Riesgos existenciales a la tica: lo que nadie dice

23 de septiembre de 2025

Una mirada tica a los riesgos existenciales: cambio climático, IA, pandemias y nucleares. No alarmismo, sino prácticas sencillas para cuidar comunidad, bosque y trabajo, aprendiendo a decidir mejor cuando el futuro parece un mar picado, cambiante y cotidiano para todos.

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Lo que me da vueltas en la cabeza

En Costa Rica solemos decir pura vida incluso cuando el mar está bravo. Esa frase me acompaña cuando pienso en riesgos existenciales: no como película apocalíptica, sino como esa ola larga que no ves venir si te distraés en la orilla. Me propuse escucharlas sin drama.

Vivo rodeado de verde y café. Igual, el clima está raro: madrugadas más calientes y aguaceros fuera de temporada. No me asusta el fin del mundo; me preocupa el fin de la costumbre. Los riesgos existenciales, cuando se aterrizan, son cambios que desordenan lo cotidiano.

Mientras algunos debaten si exageramos, lo siento en el barrio: precios que suben tras una tormenta, cortes de agua, el brete que se vuelve inestable. Busco una manera tica de mirarlos: con calma, sin hacerse el maje ante la marea.

Un mapa distinto para un país pequeño

El mapa típico junta todo: cambio climático, IA descontrolada, pandemias y armas nucleares. Yo los separo por cercanía emocional. Lo que acorte el brinco entre comprender y actuar es lo urgente. Así priorizo sin necesitar doctorado ni reunión eterna.

En este mapa, los riesgos existenciales cercanos son los que tocan directamente el agua, la comida y la red de apoyo. Si una sequía tumba cosecha o una IA barata desordena empleo, pega en la mesa. Lejos o no, lo siento real cuando afecta la olla.

El resto del mundo puede jugar ajedrez geopolítico. Aquí, nuestro tablero es una finca, una cooperativa, un hospital de la Caja, un microemprendimiento en línea. Si el plan no cabe en ese tablero, es puro ruido. Así toma forma este mapa chico pero útil.

Cambio climático: el fin de la costumbre

El clima nunca fue un reloj exacto, pero ahora parece teléfono con batería gastada. Lluvias que se adelantan, calor que no perdona, vientos que tiran techos. No es épico, es incómodo. Ese es el lenguaje con el que los riesgos existenciales se hacen sentir.

Cuando cambian los patrones, cambian las cuentas. La cooperativa retrasa entregas, el pescador ajusta rutas, el bus llega tarde por un derrumbe. Pequeñas fricciones que suman estrés. Y el estrés cocina malas decisiones, como ahorrar en lo que nos sostiene.

Mi práctica simple es preguntar: qué rutina depende del clima y cómo la blindamos. A veces basta con cosechar agua, sembrar sombra, o coordinar compras compartidas en semanas de aguaceros fuertes. Es acción mínima, pero quita peso de encima.

IA descontrolada: el jefe invisible del brete

Me intriga la IA no por Skynet, sino por el jefe invisible que decide horarios, precios y turnos. No le veo colmillos; veo hojas de cálculo. Los riesgos existenciales aquí se vuelven silenciosos: cambian reglas sin pasar por la asamblea.

Cuando una app externa asigna clientes o paga según métricas que nadie entiende, la negociación se vuelve rara. Lo viví al ofrecer servicios en línea: de pronto, la visibilidad cayó porque un algoritmo tosió. Aprendí a diversificar canales, como quien siembra hileras.

Mi regla tica es no casarse con una sola plataforma. Tener plan B, C y D: lista de contactos propia, acuerdos directos, alianzas con gente de confianza. Si la IA se desmadra, que nos encuentre con redundancia humana. Menos glamur, más resiliencia.

Pandemias: la distancia que acerca

La pandemia nos enseñó una disciplina rara: alejarnos para cuidarnos. Con el tiempo quedó la tentación de olvidar. Sin embargo, los riesgos existenciales piden memoria práctica, no trauma. Alcohol en gel en la mochila y respeto por el descanso cuando hay tos.

En pueblos chicos, el cuidado es logística: quién trae medicinas, quién puede cocinar para dos casas, quién tiene carro para emergencias. Lo invisible es la red. Fortalecerla no es cursi; es infraestructura. Un WhatsApp bien usado puede ser tan útil como un puente.

También aprendimos a dudar de cadenas engañosas. Esa vacuna contra la desinformación se recarga verificando fuentes y preguntando a profesionales. No hace falta sermonear: hace falta conversar sin vergüenza de decir no sé. Con eso, el siguiente susto nos agarra menos frágiles.

Armas nucleares: lejos, pero no ajenas

Las bombas no están a la vuelta de la esquina, pero los mercados sí. Un susto internacional mueve precios de combustible y fertilizantes. Los riesgos existenciales, aunque remotos, nos visitan en la factura. Saberlo baja la sorpresa y mejora la planificación casera.

