En algún momento empecé a confundir el alivio con la compra.
Supongo que fue de a poco. Un día me sentía cansado y me premiaba con algo. Otro día estaba medio vacío, medio desordenado por dentro, y pensaba: “ya, me merezco esto”. No siempre eran cosas grandes. A veces era ropa. A veces comida. A veces una suscripción absurda. A veces cualquier tontera envuelta en la promesa de que ahora sí me iba a sentir mejor.
Y lo peor es que, por ratos, funcionaba.
Ese es el truco más fino del consumo: no miente del todo. Comprar sí da algo. Da un pequeño golpe de novedad, una sensación de movimiento, una ilusión de control. Uno elige, paga, recibe, abre, estrena. Hay una coreografía completa ahí. Por unos minutos, incluso por unas horas, la vida parece más nítida. El problema es que esa intensidad casi nunca se queda. Se va rapidito, como visita que no ayuda a lavar los platos.
Con los años me he dado cuenta de que gastar menos no es sólo una decisión financiera. También puede ser una decisión emocional. Y no lo digo desde la moralina de “hay que vivir con poco” ni desde esa superioridad media insoportable de quien convierte la austeridad en una medalla. Lo digo porque empecé a sospechar que muchas cosas que compraba no eran objetos: eran anestesias.
A veces uno no gasta porque quiera algo, sino porque no quiere sentir algo.
No quiere sentir aburrimiento. Ni frustración. Ni envidia. Ni esa incomodidad rara de quedarse en silencio y descubrir que por dentro hay puro ruido. Entonces compra. Porque comprar da estructura. Le pone una tarea al vacío. Es como decir: “no sé bien qué me pasa, pero por mientras voy a agregar algo al carrito”.
Me pasó más de una vez. Y cuando lo empecé a notar, me dio vergüenza. No por la plata en sí, sino por lo fácil que era manipularme. Bastaba que el día estuviera un poco gris para que apareciera en mí esa fantasía tonta de que una adquisición correcta podía cambiarme el ánimo. Como si el problema fuera siempre externo. Como si mi vida necesitara más cosas y no más presencia.
Desde entonces he intentado algo que suena chico, pero para mí ha sido grande: postergar la compra y quedarme un rato con la sensación. Mirarla. Ver de qué está hecha. Y casi siempre descubro lo mismo: detrás del impulso de gastar hay hambre, sí, pero no de producto. Hambre de experiencia. Hambre de descanso. Hambre de contacto. Hambre de belleza no empaquetada.
Porque sentir más no necesariamente cuesta más.
Sentir más puede ser cocinar sin apuro. Escuchar una canción completa sin tocar el teléfono. Caminar por una calle conocida como si uno hubiera vuelto de muy lejos. Llamar a alguien sin razón práctica. Arreglar algo en vez de reemplazarlo. Repetir una comida que trae memoria. Quedarse mirando la tarde sin convertirla en contenido. Todo eso parece poco al lado del mercado, pero a veces es muchísimo más.
Lo extraño es que hemos armado una cultura donde gastar parece una prueba de vitalidad. El que consume participa; el que se contiene pareciera quedar afuera. Como si el deseo sólo valiera cuando deja boleta. Y yo cada vez creo menos en eso. Hay deseos que se arruinan cuando se compran demasiado rápido. Hay placeres que necesitan lentitud. Hay cosas que pierden sentido apenas se vuelven costumbre de pago.
También hay algo más incómodo, algo que me cuesta admitir: gastar mucho a veces me ha servido para no hacerme preguntas más serias. Mientras estoy viendo ofertas, comparando modelos, imaginando entregas, no tengo que preguntarme si estoy solo, si estoy agotado, si me aburre la vida que llevo o si me acostumbré a darme premios porque no sé darme cuidado. Comprar puede ser una distracción elegante. Socialmente aprobada, incluso celebrada. Nadie mira raro a alguien que se da gustos. Pero a mí me interesa esa zona en que el gusto deja de ser gusto y empieza a ser parche.
Por eso la idea de gastar menos, para mí, ya no tiene que ver sólo con ahorrar. Tiene que ver con limpiar el terreno. Con dejar de llenar cada hueco al tiro. Con aprender a distinguir entre lo que necesito poseer y lo que necesito vivir.
No siempre lo logro. Hay días en que todavía me tienta esa versión fácil del bienestar. Pero ahora, al menos, desconfío un poco más. Y esa desconfianza me ha hecho bien. Me ha permitido descubrir que algunas de las cosas que más me sostienen no se compran: se cultivan.
La atención, por ejemplo. La paciencia. El gusto afinado. La capacidad de disfrutar lo que ya estaba. Eso también da placer, pero uno más hondo, menos histérico. Un placer que no exige estreno.
Al final, gastar menos para sentir más no me suena a renuncia. Me suena a recuperación.
Recuperar el cuerpo antes que el escaparate. Recuperar el tiempo antes que la oferta. Recuperar la experiencia antes que el objeto.
Y, sobre todo, recuperar esa posibilidad medio olvidada de sentir que la vida sí alcanza, incluso cuando no viene con nada nuevo en la bolsa.
