El televisor me reconoció al primer intento.
Ni contraseña, ni código, ni nada.
Entré en la aplicación como quien abre una puerta que antes abría todos los días, aunque ya no viva en esa casa.
Mi perfil seguía allí.
Con mi nombre.
Con la foto tonta que elegí una noche de pizza en el salón compartido.
Me dio una alegría pequeña, casi automática, y luego una incomodidad bastante clara. Porque yo ya no pagaba eso.
Porque la persona que lo pagaba ya no era mi compañera de piso.
Porque hacía meses que nos habíamos despedido con educación, cada una con sus cajas y sus prisas, y yo no había preguntado si podía seguir usando la cuenta.
Simplemente seguí. Primero pensé que no era para tanto.
Una serie de vez en cuando.
Un documental mientras planchaba.
Un capítulo a medias antes de dormir. Además, me dije lo de siempre: estas empresas ya ganan bastante.
Esa frase me salió muy rápida.
Demasiado cómoda.
Como si el tamaño de una empresa borrara a la persona concreta que sí estaba pagando la cuota todos los meses.
Y ahí empezó el ruido. No era solo el dinero.
Era entrar en un espacio que alguien no me había vuelto a ofrecer.
Era ver que aparecían sus recomendaciones, sus cosas empezadas, su nombre al lado del mío.
Era notar que yo estaba ocupando una esquina de su vida sin avisar.
Una esquina pequeña, sí.
Pero no por pequeña dejaba de ser suya.
Me cuesta admitir esto porque suena ridículo si lo cuento en voz alta. Como si una tuviera que reservar sus dudas morales para asuntos enormes, para decisiones con cara seria.
Pero casi todo lo que hacemos con los demás cabe en gestos así.
En lo que aprovechamos porque nadie mira.
En lo que damos por hecho porque nos viene bien. En lo que llamamos despiste cuando en realidad preferimos no preguntar.
Yo podría haberle escrito.
Una frase sencilla.
“Oye, acabo de ver que sigo teniendo mi perfil, ¿quieres que lo quite?” No era tan difícil. No necesitaba un discurso.
No necesitaba confesar un crimen.
Solo necesitaba reconocer que había algo que dependía de ella y que yo estaba usando sin permiso actualizado.
Y no lo hice.
Me dio vergüenza. También me dio miedo que me dijera que sí, que lo quitara.
Qué feo verlo escrito así.
No pregunté porque una parte de mí prefería conservar el beneficio antes que aclarar lo correcto.
Luego me puse a discutir conmigo.
Que si muchas cuentas se comparten.
Que si ella tampoco me había dicho nada.
Que si igual ni se había dado cuenta. Que si borrar mi perfil podía parecer exagerado.
Todas esas razones tenían algo de verdad y algo de tapadera.
Sobre todo lo segundo.
Porque el silencio de otra persona no siempre es permiso. Porque que alguien no reclame no significa que yo pueda instalarme.
Porque hay una diferencia entre compartir y colarse.
Una diferencia pequeña, pero suficiente.
Me acordé de otras cosas parecidas. De quedarme con un cargador ajeno porque “total, nadie lo usa”.
De leer por encima una notificación en una pantalla que no era mía.
De aceptar un descuento que sabía que ya no me tocaba.
De esas veces en que la ventaja aparece envuelta en normalidad y una decide no desenvolverla mucho.
No quiero convertirme en una persona obsesionada con la pureza. Me cansan las personas que parecen vivir examinando cada gesto ajeno con un bolígrafo rojo.
Pero tampoco quiero usar ese cansancio como excusa para no mirarme.
Hay un punto medio, supongo.
Un sitio bastante humilde donde una puede decir: esto no me convierte en mala persona, pero no está bien.
Y corregirlo.
Sin drama.
Sin hacerse protagonista. Sin buscar aplauso por devolver lo que no era suyo.
Esa misma noche salí de la cuenta.
Antes de hacerlo miré mi perfil un segundo, como si cerrara una etapa absurda.
Me pareció una tontería y no me lo pareció. Después le escribí.
Le dije que me había dado cuenta de que seguía dentro y que ya lo había quitado.
Que perdón por no haberlo visto antes.
Tardó un rato en contestar. Me puso que gracias, que no pasaba nada.
Y seguramente no pasaba nada.
Pero a mí sí me pasó algo.
No una revelación enorme.
Más bien una especie de orden pequeño. La sensación de que respetar a alguien también consiste en no esperar a que te pille.
En no necesitar que haya una bronca para saber dónde termina lo tuyo.
En aceptar que algunas puertas siguen abriéndose por costumbre, pero eso no significa que debas entrar.
