Hay días en los que me doy cuenta de que no tengo un problema con la burocracia: tengo un problema con mi burocracia. Esa que no se ve. Esa oficina interna que abre temprano, pone número, te mira por arriba de los lentes y te dice “falta un papel” aunque vos estés parado con todo en la mano.
Porque sí, yo también conozco el trámite clásico: la ventanilla, el formulario, el “vuelva mañana”, el “no hay sistema”. Eso ya lo tengo registrado en el cuerpo como quien aprende a evitar un pozo en la vereda. Pero lo que más me desgasta últimamente no es la oficina de afuera. Es la de adentro. La que me hace llenar planillas para sentir algo tan simple como alivio.
Ta… ¿cómo se pide permiso para descansar?
Siento que para soltar una culpa yo tengo que presentar una carpeta con separadores. Que el perdón, en mi cabeza, no es un gesto; es un expediente. Me imagino un sello enorme que diga “APROBADO” y recién ahí, recién ahí, me autorizo a respirar sin apretar la mandíbula. Y lo peor es que esa oficina no tiene horario de atención. Funciona 24/7. No hay feriados. No hay mate que la distraiga.
A veces me agarro pensando en cosas mínimas, boludeces, y mi sistema interno las trata como si fueran delitos. Me equivoco en un mensaje, me olvido de responder, digo algo torpe, y automáticamente se abre un trámite: Solicitud de Culpa Nº 1847. Requisitos: 1) repasar mentalmente la escena veinte veces, 2) imaginar todas las formas en que pude haber quedado mal, 3) redactar una disculpa perfecta que nunca mando, 4) castigarme con silencio. Firma: yo mismo. Sello: yo mismo. Testigo: yo mismo. Es ridículo, bo. Y sin embargo pasa.
Lo más loco es que yo no lo elijo con alegría. Me pasa como reflejo. Como si mi cabeza necesitara ordenarlo todo para que no se desarme el mundo. Entonces inventa un mostrador. Invento un “procedimiento”. Invento una fila. Y mientras estoy ahí, esperando que me llamen, se me va el día.
La burocracia emocional tiene sus propios papeles: el “debería”, el “tendrías que”, el “cómo no te diste cuenta”, el “si fueras más normal”. Esas frases son fotocopias gastadas que alguien puso en un archivador hace años, y yo las sigo presentando como si fueran originales. Y cuando intento no presentarlas, aparece el miedo: “sin esos papeles no te van a aceptar”. ¿Quién es “te”? ¿Quién me está controlando? Nadie. Y al mismo tiempo… algo. Como una sensación de tribunal invisible.
Hoy quiero hacer algo distinto. No como editorial, no como “consejo”, no como receta. Más bien como si estuviera abriendo la ventana para que salga el aire pesado. Quiero decirlo sin tanta defensa:
Estoy cansado de pedirme pruebas para existir.
Estoy cansado de que mi autoestima dependa de sellos. De sellos simbólicos: productividad, buen humor, eficiencia, compostura. Como si mi valor necesitara un código QR.
Y estoy cansado de ese requisito absurdo de “demostrar que soy yo” cada vez que quiero estar en paz. Como si la paz fuera un servicio online que me pide doble factor: una sonrisa y un logro reciente. Si no los tengo, error 404: “Identidad no verificada”.
Ta, hoy no tengo ganas de verificar nada.
Hoy me gustaría firmar un papel simple, una hoja en blanco, sin membrete, que diga: Me autorizo. Me autorizo a estar un poco hecho pelota sin tener que justificarlo. Me autorizo a no estar “bien” de forma presentable. Me autorizo a ser una persona y no un expediente.
Sé que mi mente va a intentar negociar: “Bueno, te autorizo, pero por un ratito, y si mañana compensás”. Como si el descanso fuera una deuda. Como si el descanso se pagara con rendimiento. Y ahí aparece otra ventanilla: “Plan de Regularización”. Y yo ya me conozco: me tiento con la estructura porque la estructura me calma. Pero también me aprieta. Es una manta que abriga y pica al mismo tiempo.
Entonces capaz la salida no es destruir la oficina interna. Capaz es ponerle una plantita. Una taza. Un cartelito que diga “Hoy atendemos con humanidad”. Capaz es aprender a decirle al funcionario que vive en mí: “Escuchame, gracias por intentar cuidarme, pero hoy no hace falta que me asustes”.
Porque, mirá, yo sé que esa burocracia interna nació para algo. Seguramente para evitar el caos. Para prevenir vergüenzas. Para anticipar peligros. No la inventé por maldad. La inventé por supervivencia. Pero ahora, en esta etapa, se me está yendo la mano. Estoy llenando formularios para pedir permiso de vivir. Y eso no puede ser el precio.
Quiero una cosa más humilde: que mi vida no sea una carpeta. Que sea un río. Que se mueva. Que no me pida fotocopia del pasado cada vez que intento avanzar.
Si hoy alguien me pidiera un comprobante de que merezco cariño, no lo tengo. Y si lo tuviera, sería falso. Porque el cariño no es un trámite. Es un gesto. Es una presencia. Es un mate compartido, o el silencio que no juzga, o el solcito en la ventana cuando por fin aflojás el cuerpo.
Yo hoy no vengo a “resolver” la burocracia, ni la de afuera ni la de adentro. Hoy vengo a hacer algo más chiquito, pero más real: soltar un papel al viento.
Que se vaya volando este expediente que llevo en el pecho.
Que se desordene un poco el archivo.
Que por una vez, aunque sea por un rato, no necesite sello para respirar.
