Bajé con pantuflas a buscar un paquete y me dio una vergüenza chica, de esas que una intenta barrer rápido para seguir el día. El repartidor estaba en la entrada del edificio, parado detrás de la puerta de vidrio, esperando que alguien le abriera.
- Yo venía apurada, con cara de dueña de mi tiempo, y alcancé a pensar que ojalá no subiera porque andaba la casa desordenada.
- Después me escuché por dentro: ni siquiera lo conocía y ya lo estaba dejando en un lugar más bajo…
- En la conserjería se nota más de lo que decimos.
- Hay gente a la que se le abre con confianza y gente a la que se le pregunta dos veces a qué viene.
A algunos se les dice pase nomás; a otros se les pide nombre, departamento, carnet, foto del paquete, motivo, casi una declaración. Entiendo la seguridad, no soy ingenua. Pero también veo la cara de los maestros cuando quedan como sospechosos por traer una caja de herramientas. Veo al conserje tratando de cumplir reglas que no inventó, mientras nosotros nos escondemos detrás de la palabra protocolo para no admitir que hay cuerpos que nos parecen más amenazantes que otros… En mi casa también pasa, aunque me cueste reconocerlo. Si viene una amiga, recojo lo justo. Si viene alguien a arreglar la lavadora, recojo de otra manera: escondo ropa, cierro puertas, dejo el baño impecable como si fuera examen. No es solo pudor. Es una mezcla rara entre querer parecer ordenada y no querer que alguien que trabaja en mi casa sepa demasiado de mí. Como si la persona pudiera entrar a reparar una cañería, pero no a comprobar que vivo igual de desarmada que cualquiera. Me incomoda decirlo, porque suena feo, pero ahí está… Hay palabras que suavizan lo que en realidad es distancia. Decimos la señora que me ayuda, el caballero del gas, el niño del delivery, la chica que cuida a los niños. Rara vez decimos sus nombres completos, aunque ellos sí aprenden los nuestros, nuestros horarios, nuestros gustos, nuestras mañas. A mí me pasó con una mujer que venía a hacer aseo una vez a la semana. Ella sabía dónde estaba el paño de cocina, qué taza prefería mi hijo, qué día yo tenía reunión temprano. Yo demoré meses en preguntarle por su trayecto. Meses. Y después me sentí buena persona por haberlo hecho, lo que también es bastante incómodo de mirar… Nos gusta pensar que el buen trato se resuelve con ser amable. Decir gracias, ofrecer agua, no levantar la voz. Todo eso importa, claro. Pero hay algo más hondo: quién puede equivocarse sin quedar marcado. Si un vecino se demora en pagar gastos comunes, es que tuvo un problema. Si un trabajador llega tarde, es irresponsable. Si un conocido entra con ropa de gimnasio al ascensor, nadie dice nada. Si entra alguien con overol manchado, alguien pregunta altiro a qué piso va. La misma acción cambia de significado según quién la haga. Eso no es solo mala educación; es una costumbre aprendida en silencio… Me da pena cuando convertimos la desconfianza en sentido común. En el chat del edificio aparecen mensajes del tipo ojo con tal persona, anda alguien raro, no dejen pasar a desconocidos. A veces hay razones reales para cuidarse, sí. Pero muchas veces lo raro es solamente alguien que no vive aquí, que no se viste como nosotros, que viene cansado, que no sabe dónde está la torre B. Nadie escribe ojo, puede ser que venga a trabajar y esté perdido. Nadie parte por ahí. Yo tampoco he partido siempre por ahí. He mirado por la mirilla y he decidido no abrir porque no quería complicarme. Después bajo y pido que me suban la encomienda como si el mundo estuviera hecho para ahorrarme incomodidades… La casa propia, o arrendada, nos vuelve mandones sin darnos cuenta. Dentro de cuatro paredes una se siente con derecho a indicar, corregir, apurar. Ponga eso acá, cuidado con el piso, no deje abierto, avíseme antes de entrar. Algunas cosas son normales, obvio. Pero el tono se aprende rápido. Yo he escuchado tonos míos que no uso con mis amigos ni con mis compañeros de pega. Tonos cortitos, eficientes, como si hablar de manera seca fuera parte del servicio. Y después digo que estoy cansada, que no era mi intención. Puede ser cierto. Igual la otra persona se llevó ese tono… También hay una vergüenza de clase que se disfraza de orden. Queremos que el edificio se vea bien, que no haya gente esperando en la entrada, que no se acumulen bicicletas, que los maestros no usen el baño de visitas, que los repartidores no suban si no es necesario. Todo puede explicarse con limpieza, seguridad, administración. Pero a ratos siento que la preocupación principal es que no se note demasiado todo lo que sostiene nuestra comodidad. Que el paquete aparezca, pero no el recorrido. Que el baño funcione, pero no el barro en los zapatos. Que la comida llegue caliente, pero no la persona mojada por la lluvia… Me cuesta encontrar una forma justa de vivir esto sin posar de correcta. No quiero transformarme en alguien que da discursos en el ascensor y después trata igual de mal. Tampoco quiero quedarme callada cada vez que escucho un comentario pesado. Estoy intentando partir por cosas chicas, no heroicas: aprender nombres, mirar a la cara, no hablarle a la gente como si fueran una extensión de la aplicación, preguntar antes de exigir, revisar mi tono cuando estoy apurada. Y, sobre todo, no felicitarme tanto por hacer lo mínimo… Quizás lo más difícil es aceptar que una puede ser buena vecina, buena mamá, buena compañera de trabajo, y aun así participar de una manera de mirar que achica a otros. No me gusta verme ahí. Me gustaría decir que yo no soy así, que en mi casa tratamos bien a todos. Pero la verdad doméstica es más porfiada: se nota en cómo abrimos la puerta, en cuánto hacemos esperar, en qué voz usamos cuando creemos que estamos ocupados. Ahí, justo ahí, también se ordena el mundo.
