocía. Ni amiga, ni vecina, ni compañera de nada. Una persona de internet. Alguien a quien nunca saludé, nunca abracé y que, sin embargo, estaba metida en mi rutina como si hubiese formado parte de mi vida de verdad.
Ahí fue cuando empecé a entender, sin usar todavía el nombre técnico, eso de las relaciones parasociales.
Lo raro de las relaciones parasociales no es que una admire a alguien. Admirar siempre existió. Lo raro es la cercanía. Esa sensación de conocer a alguien porque lo escuchás seguido, porque sabés cómo piensa, qué le da vergüenza, qué comida le gusta, qué tono pone cuando está cansado o qué cara hace cuando algo lo emociona. No lo conocés, pero tu cabeza, de alguna manera, arma una confianza. Y esa confianza se siente real.
A mí me pasó escuchando a una creadora de contenido mientras cocinaba, ordenaba la casa o me tomaba un café medio apurada. Su voz empezó a mezclarse con mis días. No porque ella me hablara a mí, claramente, sino porque yo la había dejado entrar en momentos muy comunes, muy íntimos. Es increíble cómo el cerebro convierte la costumbre en cercanía. Y más increíble todavía es que después nos da pudor reconocerlo.
Porque sí: a veces una relación parasocial parece amistad. No lo es, pero se le parece lo suficiente como para mover cosas adentro.
Y no lo digo en un sentido dramático. No hace falta volverse obsesivo ni perder la cabeza para que esto pase. De hecho, creo que muchas personas viven vínculos parasociales sin notarlo. Seguimos a alguien durante años, nos alegramos si le va bien, nos preocupa si desaparece, nos pone tristes si cambia, si se va o si deja de publicar. Y entonces aparece esa pregunta incómoda: ¿cómo puede afectarme tanto alguien que ni sabe que existo?
Bueno, justamente por eso el asunto me parece tan interesante. Porque muestra que el afecto no siempre necesita reciprocidad para sentirse. A veces alcanza con la repetición, la voz, la presencia simbólica. A veces no nos enamoramos de una persona, sino del lugar que ocupa en nuestra vida. Del hueco que llena. Del horario en que aparece. Del tono con que acompaña un día difícil.
Yo no creo que las relaciones parasociales sean automáticamente malas. Me parece un error tratarlas como si fueran una vergüenza moderna. Hay casos en los que acompañan, inspiran, ordenan un poco la cabeza o incluso ayudan a alguien a sentirse menos solo. El problema, para mí, empieza cuando confundimos compañía con vínculo mutuo. Cuando esperamos de esa persona algo que nunca nos prometió. Cuando sentimos traición porque cambió, porque opina distinto, porque creció, o simplemente porque dejó de encajar con la versión que nos habíamos armado.
Ahí me di cuenta de algo que me pegó fuerte: muchas veces no extrañamos a la persona real, sino a la función emocional que cumplía en nosotros. Y eso duele un poco, porque nos obliga a mirarnos. Nos obliga a preguntarnos qué estábamos buscando ahí. ¿Distracción? ¿Consuelo? ¿Rutina? ¿Una voz familiar? ¿La fantasía de sentirnos acompañados sin exponernos demasiado?
Capaz lo más honesto sería dejar de burlarnos de este tema. Las relaciones parasociales no son una pavada. Son una forma muy actual de la necesidad humana de conectar. Una forma rara, incompleta, unilateral, sí. Pero humana al fin.
A mí, entender esto, me bajó bastante la soberbia. Antes pensaba que yo estaba demasiado despierta como para engancharme así. Ahora sé que no. Ahora sé que cualquiera puede construir cariño con una presencia repetida. Cualquiera puede sentir cercanía sin encuentro. Cualquiera puede encariñarse con una voz que aparece siempre del otro lado de una pantalla.
Y tal vez la pregunta no sea si eso está bien o está mal. Tal vez la pregunta más útil sea otra: qué vacío me estaba mostrando ese vínculo, qué necesidad me estaba traduciendo, y qué cosas de mi vida real estaban pidiendo más lugar.
Porque a veces internet no inventa el hambre afectiva.
Nada más la detecta antes.
