No sé por qué, pero a mí las ruinas me dan una mezcla rara de paz y vergüenza ajena.
Paz, porque ahí están, quietas, ya sin apuro. Nadie les exige producir, conquistar, crecer, anunciarse, imponer su bandera ni salir bien en la foto. Vergüenza ajena, porque uno imagina a los tipos de aquella época diciendo cosas como “esto va a durar para siempre”, “nadie puede con nosotros”, “somos el centro del mundo”, y bueno… mirá cómo terminó la cosa: piedras, polvo, excursiones escolares y algún cartelito que pide no tocar.
No lo digo burlándome. Al contrario. Me impresiona.
A veces pienso en los imperios como si fueran personas enormes que nunca aprendieron a sentarse solas en una habitación. Necesitaban más tierra, más obediencia, más monumentos, más soldados, más relatos sobre su propia grandeza. Como ese conocido que no puede tomarse un café sin contarte lo importante que es su trabajo. Solo que a escala descomunal, con mapas, espadas y funcionarios.
Yo, que no mando ni en mi cocina cuando se me quema el arroz, no debería hacerme el profundo. Pero hay algo en todo eso que me toca. Porque los imperios desaparecieron, sí, pero la manía de creerse imprescindible sigue bastante viva.
La veo en oficinas chicas.
La veo en familias.
La veo en grupos de amigos.
La veo en países, claro, pero también en cualquier persona que un día empieza a hablar como si el mundo le debiera continuidad.
“Sin mí esto se cae.”
“Yo levanté todo esto.”
“Acá las cosas se hacen así.”
“Siempre fue así.”
Qué frase peligrosa esa última. Siempre fue así. Como si el “siempre” tuviera garantía.
Me da la sensación de que ningún imperio se imagina ruina mientras está brillando. Nadie inaugura un palacio pensando: “Bueno, en unos siglos esto capaz lo mira un turista con gorra mientras come algo envuelto en papel”. Nadie manda a grabar una inscripción pensando que algún día otro idioma la va a explicar en una audioguía. Nadie se siente antiguo en el presente.
Y ahí está lo inquietante.
Nosotros tampoco.
Vamos por la vida creyendo que lo actual tiene más peso que lo anterior solo porque nos está pasando a nosotros. Como si nuestro modo de vivir fuera la versión definitiva de la especie. Como si nuestras discusiones, nuestras modas, nuestras empresas, nuestras certezas y nuestras pavadas fueran más sólidas que todas las certezas que ya se hundieron antes.
Pero después mirás un resto de muralla y entendés que la historia no es una línea recta hacia nosotros. Es más bien una mesa llena de vasos volcados.
Algunos imperios cayeron por guerras. Otros por deudas, por hambre, por cambios que no supieron leer, por pelearse demasiado consigo mismos, por estirarse hasta no poder respirar. No hace falta entrar en clase de historia para notar el patrón: cuando algo se vuelve demasiado grande para escuchar, empieza a quedarse solo.
Eso me interesa más que la caída espectacular.
El momento anterior.
Ese instante en que todavía hay himnos, sellos, órdenes, ceremonias, pero por debajo ya cruje la madera.
Capaz el final no empieza cuando entran los enemigos por la puerta. Capaz empieza antes, cuando nadie puede decir la verdad sin miedo. Cuando todo se tapa con discursos. Cuando los de arriba confunden silencio con lealtad. Cuando la gente común aprende a fingir que cree.
Ahí un imperio ya está medio muerto, aunque siga teniendo uniformes impecables.
Me pasa algo raro con esto: no me alegra que desaparezcan las cosas. Hay vidas adentro de esas caídas. Hay gente que no eligió nada y terminó pagando el precio. Hay casas, mercados, canciones, oficios, niños mirando a adultos asustados. Por eso me molesta cuando hablamos de los imperios como si fueran fichas de un tablero. Detrás de cada gran nombre hubo miles de personas intentando cenar tranquilas.
Pero igual, aun con esa tristeza, las ruinas tienen una honestidad que me calma.
Te dicen: bajá un cambio.
Te dicen: no sos tan eterno.
Te dicen: incluso lo enorme depende de cosas pequeñas.
Del agua. Del pan. De que alguien confíe. De que alguien no se canse. De que los bordes no se pudran mientras todos miran la cúpula.
A veces camino por mi barrio y me invento arqueólogos del futuro. Me imagino a alguien encontrando restos de nuestros carteles, nuestras oficinas de vidrio, nuestros celulares muertos, nuestras frases motivacionales. Capaz dirán: “Esta gente creía que estar conectada era lo mismo que estar acompañada”. O “adoraban pantallas rectangulares”. O “tenían una fe extraña en la palabra crecimiento”.
Me río solo, como un nabo, pero después se me pasa.
Porque quizá todos somos un imperio chiquito tratando de no admitir su fragilidad.
Yo también.
Tengo mis provincias internas: el orgullo, la memoria, el miedo, la necesidad de tener razón. Tengo fronteras que defiendo más de la cuenta. Tengo monumentos personales a cosas que ya no existen. Tengo frases viejas que sigo usando como leyes.
Y cada tanto algo se me cae.
Una idea.
Una relación.
Una versión de mí.
Al principio duele. Después, si tengo suerte, queda una ruina decente. Algo que no sirve para vivir ahí, pero sí para aprender a mirar.
Por eso me gustan las ruinas. No porque celebren el derrumbe, sino porque le sacan solemnidad al poder. Le bajan el volumen a la soberbia. Te muestran que todo imperio, por más gigante que parezca, algún día puede quedar reducido a sombra, piedra y pregunta.
Y tal vez eso no sea una tragedia completa.
Tal vez sea una forma lenta de justicia.
O, por lo menos, una invitación bastante clara a no creernos tanto.