¿Qué hacemos desde acá? Reducir la dependencia a lo que no controlamos: transporte compartido, energías renovables donde se pueda, compras coordinadas para obtener mejores precios. Son decisiones pequeñas que, sumadas, amortiguan sacudidas grandes. No vamos a resolver la diplomacia, pero sí el mes.

Y está la voz moral que siempre hemos defendido: país sin ejército y con vocación de mediación. Mantener ese relato vivo importa, no para creernos santos, sino porque recuerda que la cooperación reduce riesgos.

Una brújula casera para días movidos

Para no perderme, armé una brújula de cuatro puntas: agua, comida, salud y conexión. Si una decisión mejora dos de esas cuatro, la tomo. Así convierto riesgos existenciales en preguntas manejables. No es infalible, pero ordena la cabeza cuando todo suena urgente de golpe.

Agua es cosechar techos, arreglar goteras, conocer horarios de racionamiento. Comida es diversificar: tiendita de barrio, feria del agricultor, trueques ocasionales. Salud es descanso y chequeos, sin vergüenza. Conexión es la red de personas y los canales de información que elegimos cultivar.

Cada mes hago un chequeo breve: qué falló, qué funcionó, qué puedo delegar. Si la respuesta depende solo de suerte, busco otra. Si puedo convertirla en hábito, la anoto. Poca épica, mucho colmillo. Esa es mi manera de quitarle humo al futuro.

Cosas chiquitas que mueven montañas

Algunas acciones parecen diminutas pero rinden: compartir techos con tanque de agua entre vecinas; compostar para reducir basura y alimentar huertas; llevar un registro doméstico de gastos energéticos; aprender a leer mapas de riesgo cantonal. Todo aterriza los riesgos existenciales sin miedo.

También sirve entrenar decisiones: elegir rutas seguras cuando llueve, preparar un kit sencillo, practicar comunicación clara en la familia. Las emergencias se vuelven menos caóticas cuando el guion está practicado. No es obsesión: es cortesía con el yo de mañana.

Y claro, participar en lo público. Votar informado, apoyar ciencia y educación, pedir cuentas con respeto. No espero salvadores; espero equipos locales. Si te hace clic algo de esto, compartilo con tu gente. La conversación es el primer ensayo de un cambio durable, de veras.

Aprender a decidir bajo niebla

Lo más difícil no es el dato, es la niebla. Frente a riesgos existenciales, el cerebro pide certezas que no existen. Entonces anclo en reglas sencillas: decide rápido lo reversible, piensa más lo irreversible, y habla claro de lo que ignoras.

Esta práctica baja ansiedad y evita peleas tontas. Si una compra, un viaje o un proyecto pueden ajustarse después, actúo y corrijo en el camino. Si afectan salud, finanzas o reputación, pido otra mirada y pauso. El ritual cuida amistades y bolsillos.

Con el tiempo, la niebla se vuelve terreno. No se despeja del todo, pero ya no asusta tanto. Los riesgos existenciales dejan de ser monstruos y se vuelven mareas que navegamos mejor en equipo, con paciencia y humor, como buenos ticos en temporada verde.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento transformador · 23%
Texto mixto y práctico que convierte riesgos globales en hábitos, redes locales y decisiones concretas de resiliencia cotidiana.
  • Predomina la propuesta de cambios concretos: cosechar agua, diversificar canales, crear redes, preparar kits, verificar fuentes, votar informado y construir resiliencia.
  • El texto aterriza los riesgos en agua, comida, brete, facturas, buses, compras, rutinas domésticas, barrios y hábitos mensuales.
  • Da mucho peso a redes vecinales, cooperativas, Caja, familia, comunidad, participación pública, cuidados y coordinación local.
  • Organiza conceptos, clasifica riesgos, propone criterios de priorización y razona sobre clima, IA, pandemias y geopolítica de forma analítica.
  • Cuestiona enfoques abstractos o lejanos sobre riesgos existenciales, la dependencia de plataformas, la desinformación y la falta de preparación, aunque no se estructura principalmente como denuncia.
  • El tema nominal son los riesgos existenciales y el futuro, pero se tratan más como amenazas prácticas que como reflexión sobre muerte, sentido o finitud.
  • La exposición recurre a imágenes y metáforas sostenidas: mar bravo, ola larga, batería gastada, mareas, tablero, brújula y temporada verde.
  • Aparecen responsabilidad comunitaria, cuidado, cooperación, voz moral pacifista y decisiones correctas frente a riesgos compartidos.
  • Usa mapas propios, brújula de cuatro puntas y escenarios de adaptación, con una mirada exploratoria aunque no plenamente especulativa.
  • Incluye reflexión sobre incertidumbre, decisión bajo niebla y límites del control, pero sin desarrollo abstracto profundo.
  • Aparecen preocupación, ansiedad moderada y alivio práctico, pero los sentimientos no organizan el texto.
  • Hay una voz en primera persona con experiencias propias, como el trabajo en línea y las reglas personales, pero la vulnerabilidad íntima es mínima.

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