A mí me pasa algo bien raro: cuando más “me informo”, más bruto me siento. No por falta de capacidad, sino porque mi cabeza empieza a sonar como combi en hora punta: bocinas, gritos, un vendedor ofreciendo algo, y yo tratando de no perder la billetera… pero con noticias.
Antes yo tenía una idea medio romántica: estar al día era ser responsable. Como que si no opinabas de todo, eras un flojo. Y ahí me ves, pues: abro el celular para ver la hora y, sin darme cuenta, ya estoy leyendo tres crisis, dos peleas, un hilo larguísimo y un video de alguien indignadísimo por algo que pasó “hace 5 minutos”. Y mi cuerpo, bien gracias: el corazón apuradito, la mandíbula apretada, y esa sensación de “me falta algo” que no se va.
Lo más loco es que la sobrecarga no solo es cantidad: es la obligación de reaccionar. Como si cada cosa que aparece te cobrara peaje: “¿y tú qué piensas?”. Y si no piensas rápido, te sientes desubicado. Yo he caído en eso de querer tener postura para todo, como si mi opinión fuera un documento que debo presentar. Y al final termino agotado, peleándome mentalmente con gente que ni conozco.
Un día hice algo que suena mal, pero me alivió: empecé a practicar la ignorancia selectiva. No “hacerme el loco” con el mundo, sino escoger. Como cuando vas al mercado y no compras todo porque sí; compras lo que te alimenta de verdad. Puse horarios para informarme, elegí pocas fuentes, y lo demás… lo dejé pasar sin culpa. Al comienzo me sentía irresponsable. Luego entendí que mi atención también es una chamba, y si la regalo, me quedo sin energía para lo único que sí puedo cambiar: mi casa, mi gente, mi día.
Ahora, cuando siento ese jalón de revisar todo, me pregunto: “¿Esto me sirve para vivir mejor o solo para sentir que existo?”. Y ahí recién decido. Porque, sinceramente, no quiero ser una persona “enterada” pero vacía. Prefiero saber menos y estar más presente. Más humano, menos antena.
