Yo a veces escucho una canción viral y siento algo raro, como si me hubieran prestado una emoción ya masticada. No digo falsa, porque falsa no siempre es; a veces sí me pega, sí me toca una fibra, sí me deja pensando un rato. Pero me pasa que muchas de esas canciones parecen construidas para llegar antes que yo a lo que supuestamente tengo que sentir. Ni bien arranca el coro, ya sé dónde va a caer la nostalgia, dónde me van a empujar la tristeza, en qué segundo exacto me quieren meter una especie de euforia breve, compartible, casi lista para subtítulo. Y entonces me pregunto si de verdad estoy sintiendo algo mío o si solamente estoy reaccionando bien a un diseño emocional demasiado eficiente.
Lo curioso es que no me molesta que la música sea pegajosa. La música siempre tuvo algo de hechizo rápido. Lo que me inquieta ahora es otra cosa: la velocidad con la que una canción se convierte en herramienta emocional de masas. Ya no solo la oyes; te la encuentras recortada, repetida, acelerada, dramatizada, pegada a escenas ajenas, a rupturas ajenas, a bromas ajenas, a confesiones ajenas. Y cuando por fin llega a ti, muchas veces ya viene cargada con una manera de sentirla. Como si no te dijera “escúchame”, sino “úsame así”. Para llorar así. Para recordar así. Para extrañar así. Para desahogarte así. A mí eso me produce una mezcla extraña de fascinación y cansancio, porque revela algo muy de esta época: ya no solo consumimos canciones, consumimos atajos sentimentales.
Y, sin embargo, no quiero hacerme el purista. Sería demasiado fácil decir que todo eso arruina la música y que antes sí sentíamos de verdad. No lo creo. También hay algo profundamente humano en buscar una canción breve que nos traduzca cuando no sabemos explicar lo que nos pasa. A veces uno no quiere una obra maestra; quiere apenas una frase, un ritmo, una línea que le haga compañía cinco minutos. El problema, para mí, empieza cuando nos acostumbramos tanto a esa intensidad instantánea que ya no toleramos las emociones lentas, las que no tienen estribillo claro, las que no se dejan editar en un gesto bonito. Ahí sí siento que perdemos algo. Porque no toda pena entra en un audio de veinte segundos. No toda alegría merece montaje. No todo temblor del alma necesita volverse tendencia para existir.
Por eso las canciones virales me dejan pensando. No porque sean pequeñas, sino porque a veces nos vuelven pequeños a nosotros: nos enseñan a sentir rápido, a identificar rápido, a soltar rápido. Y yo cada vez sospecho más de esa prisa. Hay emociones que solo se vuelven verdad cuando duran más que el fragmento. Hay canciones que no explotan al instante, pero se quedan contigo años. Y tal vez ahí, en esa permanencia silenciosa, sigue viviendo algo que ningún algoritmo puede fabricar del todo: la parte de una emoción que todavía no sabe volverse espectáculo.
